Nunca imaginé ser modelo: Catalina Uribe

Su mirada insinuante, sus piernas largas y las curvas de su cuerpo totalmente natural son virtudes que no pasan inadvertidas. con su cara de yo no fui, esta paisa acapara la atención en las pasarelas. Tentación a flor de piel.  

El espíritu de la prosa, en este país donde los escritores se acostumbran hace años a moverse entre noticias de desastres, rebatiñas de violencias gratuitas, politiquerías y fraudes, se apereza ante la perspectiva de componerse para una entrevista con una muchacha antioqueña de las lomas de Envigado que son las lomas más lindas de la Tierra, de veinte años apenas, y cuyos únicos pecados, todos veniales supongo, deben alentar en unos sueños que no me contó ni yo le pregunté aunque curiosidad no me falta.

Sin embargo, a la larga resulta grato apartarse por un momento de las algarabías de la realidad para ponerse a conversar con una niña, al comenzar la tarde, y preguntarle simplezas. Qué tuviste de almuerzo, por ejemplo. No estaba contenta con el almuerzo. Le habían fallado con el postre.

A veces más vale entretenerse en una charla sobre postres en un país descuadernado, y amargo, empecinado contra sí mismo.

Quise saber cómo estaba conformada su familia, y con quién vivía. Vivía con su familia, una familia estrambótica además en estos tiempos: compuesta por un papá y una mamá bien avenidos, y una hermana, adorada ella. Todos, de Medellín. De allá, de esas lomas que conozco tanto, entre cuyos verdes me dieron a luz, y de donde tuve que irme, para mi bien y para mi mal.

Una muchacha así como Catalina Uribe, con una familia tan rara en estos tiempos de familias múltiples de hijos e hijastros entrecruzados, cuya única queja contra la vida a estas horas de la vida es la falta de postre, debe estudiar, cuando es de Medellín, y si es de las lomas de Envigado, en la Universidad Pontificia Bolivariana. Pienso. Y acierto. En efecto, allá estudia. Diseño. Diseño industrial. Y debe haber hecho el bachillerato en el Marymounth. Pienso también. Y también le apunto.

Catalina Uribe tiene la voz de los veinticinco años. No triste, pero sí con un timbre sombrío. No cavernoso, pero sombrío, con un eco que soy incapaz de definir. El tono lo reconozco mejor. Es el de las gentes de Envigado. Tengo buen oído para los acentos, y hace tiempos advertí que los envigadeños cantan el antioqueño de un modo que el melómano diferencia al primer golpe de voz.

Su padre se llama Álvaro Uribe, como el presidente, me dice. Eso le ha valido bromas pero también le atrae simpatías, me confiesa. No, no existe algún parentesco, que ella sepa. La mamá, María Eugenia, es la típica mamá de las familias políticamente correctas. Entregada a sus hijas. Que abandona cualquier cosa que haga por sus hijas.

Catalina Uribe, la hija de Álvaro Uribe, de los Uribe que no tienen nada que ver con el presidente, jamás se imaginó metida en el modelaje. La enseñanza en los valores del Marymounth le hacía ver el mundo de las modelos como algo mañé, que quiere decir desabrido en la jerga de esas lomas, un mundo habitado por unas muchachas oscilantes entre la anorexia y la bulimia, y hasta peligroso al fin y al cabo sobre todo en esos tiempos cuando empezó a abrirse camino, y pululaban, abejorreaban será mejor decir, alrededor de las modelos, esos ricos personajes de muchos ceros a la derecha pero de tres en conducta, aficionados a los caballos, y las muchachas que los halagaban eran unos enredos griegos de silicona. Además, tampoco pensó nunca que tuviera cualidades para ese rudo trabajo. Porque eso es también el modelaje. Una profesión de sacrificios. Y ya ve usted. Me dice.

Todo comenzó, no se acuerda qué había ido a comprar, en un Carulla. Una señora que después iba a llamarse Margarita Gómez se quedó mirándola, la siguió un poco por entre las góndolas, y al fin la abordó. Ya se sabe. Que cómo te llamas. Que dónde vives. Que qué haces. Perdóneme, señora, le dijo Catalina. Pero usted por qué me hace tantas preguntas. Y la señora dijo, me llamo Margarita, y tengo una agencia de modelos y creo que...

Los padres, en esa familia como es, no estuvieron de acuerdo. Y ella que los quiere con todo su corazón y acata casi todo lo que le dicen, hasta lo iba olvidando. Pero después le contó la historia a su mejor amiga, a Valeria, y Valeria que también es como es le dijo que nada se perdía, que tal vez había cierta felicidad en el modelaje, y que si no había felicidad al menos habría un poco de dinero, y que estamos jóvenes y que si a mí me dieran la oportunidad yo sí no me la perdía. Valeria la convenció. Y le ayudó, o debió ayudarle con sus padres, que siguieron no queriendo que Catalina emprendiera esos bretes del modelaje, tan joven, y tan bien educada, para someterla a los peligros de las candilejas.

Al fin la familia Uribe, además de uribistas de clase A, con la retórica de Valeria, supongo, se puso de acuerdo, y fueron a ver el establecimiento de Margarita Gómez, y las convenció: era una empresa respetable, bien instalada, y con una gran claridad en el concepto del oficio. Y así fue como se le complicó la vida, tal como sus padres esperaban. Ahora, además del estudio, están las sesiones de fotos, el recorte de las horas para hacer los trabajos de la U, levantarse muy temprano y acostarse a veces muy tarde. Porque así es eso.

Por sacarla de la rutina volví a poner la atención en el apellido de la familia. Mamá, que también era Uribe, le dije, solía decir que Uribe no era un apellido sino una enfermedad. En efecto, la familia de mamá contaba con una ancha galería de chiflados, y raros, como yo, le dije. Pero la familia de Catalina Uribe estaba exenta de las lacras del apellido. Cómo no iban a estarlo. A lo sumo, mis Uribes a veces se alebrestan, digamos que se ponen alegres a sus horas. Pero, sin llegar a la ciclotimia.

Tiene un novio de esos de ver cuando se puede, y cuando no se puede, nada. Responder en la universidad, y cumplir con el trabajo de la agencia de modelos. Ni para la rumba de la edad queda espacio. Aunque ella se las arregla para sacarle tiempo, con su novio de ver cuando se puede, y porque el baile la relaja, al cross over en Oz, y la música electrónica, en O, y en Kukaramakara al merengue y el reguetón y la salsa.

A veces se apunta a programas más tranquilos. Le gusta acompañar a su novio de cuando se puede y a sus mejores amigas, a tomar un martini en Dry o en Open. Ella, Catalina, claro que no, no bebe. Es intolerante con el alcohol y los alcohólicos le parecen ridículos. De familia de abstemios. De gente casera.

El espíritu de la prosa advierte que se ha entretenido demasiado en un lugar apacible del mundo, en la vida de una muchacha de veinte años, que es modelo pero eso no quiere decir que aguante hambre, y no le hace el asco a una bandeja paisa y hasta se disgusta cuando falta el postre en el almuerzo.

Así es esta muchacha que pasea por la gracia de Dios por las pasarelas de Colombiamoda, luciendo diseños de Bryan Reyes, de Diesel y Chevignon, y Agua Bendita, que ama a Medellín y esas lomas sobre todas las cosas, tanto como yo, y que como todas las antioqueñas de Envigado canta un antioqueño distinto.

Dicen que se parece a Anna Kournikova. Pero ella no cree. Ni yo tampoco. Más bien si hubiera sido actriz de cine habría sido perfecta para interpretar a la ‘Lolita’ de Nabokov.

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