Siad Char, la compradora de zapatos

La presentadora de farándula de Noticias Caracol es una obsesiva de los zapatos. Además es una costeña poco habitual: no le gusta la rumba y tampoco los vallenatos.
Siad Char, la compradora de zapatos

Cuesta trabajo imaginar que en ese apartamento vive una joven de apenas 24 años. Resulta difícil asociarla con los cuadros de marco dorado y figuras de mujeres indias; con el comedor y la chimenea de estilo barroco; con las cortinas gruesas y la antigua tetera de plata que descansa encima de la mesa. Nada de eso le cuadra a la ex reina de Cartagena, a la hermosa y desparpajada presentadora de televisión.

Porque, al pasar la puerta de la casa de Siad Char –periodista de farándula en Caracol noticias, sobrina del empresario Fuad Char–, lo que se ve parece ajeno, lejano: un par de sillas blancas con adornos recostadas en un pequeño corredor de la entrada; un espejo grande en forma de semicírculo; un cuadro enorme de un bodegón en el comedor; y, dentro del cuarto, en la pared que está justo encima de su cama, la figura enorme de Cristo crucificado. “Llevo siete años viviendo en Bogotá y nunca he comprado nada para este apartamento –dice–. Mi mamá lo adornó de la misma forma como está mi casa en Cartagena”.

¡Eso es! Parece que viviera en la casa de su mamá. Solo el clóset delata su personalidad: hay ropa en el suelo, cajas desperdigadas y zapatos, muchos zapatos. “Lo que más extraño de Cartagena es que me ordenen el clóset. Yo no encuentro la técnica; trato y trato pero no me queda bien. Por eso, cada vez que mi mamá viaja me lo organiza”, dice. Luego sonríe y se le ven los dientes blancos, blanquísimos. Del armario salen más y más zapatos: rojos, azules, negros, de tacón, de plataforma, botas, sandalias, chanclas. Hay de todo. Mientras se maquilla mirándose en un pequeño espejo de Louis Vuitton, confiesa que le encanta comprarlos. “Cuanto más nuevos, más me gustan”, dice.

Y pasa, otra vez, el maquillaje por su cara.

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“Todos los zapatos que ves acá son de Bogotá –dice Siad, que en árabe significa fortuna–. Cuando voy a Cartagena no llevo ninguno: allá tengo más”. Pero no sólo los zapatos la obsesionan: siempre que viaja compra carteras, ropa, maquillaje. “Si no me queda tiempo tengo que comprar algo en el aeropuerto; de lo contrario, siento que no he viajado”, cuenta. Con el maquillaje es más exigente: dice que no compra cualquier marca, que escoge productos que no le dañen la piel ni la broten. “Me gusta mucho una marca que se llama Mineral Touch. En Colombia apenas la están trayendo; antes, la compraba en Estados Unidos”.

En la habitación contigua a su cuarto hay un clóset con más zapatos. Algunos no los ha usado y muchos otros se los ha puesto tan sólo una vez. “Un día compré unos zapatos que me robaron cuando iba en el carro; rompieron la ventanilla pero solo pudieron llevarse uno. De inmediato volví al almacén a comprarlo otra vez pero ya no había del mismo color”, dice. Cuenta que su mamá también tiene muchos pero que, por desgracia, no los puede compartir. Tiene el pie grande: calza 40.

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Hay ciertas cosas que la hacen parecer una mala costeña. Como que no le guste la rumba, por ejemplo. “Soy muy hogareña –dice–. No me gusta salir de noche a menos que sea a comer o a los centros comerciales. Detesto la bulla y como no tomo, prefiero evitar ver que todo el mundo esté borracho. La verdad es que me la paso metida en la casa; cuando estoy aquí siempre ando bajo las cobijas, nunca en la sala”.

La cama está destendida; en el televisor está puesto un canal de telenovelas y encima, en una repisa, hay una biblia abierta. Siad asegura que tampoco le gusta el vallenato; que escucha uno o dos y nada más, y que el de la nueva ola le agrada un poco más que el clásico, que aguanta poco. “Me gusta el reguetón, el pop, todo lo que sea en inglés –dice con voz ronca por cuenta de una gripa–. Pero oigo de todo; cuando estoy en la casa pongo cualquier canal de música en la televisión y con eso ya me quedo dormida”.

Dice, también, que le gusta leer historias de la vida real; que conoce bien a García Márquez porque un profesor en el colegio le puso a leer todos sus libros, y que lo último que leyó fue la biografía –no autorizada, aclara– de Julio Mario Santo Domingo. “Me gusta ver películas que cuenten algo que haya pasado porque me parece una forma chévere de enterarse de algún acontecimiento del mundo”, cuenta.

Pero afirma, enfática, que aunque ama la soledad jamás ha ido a cine sola. Ni tampoco irá.

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Tiene alma de reina. Desde pequeña le dijeron que iba a serlo pero ella nunca lo creyó, entre otras cosas porque, según dice, es muy tímida. “Pensaba que una reina siempre tiene que saludar y hablar con todo el mundo, y yo soy súper mala para eso”, dice. Pero cuando estaba en séptimo semestre se lo propusieron y aceptó; participó en el Concurso Nacional de Belleza en 2006 y después fue a tres reinados más.

“Creo que toda la vida voy a estar ligada a ese mundo pues me encantan las reinas. Pero si ahora me propusieran serlo otra vez lo pensaría dos veces; creo que ya estoy en otra etapa. Eso sí: me encantaría algún día dirigir un reinado”.

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Hace siete años y medio es novia de Luis Miguel Román. Durante algunos años estuvieron juntos en Bogotá pero, luego de especializarse, él regresó a Cartagena, y ella lo visita cada vez que puede. “Algún día quisiera tener una familia como la mía. Somos todos muy unidos”.

Dice que seguirá en los medios pero no sabe si para siempre. Lo que sí tiene claro es que, pase lo que pase, seguirá comprando zapatos.