Mario Iguarán, condenado por el fútbol

Al Fiscal General de la Nación, que en pocos días termina su período, lo único que lo ha llevado a violar el reglamento es su pasión por el balón. Tiene una colección de más de 50 camisetas de equipos de todo el mundo y dice que sólo colgará los guayos cuando ya no haya más remedio.
Mario Iguarán, condenado por el fútbol

Dicen sus asesores que cada vez que el Fiscal conversa con sus similares de otros países, siempre termina hablando de fútbol. Pero el Fiscal lo niega: “Eso no es cierto, yo nunca termino hablando de fútbol; comienzo hablando de fútbol”.

Es uno de los temas predilectos con el juez español Baltasar Garzón, por ejemplo, con quien antes de entrar en materia jurídica comenta los últimos acontecimientos de la liga española y, en general, del fútbol europeo. “Es una forma de romper el hielo que me ha servido durante toda mi carrera –continúa el Fiscal–. Ha sido muy rara la ocasión en la que a mi interlocutor no le guste el fútbol. Es una excelente manera de entrar en calor y en confianza”.

La afición la lleva entre pecho y espalda desde muy pequeño en su natal Buga, gracias a su abuelo Mario, quien lo entusiasmó para que siguiera los pasos de su equipo del alma: el Deportivo Cali. Mario, el nieto, debía de tener unos 15 años cuando, junto a sus amigos, corría los domingos a la plaza Cabal, a despedir a Jairo Arboleda, ese jugador inmenso que luego en la tarde, en el Pascual Guerrero, pagaría la boleta con alguna filigrana de genio.

Quizás en esa época también le nació la manía de coleccionar camisetas, de buscarlas o de pedírselas a sus ídolos, autografiadas. En su apartamento del norte de Bogotá tiene varias, entre ellas la que lució hasta este año Abel Aguilar en el Hércules de la segunda división española. Pero las más valiosas las tiene en su finca de Girardot, enmarcadas y exhibidas como copas que él mismo hubiera ganado. La del ‘Pibe’ Valderrama en el Montpellier francés; la del arquero Alejandro Leone, firmada también por el ‘Rifle’ Andrade; la de la Alemania de la pasada Eurocopa, autografiada por todos los titulares, regalo exclusivo de la mismísima canciller Angela Merkel.

El Fiscal guarda con orgullo, como si fuera un niño chiquito que quiere alardear frente a sus compañeros de colegio, camisetas de sus equipos favoritos, que los tiene por decenas. En una reciente reunión de fiscales en Argentina, alguien le preguntó –ya que sabían que a Iguarán le encantaba el fútbol– si le iba a River o a Boca. “A ninguno de los dos –respondió–, yo le voy a Ferrocarril Oeste”. Ahí la tiene, encima del sillón, la casaca verde y blanca de Ferrocarril, que no ha tenido suerte para volver a primera. Y también la camiseta de Universitario, de Perú; la de Liverpool, de Inglaterra; la del Burdeos, de Francia; la del Torino italiano y la del Spartak de Moscú. Y, claro, también la de su segundo equipo después del Cali, el FC Colonia, al que siguió cuando estudiaba una especialización en derecho comparado en la ciudad alemana a finales de la década del 80. Era el Colonia de Littbarski, que alcanzó a ser subcampeón de la copa UEFA en 1986.

Iguarán guarda camisetas de equipos aficionados con los que él mismo ha salido campeón, como la del Colegio San Carlos, victorioso en el torneo de Padres de Familia tras una final que el Fiscal jugó infiltrado; la de la Fiscalía, que como cosa sospechosa es de color verde, como el Cali de sus amores; la de la Corte Constitucional, con la que quedó campeón en el torneo interinstitucional, cuando era magistrado de la sala magna…

El fútbol es la única pasión por la cual el Fiscal ha violado las normas. Lo confiesa con la pena de un adolescente. Sucedió en su juventud, cuando era estudiante del Externado y el Cali llegó a jugar a Bogotá frente al Tolima de Sapuca e Iguarán, que en ese momento utilizaba El Campín como sede porque poco antes se había caído una tribuna en el estadio de Ibagué. “No recuerdo muy bien si es que las boletas ya estaban agotadas. Lo cierto es que, en mi afán de ver al Cali, decidí trepar por una reja y luego descolgarme, ya adentro, hacia la escalera. Cuando estaba a punto de lograrlo indemne, un policía me vio y me lanzó de inmediato un bolillazo que recibí en toda la espalda. Finalmente seguí mi camino y me le perdí en la tribuna”.

Tal vez para compensar ese pecado venial, Iguarán se ha vuelto un abanderado de la transparencia en el fútbol, y pone como ejemplo a instituciones como La Equidad, cuya organización, al igual que la del Cali, son las únicas que se asemejan a un club de fútbol de verdad. “De resto, uno no encuentra sino cosas raras –afirma–. Cuando los préstamos de jugadores o los jugadores mismos no les pertenecen al club que los contrata sino a seres anónimos, no es mucho lo que se puede esperar”. Y concluye: “Aquí lo que falta es voluntad política para obligar ala que quedó campeón en el torneo interinstitucional, cuando era magistrado de la sala magna…

El fútbol es la única pasión por la cual el Fiscal ha violado las normas. Lo confiesa con la pena de un adolescente. Sucedió en su juventud, cuando era estudiante del Externado y el Cali llegó a jugar a Bogotá frente al Tolima de Sapuca e Iguarán, que en ese momento utilizaba El Campín como sede porque poco antes se había caído una tribuna en el estadio de Ibagué. “No recuerdo muy bien si es que las boletas ya estaban agotadas. Lo cierto es que, en mi afán de ver al Cali, decidí trepar por una reja y luego descolgarme, ya adentro, hacia la escalera. Cuando estaba a punto de lograrlo indemne, un policía me vio y me lanzó de inmediato un bolillazo que recibí en toda la espalda. Finalmente seguí mi camino y me le perdí en la tribuna”.

Tal vez para compensar ese pecado venial, Iguarán se ha vuelto un abanderado de la transparencia en el fútbol, y pone como ejemplo a instituciones como La Equidad, cuya organización, al igual que la del Cali, son las únicas que se asemejan a un club de fútbol de verdad. “De resto, uno no encuentra sino cosas raras –afirma–. Cuando los préstamos de jugadores o los jugadores mismos no les pertenecen al club que los contrata sino a seres anónimos, no es mucho lo que se puede esperar”. Y concluye: “Aquí lo que falta es voluntad política para obligar a los clubes a democratizarse”.

De pronto le da a él mismo por liderar el proceso cuando salga de la Fiscalía, si no le da por volver a ser estudiante en Estados Unidos, o es nombrado embajador en alguna ciudad del mundo. Sería un bonito detalle para alguien que, al fin y al cabo, ya está condenado por el fútbol hasta que la muerte le arranque los guayos a la brava.

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