Richard MacDonald, cuando la muerte es bienvenida

Médico de profesión y sensible por convicción, McDonald es uno de las personalidades más visibles en el siempre polémico campo de la eutanasia y el suicidio asistido.
Richard MacDonald, cuando la muerte es bienvenida

La primera vez que a Richard MacDonald lo impactó la muerte no fue cuando, haciendo su práctica médica en un pequeño hospital de su natal Alberta, recibió a un bebé de dos años con una infección en su pequeña garganta que le causó la muerte en cuestión de horas. No. A pesar de que ese instante lo dejó marcado para siempre, fue el fallecimiento de su propia madre el acontecimiento que con mayor intimidad lo ligó a la muerte para siempre.

Ocurrió años después, cuando la quimioterapia aún no estaba lo suficientemente desarrollada como para ser tenida en cuenta como una opción sólida en el tratamiento de pacientes con cáncer linfático. Era 1967, Richard ya trabajaba como médico general en otro hospital del norte de California y su madre sufría los embates de la metástasis en su pecho con 75 años de edad.

Cuando viajó para verla, el cuadro resultó ser tan triste como perturbador: ella yacía doliente en una camilla con un tubo incrustado en su garganta, sus manos estaban amarradas para que no volviera a intentar quitarse el tubo que le permitía respirar artificialmente y el dictamen médico, pegado en uno de los marcos de la cama, declaraba la imposibilidad de que su estado mejorara. Cuando Richard habló con su madre supo inmediatamente que no quería seguir sufriendo. Le desamarró sus brazos y, en medio de su dolor físico, ella le señaló el tubo. Entonces Richard le dijo lo mucho que la amaba, le quitó el tubo de la faringe y en menos de dos minutos murió en sus brazos.

En ese tiempo la eutanasia ni siquiera era debatida en los consultorios del mundo pero el padre y los hermanos de Richard sabían que él había hecho lo correcto y, encima de todo, la enfermera de la habitación donde la señora MacDonald sufrió sus últimos días de vida no sólo no lo acusó de homicidio sino que le dio las gracias por lo que ella consideró un gesto humanitario.

La vida de Richard siguió entre las salas de urgencias hasta que en 1980, cansado de ver a tanta gente sufrir innecesariamente, fue escogido como director médico de la Hemlock Society, una organización creada con el ánimo de difundir el propósito de morir dignamente: “Los pacientes deben tener todo el control sobre el tratamiento médico que deben recibir y la forma como quieren sobrellevar su enfermedad terminal”. Las bases para un debate público que incluiría la eutanasia y el suicidio médicamente asistido como ejes centrales, estaban sobre la mesa de operaciones.

La sola idea de que aquellos en estado terminal o con enfermedades dolorosas opten por una salida digna no ha sido fácil de vender. Los políticos no han entendido que más allá de que las leyes defienden los derechos humanos, también es un derecho muy humano el que alguien quiera morir con dignidad. Y sobre este concepto el doctor MacDonald ha basado sus esfuerzos en los últimos 29 años.

Él no sólo se ha preocupado en ser claro sobre las condiciones que se deben dar para que un médico le ayude a un paciente a terminar su sufrimiento (se necesitan exámenes que certifiquen la enfermedad terminal y la cordura mental, además de la voluntad expresa del paciente), sino que por medio de libros y conferencias ha explicado, una y mil veces, que “cuando la calidad de vida se ha deteriorado tanto que ya no se la está disfrutando, querer morir es tan racional y aceptable que no se trata de una decisión entre la vida y la muerte sino de una decisión sobre cómo, cuándo y dónde se quiere morir dignamente”.

Con esta convicción es que Richard ha mantenido el tema vigente, desde su pasado cargo como presidente de la Federación Mundial de Sociedades por el Derecho a Morir, o su actual labor como conferencista, que lo trajo por segunda vez al país como invitado especial de la fundación colombiana Pro Derecho a Morir Dignamente.

Y mientras ve con buenos ojos que en lugares como Holanda, Bélgica y Luxemburgo se permita esta práctica y que en la mayoría de los países del mundo el 70% de la población acepte esta idea, Richard MacDonald seguirá convencido de que es igual de gratificante ayudar a una madre a parir a su hijo como también lo es el ayudar a un paciente a morir en paz, rodeado de sus seres queridos.

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