La lora de Ángela Benedetti

La controvertida ‘concejala’ liberal ha convertido su casa en sede de reuniones políticas y sus propuestas en el Concejo de Bogotá son motivo de polémica. Una mujer que no le teme al qué dirán y que aspira a la Alcaldía Mayor.
La lora de Ángela Benedetti

Zidane llegó de Cotorra, Córdoba, hace un año y medio, y se quedó en la casa de Ángela Benedetti para acompañarlos a ella y a su hijo Carlos Andrés. El loro apenas saluda y dice una que otra grosería, pero la idea es enseñarlo hablar en lenguaje incluyente, como la concejala de Bogotá prefiere y defiende. De pronto algún día lo oigan decir los invitados: “Bienvenidos y bienvenidas a nuestro hogar, siéntanse cómodos y cómodas”.

En las mañanas, la casa de Ángela Benedetti huele a arepas de huevo recién freídas por Manina –la empleada–. Luego el olor es el de las rosas rojas, que se abren abundantes en los jarrones. En las noches, el gran sofá que rodea la sala invita a oír los vallenatos de su infancia, o Ella y tú y Tres corazones, las canciones que más le gustan del Joe. La abogada es famosa por sus fiestas, y aunque algunos digan que no parece costeña porque le falta ‘perrenque’, reconoce que la música maneja su estado de ánimo: “No hay música que no me guste, creo que todas tienen su momento y su hora. Todos los días, a las cinco y media de la mañana, el despertador me levanta con notas musicales”, dice, y cuando sale a correr suena el Caribe en su iPod. No hay una sola canción que no le recuerde una situación, un momento o una persona en especial. “Me arrullaban con vallenatos clásicos y enseguida me recuerdan mi niñez”.

La infancia, además, le dejó como legado las tertulias de Armando Benedetti, su papá, esas que volvieron los momentos sociales en asuntos intelectuales, espacios para dar opiniones de todo tipo. Ángela es “la más social de su familia” y se califica como anfitriona por naturaleza. Su casa es sede de todo tipo de reuniones. Sede de sus amigas, sede de las reuniones de trabajo y, claro, sede de las rumbas con sus amigos del alma. Esta “bonita mujer, de pelos monos, que defiende el género en la lengua” –como la define Daniel Samper Ospina en un soneto–, es amiga de sus amigos. Y aunque suene a frase manida, muchos concuerdan con esta definición. Yazmín Ojeda dice que su relación con ella es dulce e incondicional y que no se pierde una fiesta en su casa. “Allí confluyen muchas personalidades que sólo buscamos sacarle el jugo a la vida, igual que ella”, relata. Un amor por vivir que algunos de los ex novios de Ángela (se ha casado dos veces)trataron de apagarle.

Quizás por eso haya una razón oculta para dar lora en el Concejo de Bogotá por cambiar las costumbres de los hombres y las mujeres. Porque se queja de que ninguno de los hombres con los que ha tenido una relación sentimental, ha dejado a un lado el impulso de querer cambiarle su forma de vestir, de caminar, de llevar los vestidos de baño, de tomarse unos tragos, de bailar en las fiestas. “He tenido novios que se han atrevido a pedirme que no hable en público”, añade. Tal vez por un dejo de machismo recalcitrante, pero también por el timbre de su voz, tal vez demasiado suave y aniñado para sus propósitos políticos.

En una clase de oratoria, la profesora se quedó aterrada con su tono. Le parecía absurdo que un político hablara de esa manera y en todos los ejercicios la ponía como el ejemplo de lo que no se debía hacer. No niega que en algún momento esta situación la cuestionó y pensó que tenía que cambiar, pero llegó a la conclusión de que las palabras dichas con excesiva suavidad hacían parte de su personalidad. Para callar a los críticos, trae a colación a Michelle Bachelet, quien a pesar de tener una voz parecida a la suya, alcanzó sin atenuantes la presidencia de Chile.

Benedetti es política por amor al arte. Dice que está en este oficio porque le gusta, porque le apasiona, y suelta aquella máxima popular: “Si uno hace lo que le gusta, lo hace bien hecho”. Agrega que disfruta estar en contacto con la gente, que le encanta Bogotá y que la siente como su casa. La costeña se quiere quedar porque cree que la capital está bajo el mandato de un alcalde absolutamente desprestigiado que empezó con una popularidad del 75% y ya va en el 22. La capital es para ella una ciudad huérfana de liderazgo y por eso le apuesta a seguir ocupando cargos públicos mientras se prepara para cumplir unos de sus sueños: la Alcaldía de Bogotá. “Estoy joven y esas cosas solo se construyen con tiempo”.

Las críticas no la desvelan, ni siquiera las que generaron su proyecto para utilizar el lenguaje incluyente en todos los documentos distritales. “Los columnistas dicen que no es un asunto importante, pero lo pensaron, escribieron la columna, lo publicaron en su espacio semanal, gastaron tinta, neuronas y saliva”, se defiende.

El más duro adversario fue tal vez Alejandro Gaviria, decano de Economía de la Universidad de Los Andes y columnista de El Espectador, que escribió que aquel proyecto era una “soberana estupidez”. Pero ella dice que respeta las diferencias de opinión cuando son argumentativas y no personales. “Es el caso del señor Gaviria a quien no conozco y me gustaría que me conociera, porque estoy segura de que cambiaría su opinión sobre mí”.

Ante los problemas de la capital, está segura de que decir ‘bogotanos y bogotanas’ no es la batalla más importante, pero sí la más sencilla: “Está en manos de todos y de todas darle visibilidad a las mujeres, que son el 52% de la población colombiana”, asegura. Por ahora Benedetti seguirá buscando visibilidad a sus proyectos, por más absurdos que parezcan a sus críticos. “Quizás cuando esté vieja me recuerden como la señora que logró que la gente cambiara su manera de hablar”.

Habrá que ver si también lo logra con su lora, Zidane, que por el momento solo saluda y dice una que otra grosería.