Santiago Rojas, un paciente del fútbol

Este popular médico, es un hincha furibundo del fútbol. Una pasión que lo ha llevado a perseguir durante años a la selección Colombia, a viajar a dos mundiales y a seguir a Millonarios.
Santiago Rojas, un paciente del fútbol

Fue el 5 de septiembre de 1993. El estadio Monumental de Núñez, en Buenos Aires, estaba a reventar; la selección de Argentina se jugaba su clasificación al mundial de Estados Unidos contra Colombia, y Maradona había dicho, minutos antes del partido, que la historia no podía cambiarse. En Colombia, millones de personas estaban pegadas al televisor; en el estadio de River Plate, en medio del bullicio enloquecido de los hinchas albicelestes, se encontraba el médico Santiago Rojas.

“Yo había estado esa semana en un congreso y mis colegas argentinos me la ‘montaron’ todos los días –recuerda desde la sala de su apartamento, al norte de Bogotá–. Me decían que después del partido iban a acompañarme porque seguramente estaría muy deprimido”.

Ese día Rojas se fue al estadio con varios colegas. “Al llegar, nadie se quería hacer a mi lado; me gritaban, me insultaban, me tiraban cosas. Cuando Colombia metió el primer gol lo celebré por dentro y lo mismo hice con el segundo. Al tercero me levanté y grité; al cuarto la gente comenzó a acercarse a mí y el quinto lo celebramos todos en el estadio –dice y suelta una carcajada–. Fue una sensación simpática: la gente estaba más pendiente del partido de Paraguay contra Perú, pues si ganaban los guaraníes Argentina quedaba por fuera del mundial”.

Al día siguiente, cuando se montó al avión que lo trajo de regreso a Colombia, se llevó una sorpresa: ahí estaban, aún hinchados de triunfo, los jugadores de esa mítica selección que apaleó a los campeones del mundo en su propia casa. “Recuerdo que Guillermo Díaz Salamanca nos hizo reír todo el viaje porque en algún momento agarró el micrófono del auxiliar y se puso a imitar las voces de los jugadores . Hubo una turbulencia fuerte pero a nadie le importó: todo el mundo estaba de pie gritando y celebrando”.

Aquel 5 a 0 es apenas uno de los recuerdos de este fanático irredimible del fútbol. Porque más allá de la profesión que le ha dado fama, de los seis libros que ha escrito –entre ellos una novela, Dos mundos–, y de su conocida afición por la magia, Santiago Rojas es un hincha furibundo del deporte más popular del mundo.

Una pasión heredada de sus tíos, que de pequeño solían llevarlo cada fin de semana al estadio para ver a Millonarios. “A mi papá no le gustaba mucho el fútbol y mi mamá era de Santa Fe, así que fueron ellos los que me volvieron de Millos. Con mis dos hijos hice lo mismo; por eso cuando me preguntan por qué son hinchas azules, les respondo que por mi culpa”, cuenta y se ríe otra vez.

El tono pausado de Rojas transmite confianza; en la sala de su apartamento, donde no se escucha un ruido, hay una chimenea enorme y un florero con bromelias. Huele a incienso. Limón, un retriever negro, se acerca meneando la cola y se sienta junto al sofá; Santiago saca la mano y le acaricia la cabeza.

“Además de Millos, en esta casa somos hinchas del Barcelona”, revela. Un amor que le quedó de los años que vivió en España, donde cada vez que podía visitaba el Camp Nou, el imponente estadio del equipo catalán. “Por esa época no existía internet y las noticias de Colombia eran pocas, así que, cuando salía de ver al Barcelona, tenía que llamar a mi casa en Colombia para preguntar cómo le había ido a Millos”.

Su fiebre por el fútbol es tanta que ha viajado a dos mundiales. En 1994, de vacaciones en Estados Unidos, aprovechó para ir a cinco partidos, entre ellos la final entre Italia y Brasil. “A los de Colombia no fui porque estaba convencido de que iba a verlos en la segunda fase”, dice. No contaba –como ninguno de los colombianos entonces–, con el fracaso del equipo nacional ni el trágico desenlace que tuvo el defensa Andrés Escobar cuando regresó a Medellín.

Uno de sus recuerdos más felices se remonta al mundial de Italia en 1990. El 19 de junio de ese año la Selección Colombia enfrentaba a la poderosa Alemania en el último partido del grupo D; los colombianos venían de ganar 2-0 a Emiratos Árabes y de perder 1-0 con el equipo de Yugoslavia. Un empate era suficiente para pasar a segunda ronda.

Días antes, Santiago Rojas, que entonces vivía en Barcelona, había tomado un tren hasta Milán para ver el partido con un grupo de amigos. “Nos hicimos detrás del arco y estuvimos gritando todo el tiempo –cuenta–. Ahora que lo pienso Colombia no ganó ese juego porque le faltó confianza, botaron muchos goles. Al final del partido Alemania metió el gol pero no nos desanimamos; seguimos gritando porque sabíamos que se podía empatar. Detrás de nosotros había unos italianos que, al vernos tan animados a pesar de la derrota, se pusieron a gritar por Colombia. La locura se desató cuando Freddy Rincón metió el gol del empate, en el tiempo suplementario: nos abrazamos con los italianos y de repente, no sé cómo, nos caímos como tres escalones y nos dimos un golpe durísimo”.

El dolor lo sintió al día siguiente, cuando iba en el tren de regreso hacia Barcelona y se dio cuenta de que no había sido una caída cualquiera. “Quedé muy magullado, pero creo que valió la pena”, dice mientras acaricia a Limón.

Esa fiebre de fútbol es la responsable de que Santiago haya perseguido a la Selección Colombia durante varios de sus partidos de clasificación y haga lo mismo, cada vez que puede, con su adorado Millonarios en El Campín. “A este mundial no voy pero al de Brasil en el 2014, seguro”, afirma. Sin embargo, tiene sus favoritos para Suráfrica: “Le hago barra a España, aunque de corazón estoy con Brasil”.

El único tema vetado, eso sí, es el futuro de la Selección Colombia: “Yo no hablo de personajes públicos –dice cuando se le pregunta por el nombramiento de Hernán Darío ‘el Bolillo’ Gómez– porque después, seguro, me toca atenderlo en consulta”. Y sonríe...