Los arquitectos que desafiaron la tradición

Por proyectos como el Orquideorama y la Plaza de la Luz en Medellín, estos tres jóvenes fueron escogidos para representar a Colombia en la Primera Bienal Latinoamericana de Arquitectura en Pamplona, España. Diseño de exportación.
Los arquitectos que desafiaron la tradición

Como buenos hijos de arquitectos, han lidiado con planos y maquetas desde niños. Eso explica por qué no les cuesta trabajo enfrentarse cada día a nuevos proyectos. Sus obras son simplemente el reflejo de una tradición familiar.

Camilo Restrepo, Felipe Mesa y Juan Manuel Peláez son herederos de una pasión por la estética, pero no se limitan a ella. Para ellos, cada obra debe estar ligada a la funcionalidad, una característica que, precisamente, premió el comité científico de la Bienal Latinoamericana de Arquitectura de Pamplona, que los ubicó este año entre los 12 mejores arquitectos de Latinoamérica y alabó sus trabajos por ser críticos, reflexivos e innovadores.

Sus obras vanguardistas contrastan con su estilo personal, que a primera vista es mucho más conservador. Sin embargo, tienen tan claro lo que quieren, que a pesar de haberse formado a la sombra de arquitectos de la talla de Rogelio Salmona y ‘El Chuli’ Martínez, no tienen problema en desafiarlos con propuestas arriesgadas pero eficaces que se salen de los lineamientos tradicionales. Así diseñaron el Orquideorama y la Plaza de la Luz en Medellín, complejos arquitectónicos con los que se llevaron los últimos cupos de la Bienal.

“El Orquideorama se basa en geometrías abiertas, en un sistema de inteligencia de patrones que permite ir sumando piezas o moverlas si es necesario”, explica Felipe. Y surgió hace cuatro años, de un concurso organizado por el Jardín Botánico de Medellín, que buscaba un diseño innovador que se vinculara con lo orgánico. Felipe hizo equipo con Camilo y, tras 20 días de lúcidas trasnochadas, su concepto de “flor-árbol”, que recrea la estructura de un panal, resultó elegido. Actualmente es considerado el corazón de esta entidad y una de las nuevas insignias de la ciudad.

Para ambos, más que un buen trabajo fue el primer paso para sustentar la misión que exigen de la arquitectura: un espacio con propósito social. “La gente está acostumbrada a entenderla desde la imagen y no desde la actitud que provoca”.

Es una consigna que comparte Juan Manuel, el tercero en concordia y quien resultó ganador del concurso “Medellín es luz, un poema urbano”, organizado por el gobierno del entonces alcalde Luis Pérez, con su propuesta para restaurar la Plaza de Cisneros y convertirla en la Plaza de la Luz.

Su proyecto, como él mismo lo explica, es un ejemplo de arquitectura independiente. Consta de 300 torres de 18 metros de altura cada una, que desde el 2003 iluminan las noches de este sector de la capital antioqueña, catalogado como uno de los mejores ejemplos de transformación urbana en el país.

Aunque sus trabajos son distintos, lo que los une es una misma visión de la arquitectura en términos de emociones y vivencias, más que de la belleza estética de las formas. Eso sí, cada uno bajo su propio instinto. Felipe trabaja en los Juegos Suramericanos del 2010, en un proyecto propio que incluye la construcción de cuatro escenarios que conformarán la nueva unidad deportiva del Atanasio Girardot, con la que este paisa de 34 años busca darle una nueva fachada al deporte antioqueño. En Bogotá, Juan Manuel está al frente del nuevo Centro Cultural Español, que con 2.500 metros cuadrados en Monserrate, pretende hacer de este sector de la ciudad un polo cultural de primer orden.

Ambas intervenciones respaldan el enfoque que estos colombianos utilizan a la hora de crear. Como asegura Camilo: “Es un trabajo de riesgo, por lo osado, pero hecho con responsabilidad”.

Lo que más descresta de este trío de creadores es que gozan de reconocimiento internacional a una edad que muchos envidiarían. “En Europa es muy raro que un arquitecto de 30 años pueda ver sus obras construidas,” dice Camilo, y admite que saber que sus creaciones no sólo son de las más visitadas en el país, sino que son utilizadas como ejemplo en el exterior para hablar de lo mejor de la arquitectura joven latinoamericana, es todo un cumplido.

De hecho, la Escuela de Arquitectura de Navarra y el Colegio de Arquitectos Vasco-Navarro, creadores de la Bienal de Arquitectura Latinoamericana, los incluyeron entre los mejores arquitectos colombianos menores de 40 años.

Así que lo que tienen es tiempo para seguir proponiendo diseños tal como ellos los conciben: más abiertos, basados en una arquitectura afectiva, con gran impacto social y ambiental, obras que sean, en últimas, un deleite tanto para quienes la ven como para quienes las viven.