Rudolf Hommes: a los 65 años perdí el pudor

Muchos años antes de ser el adalid de la apertura económica como ministro de Hacienda del gobierno de César Gaviria, a Rudolf Hommes se le ocurrió escribir un cuento. Se llamaba El otro, y narraba la historia de un violinista que llevaba una doble vida. Según recuerda, era un cuento de estilo cortazariano, imperfecto si se quiere, pero completo y autónomo, con todas las características del género, todo un orgullo para alguien que se había dedicado toda la vida a los números y los balances, a las tasas de interés y los estados financieros, actividades demasiado racionales en comparación con la ilusión literaria.

Como cualquier escritor profesional, Hommes decidió dejarlo reposar un rato, someter el cuento a la maduración que solo el tiempo confiere. Pero cuando lo fue a retomar, reparó en que lo había perdido en un trasteo. “Fue un signo del destino. Entendí que debía dejar las cosas así”.

Además, ya no había tiempo de dar marcha atrás, pues la economía ya le llevaba mucho terreno ganado a la literatura. En adelante, el país conoció al Rudolf de los números; al hombre que lideró una transformación económica que muchos aplaudieron por su eficacia, pero que muchos otros criticaron como desalmada porque sólo medía los balances de los bolsillos y no el corazón de los contribuyentes. El país conoció al candidato que quiso alguna vez ser alcalde de Bogotá y al rector vanguardista de la Universidad de los Andes. Y, claro, también al Rudolf polémico de las columnas de opinión.

Pero lo que nadie, ni sus amigos más cercanos, habrían podido imaginar, era que Rudolf conservara en silencio, en lo más hondo de su corazón, esa vena literaria que hoy lo tiene en la mira de muchos de sus lectores por cuenta de un relato erótico que la revista El Malpensante acaba de publicar en su edición de marzo.

Porque, para completar, no se trata de un cuento cándido, sino de uno escrito con todos los fierros de la pasión, con el delicioso veneno de la sexualidad a flor de piel. Se llama Don Serafín y cuenta las aventuras amorosas de una blanca del Cauca en busca del yagé por las selvas del Putumayo:

“Quedé helado cuando me contó que se había acostado con Don Serafín. Me emputé, pero también me dieron unos celos más berracos que cuando la encontré encerrada en el cuarto con la astróloga y su marido”.

Así empieza el cuento y así se sostiene el tono durante todo el relato. Aunque es explícitamente erótico, Hommes asegura que no hay tal. “Es la historia de amor y del encuentro entre dos culturas cuyos puntos de contacto no podían darse sino a través del sexo”. Lo había escrito hace unos cinco años y enviado en sigilo a un concurso de la Universidad de Manitoba, en Canadá, donde se lo publicaron. Desde entonces escribió cinco más y se los pasó en grupo a la editora de Alfaguara, Pilar Reyes, para someterlos a su aprobación. Pero entonces Pilar le dijo que era mejor completar los diez antes de planear la publicación en un libro. “En esas ando –dice Rudolf–. Me faltan cuatro pero no tengo ni idea de a qué horas los voy a escribir”.

Mientras tanto, Pilar le dio a leer los cuentos a su esposo, Mario Jursich, director de El Malpensante, y éste quedó sorprendido por la vitalidad. “Me parecieron extraordinariamente imperfectos y extraordinariamente vivos –le dijo Jursich a CROMOS–. Los cuentos dan para un muy decoroso primer volumen”.

Lo demás fueron labores de edición, basadas en que el tono coloquial del narrador no resultara espurio. Dos meses fueron suficientes para que el cuento quedara listo para la publicación. “Básicamente escuché las sugerencias que me dio Mario y las acepté todas”, confiesa Hommes.

En todo caso, la noticia ha sorprendido a todo el mundo. Al fin y al cabo la economía y el sexo no parecen ir muy bien de la mano. ¿Cómo es que este economista tan serio en sus debates, tan riguroso en sus análisis del país y de las finanzas, termina de autor de un relato tan impúdico como Don Serafín?

“A estas alturas de la vida yo ya me siento miembro de la generación ‘proustática’ de la que hablaba con mucha simpatía Daniel Samper Ospina. Alos 65 años perdí el pudor y escribo con libertad” , dice Hommes.

Que haya elegido el género erótico para su primer cuento, sin embargo, va mucho más allá de la simple casualidad. Lector voraz de novelas desde la adolescencia, quedó –como todos los lectores de su generación– extasiado con esa Colombia excesiva y desbordada que le llegó a su casa por correo por envío de su madre un buen día de 1967, cuando estudiaba en la Universidad de Sacramento (California). Era ni más ni menos que Cien años de soledad, la obra de García Márquez que devoró en un par de noches y que lo introdujo en el boom latinoamericano. Gabo, Vargas Llosa y Julio Cortázar fueron sus escritores de cabecera durante sus años de estudio, y ellos mismos le dieron pie para continuar con su curiosidad literaria en lengua inglesa. “Siempre me ha gustado el género erótico, tanto que aprendí inglés leyendo El amante de Lady Chatterley, o mejor, aprendí inglés sólo para poder leerlo”.

Las obras de Henry Miller como Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, así como las grandes novelas negras de los escritores norteamericanos terminaron por pulir su afición por la lectura, un placer que sigue cultivando con fruición. “La novela negra me enseñó, sobre todo, a escribir como se habla, a decir las cosas directamente, sin eufemismos”.

Aunque muchos de quienes lo conocen no sospechaban la faceta de Rudy como escritor, y menos en el género erótico, tampoco se sorprenden de que se haya arrojado de esa manera a las mieles de la literatura. Gran conversador de temas mundanos, excelente bailarín, vital hasta el exceso, Rudolf Hommes posee el don de hacer florecer talentos donde menos se espera. “Así que no me extraña que haya terminado escribiendo un cuento como Don Serafín –comenta Ana María Escallón–. Rudolf es erótico por naturaleza”.

¿Por naturaleza? Quizás sea mejor que él mismo lo confirme. –¿Se considera usted un hombre sensual?

Rudolf Hommes lo piensa durante una fracción de segundo y luego se ríe antes de responder:

“Tan sensual como lo puede llegar a ser un oso”.

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