Literatura rápida

El cuento o el relato de Rudolf Hommes en El Malpensante me parece que está en perfecto acuerdo con eso que llaman allá en la dirección de la revista, literatura rápida.

Ahora sé lo que significa. Se parece al polvo que le echó don Serafín a la muchacha. Nada se mueve y no se dicen nada. La literatura rápida no debe recordar la poesía ni de lejos, debe adolecer de una absoluta ausencia de gracia en la sintaxis y la adjetivación. Si es así, el cuento de Hommes debe adscribirse a la nueva tendencia.

El arte contra el arte. Pero tal vez soy persona de otro tiempo y de otros gustos que cuando lee algo, espera además del cuento a echar, y que es siempre lo de menos, me deslumbre con la prosa. Con la ondulación de la prosa, y el color de las palabras, y el olor, porque las palabras también huelen. De algún modo, el cuento de Don Serafín me recuerda otro que publicaron en El Malpensante hace días sobre unos pájaros. Por lo menos en el ambiente de hojarascas. Y también me recuerda el que vio la luz ahí hace años sobre carreras de automóviles, y que no terminé de leer. El relato, o el cuento, de Hommes, ha sido considerado por algunos reseñistas despistados de la radio, según oí o me pareció oír como literatura erótica.

No sé si puede llamarse literatura en último término, pero lo de erótico me parece una exageración flagrante. Todo se reduce al relato desangelado de una antropóloga alocada del equipo de Alfredo Molano que me parece conocer. Y si tiene una gracia, es, en todo caso, que en medio de la enorme tergiversación de todas las cosas, García Márquez nunca será ministro de Economía, para bien de la economía.

Creo que Hommes, que a veces sabe ser irónico, se burla de un montón de cosas ahí, incluidas las personas que dirigen El Malpensante, y la academia, contando los antropólogos de los Andes, y los guerrillos de la clase media. Y para ponerse a salvo se fue a pasar vacaciones a Alemania. Y digo estas cosas, mal adulador que soy, para que pueda estar seguro del cariño que le tengo, desde que él tenía aquella librería en La Macarena y yo dirigía el Café de los Poetas, lleno de antropólogas de esas y de Serafines de esos, que ni mueven nada ni se dicen nada cuando tiran y que bien considerados, resultan desdibujados, y considerados mal parecen literatura rápida de El Malpensante. En términos económicos, el cuento de Don Serafín me parece un despilfarro y el lector queda en desventaja en la balanza de pagos, cualquier cosa que eso quiera decir.