Piedad Córdoba en su zona de distención

Hace rato que dejó de hacer planes públicos por temor a la intolerancia. En cambio, ha hecho de su casa un refugio en el que escucha música, escribe poesía y se deleita con las letras de Whitman, Baudelaire, Becker y los poetas negros cuyos versos aprendió de niña.
Piedad Córdoba en su zona de distención

A las once de la noche, martes, el apartamento de Piedad Córdoba parece su oficina. La última reunión del día va apenas por la mitad, esta vez con más de diez miembros de Colombianos y Colombianas por la Paz sentados en su sala, tomando jugo de mora y debatiendo sobre caminos que logren más secuestrados libres. Quince horas antes, la senadora iniciaba su jornada reunida con la jerarquía de la Iglesia Católica para hablar de lo mismo. Al día siguiente, a las siete, la espera un desayuno de trabajo y un viaje a Estados Unidos para escuchar de nuevo a los jefes paramilitares presos. No es un lugar común cuando dice que el tema la desvela: en realidad no está durmiendo más de tres horas cada día.

En el ascensor, el botón del piso 13. Las puertas se abren directo en su apartamento. Mucha luz, muchas voces, muchos colores, la música de Lila Downs, de fondo. En las paredes hay poco espacio libre. Pinturas de Ana Mercedes Hoyos, Maripaz Jaramillo, Saturnino Ramírez, Diego Pombo; esculturas africanas en cualquier rincón, libros, discos, fotos. Es una casa viva. Mientras en la sala se oye hablar de intercambio humanitario o de bases militares, por los pasillos camina descalza Natalia, hija de Piedad, y conversan sus sobrinos. A esa hora, la única que descansa es su nieta.

“Hace unos días ya me estaba enloqueciendo –dice la senadora, a las 12 de la noche, recién acabada la reunión–. Pensé: ¿y para qué me acuesto, con todo lo que tengo que hacer?”. Para entrevistar a Piedad Córdoba hay que armarse de paciencia. Siempre está reunida, está al teléfono, está de viaje –y todo eso siempre es verdad– y su mente siempre está machacando el mismo tema: la paz. “Yo lo que quiero es morirme sabiendo que se acabó la guerra en este país”, suelta de pronto cuando venía hablando de otra cosa: su nariz. Hace un mes tuvieron que hacerle una cirugía. El hueso se le estaba desprendiendo y los dolores eran espantosos. Aún está en recuperación, y eso le ha impedido cumplir con la rutina de gimnasia que suele cargarla de energía.

En este apartamento del centro bogotano –con un ventanal que deja ver los puentes de la 26, la plaza de toros, los cerros orientales– Córdoba pasa más horas de trabajo que de descanso. Así ha sido su ritmo desde que llegó al Congreso, en 1994; incluso antes, durante sus días de estudiante de Derecho en Medellín, ciudad donde nació hace 54 años. Su énfasis han sido las minorías, quizá porque ella misma ha sentido en su piel la discriminación. Hija de un hombre negro y una mujer blanca de ojos azules, Piedad Córdoba conoció de niña la exclusión y ahora, desde el lugar donde está, busca la defensa de otros. “Yo hubiera podido coger para el lado de mi mamá, pero opté por reivindicarme en la raza negra. Me reconozco ahí”, afirma. Sus trenzas, sus turbantes, ya son una marca registrada. Su casa está llena de detalles africanos que ella misma trajo de su visita a ese continente. No fue un viaje del todo feliz: “tan bello y tan triste”, lo define. Cuenta que le resultó difícil consolarse del dolor que encontró allá.

–¿Existe alguna actividad en la que sienta que su mente descansa?

–Oyendo música –dice, sin dudarlo.

Tan pronto llegó a ese apartamento hizo instalar un sistema de audio en cada uno de los espacios, en la sala, en la alcoba, en la cocina, en el estudio, en el baño. Lo primero que hace cada mañana, al levantarse, es poner música que suena por todas partes. Su colección de música suma cientos de discos que ella misma compra, ya sea durante sus viajes o en un local de la calle 8ª con carrera 13 que acostumbra visitar y donde ha encontrado joyas de lo que más le gusta: la salsa clásica. Piedad Córdoba empieza a hablar de música y se oye fresca. Cuenta de La Lupe y su enemistad con Celia Cruz; se lamenta por el concierto de Buika que se perdió porque debía tomar un avión; habla de por qué Cesaria Evora canta descalza; de la voz de Ismael Rivera, de Celeste Mendoza, de Rolando Laserie. Y más: de la tristeza por la muerte de Michael Jackson. “¡Lloré! Vi su entierro sin pasarle al teléfono a nadie y le hice un homenaje en mi página web. Su muerte me tiró al piso”.

A esta hora de la noche, ella toma un tinto fuerte. Al fin y al cabo, el sueño no llega.

Otra cosa la relaja cuando llega a casa –y tiene tiempo para ello, claro–: la poesía. De vez en cuando escribe algunos versos (que no se arriesga a publicar), y disfruta leyendo a Baudelaire, a Becker, a Whitman, a Gioconda Belli, a Piedad Bonett y a los poetas negros cuyos versos aprendió a declamar desde niña. La rutina de trabajo la ha alejado un poco de la poesía y centrado en libros de sociología y biografías, que también le interesan. El que hoy ocupa espacio en su mesa de noche es El factor humano, que relata la lucha de Nelson Mandela por poner fin al apartheid. “Es un libro que me ha ayudado mucho en este proceso”, cuenta. En especial con los paramilitares, con quienes se ha reunido en cárceles de Estados Unidos, después de haber sido su rehén: en 1999 fue secuestrada por Carlos Castaño y, de no ser por la presión internacional que se generó, habría terminado asesinada. “Yo me derrumbé cuando ellos me pidieron perdón. Tenemos que desarmar la palabra”, dice la senadora, y vuelve a su obsesión: “El tema de la paz no lo podemos soltar. Voy a seguir sin importar lo que me digan. Si fuera por eso, no haría nada. El trato que me dio el país fue horroroso”.

Su casa también es su resguardo. Piedad Córdoba ha dejado de hacer cosas que antes acostumbraba: una cena en un restaurante, un cine, una obra de teatro. “Mejor evitar. De pronto aparece un insulto”. Ha optado por mantener un perfil más bajo; ha aprendido a no dar algunas peleas. “Yo digo que en esta casa se cocina muy rico, así que el que quiera, que venga”. Una casa que prefiere ruidosa y llena de gente, a sola y en silencio. Es hora de terminar la jornada, para casi todos. Ella se va a contestar mails.

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