Luis Fernando Santos deja El Tiempo

Aunque ya lo venía pensando, la decisión de dejar la Presidencia de la Casa Editorial El Tiempo se le adelantó tres años, y todo por un conflicto de intereses con la llegada de su hermano a la Presidencia.
Luis Fernando Santos deja El Tiempo

Mira como tahúr, calla como tahúr, calcula como tahúr, pero en el fondo es el mismo niño tímido al que su padre, don Enrique, lo empujaba al mundo diciéndole: “Mijo, no sea bobito, cuente lo que usted está haciendo, muestre sus logros”.

El día que fue nombrado gerente de El Tiempo, hace ya 19 años, salió y se compró cinco vestidos de paño en el almacén de un sastre italiano cerca de su antigua oficina en el centro de Bogotá. Desde entonces no se ha descolgado de la corbata.

Aunque siempre anda muy bien vestido, no es de guardar en el gabinete de los figurines de la última moda. Tampoco cuadra en los asiduos visitantes de las páginas sociales. Y mucho menos en los espectadores gourmets de las “frijoladas” políticas. Quizás en la única clasificación que encaja es en la de los MUY serios y punto.

Esconde muy bien su vicio de buzo empedernido, su alma de fotógrafo y su prontuario literario de escribidor juvenil de cuentos que le pasaba por debajo de cuerda a Calibán, su padrino.

Un temperamento duro que, mirando hacia atrás, tiene claro que en parte es así por eso de casarse muy joven y de enviudar muy joven de Michaelan, su primera esposa.

Junto a él se siente en carne propia lo que significa la palabra hierático… aunque sólo sea por unos segundos mientras se rompe el hielo.

¿Usted por qué se peleaba de niño con sus hermanos?

Por novias y por deporte.

¿En qué deportes?

En béisbol y basquetbol.

Puro juego de parque.

Sí, de parque y de colegio. Enrique y yo alcanzamos a estar, simultáneamente, él jugando con el Anglo y yo con el San Carlos, y competíamos ferozmente.

¿Con quién peleaba más?

Con Enrique. Teníamos maneras de ser muy diferentes. Él era el mayor. Era muy extrovertido y yo era muy tímido. Éramos ambos muy competitivos y eso generaba ese estilo de fricciones que suceden en las familias.

¿Enrique le quitó una novia?

Me acuerdo de que me quitó una de mis primeras novias, una ‘gringuita’ lo más de linda del Nueva Granada.

¿En qué curso estaba?

Yo estaba en quinto de primaria, él debía de estar en tercero de bachillerato y ¡oh sorpresa! cuando la niña me dice: “Estoy saliendo con tu hermano”.

Pero, ¿usted ya era el novio oficial de la ‘gringuita’?

Yo pensaría que sí.

¿Se lo ha sacado en cara?

Lo recordamos con mucho humor. Nada de broncas ni de sufrimientos.

Uno siempre tiene un hermano más amigo. ¿Quién era su cómplice?

Felipe, el menor. Yo no sé si uno pueda hablar de amigos con los hermanos, pero con él todo era más cómodo, porque con Enrique y Juan Manuel era siempre competencia.

¿Cuántos años se llevaban con Felipe?

Le debo llevar 10 años.

Es decir que si había una pelea con Juan Manuel, Felipe estaba de lado suyo.

Sí, absolutamente. Generalmente peleábamos Enrique, Felipe y yo contra Juan Manuel. Teníamos alianzas.

¿Por qué peleaban?

Por bobadas. Y los castigados éramos siempre Felipe, Enrique y yo y Juan Manuel, fresco.

Una pelea famosa.

Una vez mi padre tenía un rifle que le habían regalado y con Enrique nos ‘pedaleamos’ las balas y Juan Manuel nos acusó y nos pegaron una ‘castigada’ tenaz.

¿El consentido siempre fue Juan Manuel?

No sé si el consentido, pero manejaba muy bien la relación con mi papá. Lo adoraba, yo creo que mi papá siempre vio a Juan, cómo se vestía, en su afinidad por la política desde muy joven, con mucho cariño, mientras Enrique era rebelde a morir, rebelde políticamente, era el de la chaqueta negra, el de la pandilla del colegio. Y yo era muy independiente, tanto que fui el primero que se fue de la casa y el primero que se casó.

¿Usted se fue a qué edad de la casa?

Me gradué del San Carlos muy joven, me fui a estudiar seis meses a Los Andes Ciencias Políticas y me pegué una aburrida impresionante. Les dije a mis padres que quería estudiar periodismo, me dijeron que no cometiera esa estupidez, pero yo perseveré y recién cumplidos los 18 años me fui de la casa y me casé en Estados Unidos.

De adultos ¿cuál ha sido la mayor discusión entre hermanos?

Las discusiones acerca del rumbo de la empresa, decisiones importantes en las que a mí, mal que bien, me tocó el tema de la gerencia y no hay cosa más complicada que esa.

¿Por qué?

Darle órdenes a la familia es casi imposible. Hay que entrar a convencerlos y explicarles por qué esto es así o por qué lo que sucedió no ha debido suceder; y como no se les puede regañar, ni echar, sino tratar de convencerlos, fue algo desgastador.

¿Qué fue lo más difícil de convencerlos? ¿Lo de vender a Planeta?

Vea que con Planeta fue de lo más fácil, no sólo con la familia sino con el cien por ciento de los socios. Yo creo que todos entendieron el momento y la decisión fue unánime. La Casa Editorial El Tiempo acababa de pasar unos momentos duros a finales del 2000: la economía se había debilitado después del gobierno Samper y había llegado la mega competencia a nuestro país. Entraron los dos grandes grupos económicos a la televisión, Santo Domingo y Ardila, con todos sus recursos; flota el internet, al poco tiempo entra Prisa, y lo que se veía era clarísimo, que esto era un negocio de grandes ligas y que requería recursos, voluntad de crecimiento a largo plazo y buscar un socio estratégico importante.

Entonces, una discusión memorable.

Hubo gran presión para que cerráramos Citytv porque estábamos perdiendo plata y fue duro convencer a todos los socios y también a la familia de que mantuviéramos ese negocio estratégico a pesar de los resultados. Recuerdo al pobre Iván McAllister, su presidente en esa época, cómo lo maltrataban a diestra y siniestra. Gracias a Dios perseveramos porque City es un activo muy importante.

Ahora que Juan Manuel, su hermano, el nuevo Presidente, lo pone en esa situación de dejar la Casa Editorial El Tiempo, ¿alguna vez se imaginó este final por culpa del bichito de la política dentro de la familia?

No me lo imaginé. Yo lo venía madurando de tiempo atrás, de hecho pensé que me iba a retirar al entrar Planeta, porque creí que ellos iban a traer a una persona elegida por ellos, pero me pidieron que los siguiera acompañando, entonces no lo tenía tan claro. Sí sabía que la política era un problema para El Tiempo. Lo vimos desde que Juan Manuel entró en el gobierno Gaviria, se requeteconfirmó con el ingreso de Francisco (Santos) en el gobierno Uribe y siempre sabíamos que eso no era bueno para el diario. Lo mío fue un adelanto a mi decisión.

¿Cuánto tiempo se adelantó?

Dos o tres años.

Se rompe la tradición periodística de Santos en El Tiempo.

Sí, y cuando en 1996 hubo una reestructuración muy fuerte y me nombran presidente, una de las decisiones fue un protocolo de familia, porque cuando la tercera o cuarta generación llega al poder, acaba con las familias y las empresas. Una de las reglas fue no más Santos en El Tiempo.

¿Se ha cumplido?

Sí, se ha cumplido religiosamente.

Roto el lazo de Presidente de la Casa Editorial El Tiempo, ¿usted piensa vender sus acciones?

Lo estoy pensando, en algún momento puedo llegar a esa decisión, pero no he tomado ninguna al respecto. Yo soy otro accionista minoritario como todos los otros accionistas.

De ser socio mayoritario a ser socio minoritario, ¿qué se siente?

Todo el mundo decía que El Tiempo era de los Santos, pero cuando los Santos heredan del doctor Eduardo Santos teníamos una parte minoritaria, 48 por ciento, nunca mayoría. Logramos la mayoría con el 51 por ciento comprando acciones, pero cuando mueren mi papá y mi tío ese porcentaje estaba dividido en 11 familias. Entonces eran minorías del mismo apellido, no que hubiera un socio dominante.

Usted no es el mayor, pero muchas veces en los negocios uno lo ve como el mayor.

Me tocó pedir y pedalear para que me dieran la oportunidad de entrar a la administración donde no había ningún Santos y nunca hubo un Santos. Todos estaban en la sala de redacción. Yo cruzo la línea, y ahí es cuando me dedico a todos los desarrollos de producción, la parte gerencial, publicitaria, circulación, luego televisión y luego el área digital. Fue un paso complejo, de hecho cuando estaba de subgerente y había logrado subir a donde ya no podía moverme, les planteé a mi padre, a mi tío y a varios socios si podía ser gerente porque si no me iba para otra empresa, y me dijeron: “Listo”.

Usted estudia en Kansas, viene y es periodista deportivo acá y pasa a ser jefe de producción. Dígame de corazón, ¿eso fue un ascenso o no funcionaba muy bien en los deportes?

Debo hacer una confesión, me di cuenta de que había muchos Santos en la redacción pero, especialmente, había visto una parte de la empresa que nadie estaba desarrollando.

¿Sigue siendo un hombre tímido?

Sí, la timidez de alguna manera la conservo, creo que me ayudó mucho a sobresalir porque cuando uno es tímido hace un doble esfuerzo por salir adelante, y se impone un estilo de sacar las cosas adelante pase lo que pase. Yo era obsesivo en eso. En una época era un poco dominante y hubo un dicho en la empresa que duró mucho tiempo y que me tocó pelear para aplacarlo: “Lo que diga don Luis”.

Y ese empeño suyo de no meter a sus hijos en el negocio familiar, ¿no era, en parte, dar ejemplo a los demás de dejar a los parientes por fuera del negocio?

Sí. Al principio, cuando se los comenté a mis hijos, la reacción no fue buena, me dijeron: “¿Por qué nos van a sacar del negocio?, ¿qué hemos hecho nosotros?”. Pero hoy en día me lo agradecen en el alma, todos son profesionales exitosos, independientes sin tener que haber entrado a la maquinaria de la familia.

¿Son cuatro?

Sí, dos hombres y dos mujeres.

De mayor a menor ¿qué hacen?

Luis, el mayor, estudió mercadeo y comunicaciones, estuvo en Miami mucho tiempo y acaba de regresar a Kansas, porque él también estudió en la Universidad de Kansas; se casó, sus hijas son nacidas allá. Luego tengo a Carolina, que en este momento está sacando una especialización en Estados Unidos después de haber estudiado hotelería, y regresó a estudiar educación, quiere ser educadora. Juan Pablo está trabajando en televisión muy exitosamente en una empresa que compite con Planeta, y la menor, Verónica, que está casada y vive en Sao Paulo.

Eso por el lado de los hijos. ¿Los sobrinos también protestaron?

Estoy seguro de que sí porque no es fácil perder esa entrada. Por la influencia del periódico, por las puertas que abre.

Después de todo lo que ha pasado con la entrada de Planeta, ¿sale más o menos unida la familia?

La familia está más tranquila, más consciente, más unida, muy orgullosa del periódico, no he oído a ningún socio decir “la embarramos”.

Cuando la familia hace parte de un negocio, los une el negocio, cuando el negocio ya no está, ¿la familia se une en torno a qué?

Cada uno tiene sus hijos, sus actividades, pero cada vez que nos encontramos hay menos tensión, la relación es mucho más espontánea, más cariñosa, mucho más agradable.

Hablando de los dos grandes patriarcas, don Hernando y don Enrique, ¿ellos alcanzaron en vida a tocar el tema Planeta?

Sí, se habló que eventualmente llegaríamos a vender, pero que deberíamos hacerlo de manera unida, que fuera una decisión familiar, y así fue. Ellos estuvieron de acuerdo con no más familia en la empresa, y recuerdo una anécdota muy linda cuando yo ya estaba de gerente y me tocaba manejar todo el tema salarial y mi tío me llamaba y me decía “mijito, solucióneme lo de los salarios de mis hijos, no me meta a mí en ese problema”. Era complicadísimo manejar los salarios de la familia. Poco tiempo antes de morir Hernando, en una charla que tenía con él, me dijo: “Mijito, tienes que asegurarte que la empresa sobreviva a la familia”. Y yo creo que eso es lo que ha sucedido.

¿Cómo era el tema de los sueldos en la familia?

Es que en eso de manejar salarios en la familia, donde hay que subirle más a uno que a otro porque los cargos son diferentes es muy complicado porque después vienen los hijos a quejársele al papá, y me tocaba manejarlo y me sacó muchas canas.

Las nuevas generaciones de Santos que heredaron acciones de sus padres, ¿qué piensan de quedarse fuera del negocio? Más exactamente, su sobrino Alejandro, ¿no será el más triste por no haber llegado a la dirección de El Tiempo?

Cuando Felipe López le ofrece a Alejandro llevárselo para Semana, inmediatamente reunimos a la familia, dentro de las reglas del protocolo de no traer más familia, aunque él ya trabajaba con nosotros en la redacción, y nos planteamos si íbamos a retenerlo. Unánimemente todos dijeron que sí porque era un gran profesional, y me dan a mí la tarea de convencerlo con plata y con argumentos para que se quedara porque era un heredero natural. Pero él tomó la decisión de irse e independizarse de la familia.

¿Su partida no resintió a la familia?

Nos entristeció un poco pero respetamos su decisión.

Después de tantos años de experiencia y dejando la falsa modestia ¿cuál cree que ha sido la fórmula de su exito?

Mi dedicación obsesiva al trabajo fuera lo que fuera, yo me metía, me untaba de tinta, me remangaba, me reunía con los equipos de más bajo, mediano o alto nivel, y creo que lo que veían en mi manera de ser era una pasión por el negocio y por los resultados.

Su peor defecto.

No delegar suficiente, pero lo corregí rápidamente, y que no me gustaba perder. Ya fuera un argumento en la junta, me la tenía que ganar porque me la tenía que ganar.

Con esa reputación de hombre calculador, ¿Cuándo sintió qué le gustaban más los números que las letras?

Más que los números, los procesos. No he sido muy de números, ponerme a leer un balance no era propiamente lo que me fascinaba. El armar un equipo, el juntar dos secciones, en hacer cosas mucho más eficientes con menos gente y poner a esa gente a hacer cosas nuevas, era lo que me fascinaba.

¿Y la escritura nunca fue una pasión?

¡Muchísimo! Calibán era mi padrino de bautizo y yo siempre le mandaba cosas y él me decía: “Mijito, a usted esto le fascina”.

¿Qué escribía?

Cuentos, historias en el colegio. Yo dirigí el periódico del colegio San Carlos, el primer anuario lo hice en el año 64. Me tocó un examen de orientación profesional y yo no sabía qué carajos quería estudiar y me recomendó estudiar periodismo. Tenía una columna en El Tiempo que se llamaba El diablillo del linotipo y mis crónicas de deportes y otros temas me fascinaban y me han seguido fascinando

¿Ha seguido escribiendo?

Tengo mis notas pero no un diario. No creo que tenga ya la paciencia para eso. Sin embargo, tengo cuentos simpáticos para contar si algún día se da.

¿De ficción?

No, muy reales del negocio y de la familia.

Y ahora con su retiro ¿cuál va a ser su prioridad?

Hoy mi prioridad es pasar mucho más tiempo con mis hijos, que ya son todos mayores. Reponerle un poco el tiempo a mi señora, María Isabel, que me ha ayudado muchísimo pero que me ha tenido que tener mucha paciencia. Llevamos 32 años, es mi segundo matrimonio, mi primera señora murió y hay que reponerle un poco del aguante que ella tuvo.

¿A qué le teme?

No les gasto mucho tiempo a los temores. Uno no quisiera ver enfermedades en la familia, sufrimientos, pero uno ya lo maneja, ya tuve un trauma muy horrible con la muerte de mi primera señora. Uno sufre cuando se mueren personas cercanas pero, cuando lo comienza a digerir, de pronto se vuelve hasta frío con ese tipo de emociones.

¿Su señora se murió hace 32 años?

Sí, en un accidente, cuando tenía 27 años, en el año 76.

¿Y usted llevaba casado cuántos años?

Llevaba casi 10 años porque yo me casé muy joven, al cumplir los 19 años.

¿Cómo se llamaba ella?

Michaelan.

¿Un golpe tan fuerte tan joven lo vuelve a uno más prevenido?

Lo endurece a uno mucho.

¿Qué fue lo último que le dijo su papá?

Yo he sido una persona de bajo perfil y mi padre me decía: “Mijo, no sea bobito, cuente lo que usted está haciendo, muestre sus logros”, pero ese no era mi estilo, de pronto por la timidez que me caracterizaba. Ahora que he visto que todo el mundo me da reconocimiento, he pensado mucho en esa frase y digo: ¡por fin le hice caso a mi papá!

¿Qué le dice usted a la nueva generación de los Santos?

Que les tienen que tener un enorme respeto al periódico y a la familia por lo logros y que temas como el de Juan Manuel y el de Francisco, si en algún momento nos generó tensión y controversia, hay que reconocer en ambos un mérito enorme porque sacrificaron la total comodidad de El Tiempo. Creo que sacamos el periódico adelante.

A futuro habrá una nueva generación de Santos en el negocio editorial de El Tiempo.

Cupo en El Tiempo, no. Yo pienso que puede haber, de golpe, algunos que monten sus ejercicios en el mundo de las comunicaciones e información digital, porque ahí se necesita suerte, vocación, pasión, entender el mundo digital, y he visto varios familiares que son navegantes naturales. Quién quita. De hecho tengo una nieta, Alexandra, que acaba de ingresar a la universidad, entró a estudiar comunicación social en la Universidad de Kansas. Ella acaba de cumplir 18 años y escribe increíblemente bien. El mundo mediático está ahí, cada vez más cambiante con oportunidades increíbles.

¿Usted sigue la tradición de su tío y de su papá de escaparse a Madrid a comer en Casa Lucio?

Pues yo fui un par de veces con mi papá y mi tío, pero yo me vuelo a bucear. Soy un buzo empedernido. Acabo de estar con mi señora que también es buzo profesional, en el mar de Flores, en Indonesia, en la isla de Mayo. Siempre he dicho que es mucho mejor bajar y estar tranquilo que tener que pagarle a un psiquiatra.

Dicen que es experto en buceo nocturno.

Lo hacía mucho pero ya no.

¿De qué escapa cuando se sumerge en las profundidades?

Uno se desconecta de todo, porque mal que bien soy de esas personas que siempre tienen la cabeza llena de cosas, el trabajo, el país y eso produce un poco de tensión. Cuando me sumerjo se acaba todo eso, es la tranquilidad absoluta.

¿Qué es lo primero que va a hacer en esta nueva etapa?

Definir qué voy a hacer los últimos 20 años. Tengo mis ideas, mis tendencias de en qué me meto y en qué no me meto. Me quiero mantener activo.

No se está pensionando...

No, no me estoy pensionando.

Nuestra cultura nos rotula y nos dice que somos lo que hacemos. Ahora que ya no es presidente de la Casa Editorial El Tiempo, ¿qué quiere hacer? ¿Qué tal un nuevo proyecto periodístico independiente?

No lo llamaría nuevo proyecto periodístico, de golpe un proyecto vital que puede tener un componente periodístico, ese es un tema que me fascina. Tuve la suerte de visionarlo un poco en el año 95, 96, cuando ya estaba metido en el tema del internet y del impacto que eso podría tener en los medios. Ahí tengo algunos proyectos y conozco algunos grupos que están haciendo cosas maravillosas y me parece emocionante.

¿Medios impresos?

No.

¿En otros medios?

En medios periodísticos mientras mi hermano, Juan Manuel, esté de Presidente, no me voy a involucrar, pero en el mundo digital que tiene otras facetas me parece apasionante.

¿Sigue viva su pasión por la fotografía?

Total y absoluta, yo me gradué de periodista y de fotógrafo, que en Estados Unidos es una carrera de cuatro años. Tuve mi laboratorio en mi casa durante muchos años y lo abandoné por el trabajo, pero es algo que quisiera retomar, porque yo era de revelar en la casa.

¿Quiere volver a tomar fotos?

Me gusta, yo cojo mi camarita Olympus digital, me fascina captar el momento, el detalle, la luz, el background, son cosas que me mueven mucho todavía.

¿Cuál fue la última foto que hizo?

Ahorita que estuve en Indonesia tomé unas fotos preciosas de la isla, una en especial a una cantidad de micos que había alrededor de la carpa donde yo estaba. Pero la foto que más recuerdo fue durante las olimpiadas de Munich. Yo era el único fotógrafo colombiano que estaba con Helmut Bellingrodt cuando se ganó la medalla de plata, la única que se ha ganado Colombia. Después no sabía qué hacer con la foto porque para mandarla a Colombia había que hacerlo por avión a Madrid y luego a Bogotá y, sin embargo, con ayuda de los técnicos de la AP hicimos una separación de color, cosa que nunca se había hecho para un periódico colombiano, y la mandamos como cuatro fotos en blanco y negro. Esa foto la recuerdo mucho.

Dicen que Juan Manuel es el jugador de póquer, pero usted tiene más cara de jugador de póquer que él, ¿de dónde sacaron los Santos esa cara de póquer?

El jugador de póquer es Juan Manuel, de hecho yo organizaba con mis amigos en mi casa una vez al mes jugarretas de ruleta y de póquer y las suspendí porque llegaba Juan Manuel, “pelaba” a todo el mundo y se iba, no le dejaba ni cinco a nadie. Yo jugaba por divertirme pero no era tan bueno, yo era calculador pero apostador no mucho.

¿Lo volvió a “pelar” Juan Manuel?

No, para nada. El viene pensando en ser Presidente hace muchos años. Eso que escucha uno en entrevistas o comentarios de prensa que él decía que quería ser Presidente cuando tenía 10, 11 años, es verdad. Toda mi familia pasó el cambio de siglo en mi finca en Anapoima y todos escribimos y firmamos lo que nos naciera en un papelito, y Juan Manuel escribió “Santos, Presidente, diciembre 31 de 1999”.

¿Cómo describir la tristeza de ya no ser el capitán del barco?

A veces salen las lágrimas cuando me llegan mensajes de personas con quienes trabajé antes, algunos mensajes de mis hijos, y uno tiene su guardadito en el corazón, eso es inevitable, de pronto me sale más adelante.

¿Tenía otro final en mente?

Sí, tenía un final que no era tan grato, que lo pensé mucho durante los años de la crisis, en el año 2002, cuando quería decir: “Apenas el periódico esté económicamente bien me retiro de esta vaina porque no me los aguanto más”.

¿A quién no se aguantaba más?¿A la familia?

Y a los socios. Yo a la familia en una oportunidad le dije que el día que cumpliera 60 años me retiraba porque no les trabajaba ni un minuto más. Ese final no era muy agradable, este es mucho mejor.

***

El tiempo de la entrevista está agotado. Son las 3 de la tarde. Se levanta y mira por la ventana de su oficina, en un noveno piso, desde donde se ven muy bien las instalaciones de El Tiempo y la de su vecina, la revista CROMOS. Mira por la ventana como quien ve una foto de familia. Lo piensa. Y finalmente se atreve y lo dice con un tono confesional y de nostalgia:

“Cuando yo llegué en 1970 de Kansas para comenzar a trabajar en El Tiempo, el primer puesto que me ofrecieron fue en CROMOS. Yo venía con mi especialización en fotografía y eso era CROMOS, y Gabriel Restrepo debió decir:“Este chino recién graduado, pues me lo traigo para acá”. Pero no acepté porque yo ya venía pensando en el periódico”.