Michelle Rouillard, una reina en la cocina

Su actitud, su corte de pelo y el libro que escribirá sobre el Concurso Nacional de Belleza, aún dan que hablar. Michelle se revela como una mujer amante de la gastronomía.
Michelle Rouillard, una reina en la cocina

–Perdona –dice la mujer–, ¿tú fuiste Señorita Colombia, cierto?

Alrededor de Michelle Rouillard –espigada, esbelta, ojos verdes y pelo corto– se ha formado un pequeño corrillo. Varios jóvenes la miran, curiosos. Ella sonríe.

—Sí, claro.

—Yo sabía –vuelve la señora, sentada alrededor de una mesa en la pequeña cafetería–. Te queda muy bien el pelo así. Estás muy bonita.

Michelle revuelve el tinto, agradece, sonríe. Siempre sonríe.

—¿Dónde compraste ese saco? –ataca otra, sentada a su lado. ¡Está precioso!

—En Montreal —responde ella. Y luego, con cortesía, se despide.

La gente no para de mirarla. Afuera, llueve. Caminamos hasta la academia de cocina Verde Oliva, al norte de Bogotá, donde más tarde se pondrá el delantal y hará una de sus actividades favoritas: cocinar.

—Este saco me encanta —dice mientras se acomoda el suéter gris, largo hasta las rodillas—. Hace rato me pasé a vivir en él.

Adentro, la cocina es pequeña; frente a las estufas hay varias mesas arregladas, con floreros encima. Un joven vestido con chaqueta y el sombrero de chef trae los ingredientes: cebollas, tomates, zanahorias, sal, ajo, un salmón.

Y mientras comienza a picar la cebolla, Michelle recuerda que aprendió a cocinar casi a la fuerza: “Todo comenzó cuando me fui a vivir a Canadá, apenas terminé el colegio. Allá, como estaba sola, comía en la calle o compraba cosas congeladas que metía en el microondas y me sabían a mico. Entonces decidí meterme a la cocina, yo que jamás cociné un huevo. En mi casa hablaban de cocinar y salía corriendo”.

Empezó a arriesgarse con distintos platos y poco a poco fue cogiéndole el gusto. Quizás, como ella misma dice, su padre tuvo algo que ver ahí: alguna vez, en una de sus correrías por distintos lugares del mundo, este francés montó un restaurante. Pero nunca le enseñó a cocinar. Ahora, varios años después, Michelle lo hace. Y le gusta.

“Soy la maga de los asados –dice con una sonrisa; tiene los ojos verdes y las pestañas grandes–. De los pimentones, las cebollas, las papas a la parrilla y las carnes bien gruesas. Me gusta organizar asados para invitar a mis amigos, una costumbre que me quedó de Canadá”.

Michelle todavía recuerda con nostalgia el tiempo que vivió en ese país. Llegó con la idea de ser diseñadora de modas (de pequeña, en el colegio, hacía su propia ropa) pero las cosas resultaron más difíciles de lo que pensó: como no dominaba el inglés las primeras clases en la universidad fueron un desastre. “No entendía nada, ni siquiera sabía cómo se decía aguja o algodón”, cuenta.

Le fue mal, se aburrió, decidió retirarse. “Además, no soy buena dibujante –dice–. Yo puedo imaginarme un vestido divino pero, ¿cómo lo explico?”. Entonces hizo un cambio brusco: perfeccionó el inglés y se metió a estudiar Negocios Internacionales. “Siempre me han gustado las ventas, soy buena negociante. Cuando era chiquita mi papá tenía una finca y recuerdo que una vez estaban haciendo una construcción de la que sacaban muchas piedras. Yo las cogía, las lavaba, las arreglaba y me las llevaba a Popayán; luego las ponía en el murito de mi casa y las vendía, diciendo que las había conseguido no sé dónde y que traían suerte”.

Cuatro años después regresó al país, fue Señorita Cauca, Señorita Colombia y el resto es historia. Del reinado lo que más le impactó fue la parte social. “Una cosa es que te digan en las noticias que el país está emproblemado y otra ver la realidad de cerca”, dice. Tanto le gustó que ahora tiene un proyecto en mente que espera desarrollar muy pronto: “Quiero hacer un programa de la mano con Profamilia y Bienestar Familiar para ayudar a las niñas del Cauca que quedan embarazadas a temprana edad –cuenta–. Ya tengo una plata ahorrada; espero llevarlo a cabo algún día y tener una fundación”.

En el momento en que corta los vegetales entra, curioso, un joven con gorro y chaqueta de chef.

–Voy a ser tu nueva profesora –le dice ella, mirándolo y mostrándole sus dientes blancos, grandes.

–¿En serio? –responde él abriendo mucho los ojos.

–Sí –vuelve Michelle–: voy a enseñarte a picar un tomate.

–Buenísimo –atina a decir el joven antes de perderse, sonriente, por el pasillo.

Michelle se ríe. Parece disfrutar de cada cosa que hace sin importar la polémica que genere. Como cuando se cortó el pelo durante su reinado. Como cuando se desnudó en una revista. Como cuando afirma que está preparando un libro en el que revelará detalles desconocidos sobre el certamen de belleza más importante del país. “Yo no hago las cosas por ir en contra de la corriente sino porque me gustan. Para mí siempre ha sido una sorpresa las reacciones de la gente; a lo mejor la polémica se da porque acá están acostumbrados a ciertos parámetros y a veces hay gente que se sale de ellos. A mí me dicen la rebelde, pero yo no soy así. Y menos sin una causa”.

Dice que es, por el contrario, una mujer tranquila que ama la soledad. Dice que es amiga de sí misma, el tipo de persona que se puede tomar una copa de vino sola sin problema. Dice que la soledad es buena para examinarse, para entenderse, para reflexionar. Dice que le gusta mirar a la gente para analizarla; ver cómo se mueven, cómo hablan, cómo caminan. “Eso me revela mucho de una persona”.

Y es, también, una mujer sencilla que se muere por una arepa llena de queso, por las empanadas de pipián que hacen en su natal Popayán, por un ajiaco o un cebiche de camarones. “En la cocina, hago dos platos estrella: el pollo a la Michelle, flambeado en brandy con crema de leche y pimienta, y el pollo a la cazadora”.

Una mujer polémica que, a sus 23 años, dice con toda naturalidad que no cree en la Iglesia y que sabe que quizás en el reinado no la quieren mucho.

Pero, al final, nada de eso parece importarle demasiado.