Simón Vélez en sus dominios

El arquitecto manizalita, célebre por sus obras en guadua, se declara amante activo de todo lo relacionado con la naturaleza. su material de construcción favorito es la madera, su deporte predilecto es el golf y su hobbie más preciado es la jardinería.
Simón Vélez en sus dominios

Simón Vélez, el mismo arquitecto que hace 25 años ideó una técnica para trabajar la guadua como estructura principal en sus obras, tiene muy claro que la naturaleza juega un papel central en su vida. Y esto poco tiene que ver con el hecho de que haya crecido en una inmensa casona donde los jardines abundaban, o con sus frecuentes paseos a clubes campestres donde jugaba golf. Sencillamente la naturaleza le ofrece ese respiro que cualquier persona creativa necesita para, válgase la redundancia, crear.

Pero esa misma creatividad, que en la infancia de Simón surgía a borbotones, casi se extingue. Estudió con padres jesuitas, franciscanos y maristas, y admite que, a pesar de todo, sobrevivió a su educación: “Es imposible aprender con los prejuicios y las castraciones a las que fui sometido. Siempre me castigaban y no me dejaban dibujar”. Y remata con una ironía: “Aunque yo no creo en la Iglesia, cinco segundos antes de morir me volveré católico porque si ese cuento es cierto, no quiero irme al infierno”.

Con todo y eso Simón sabe que la espiritualidad es importante. Por eso construyó en Cartagena un sitio que está abierto a todas las religiones y donde se permiten desde uniones gays hasta matrimonios satánicos. Se trata de un espacio que fue inaugurado con el bautizo del hijo de Cabas y que no está para alquilar, ya que el objetivo no es hacer un negocio, sino prestárselo a sus amigos y familiares, y a sus enemigos, llegado el caso.

Indudablemente lo más importante para su vida es la naturaleza. Cuando llegó a Bogotá hace 42 años, quería vivir en La Candelaria porque en ese barrio podría desarrollar la zona verde con la que siempre soñó. Así construyó una casa “lo más pequeña posible para tener un jardín lo más grande posible”. Medía ocho metros cuadrados y el primer árbol que plantó fue uno de caucho que aún sigue en pie. Siguió comprando terrenos aledaños para agrandar su lote y sembró plantas sin ningún criterio para que crecieran libres y silvestres.

Así logró consolidar un pulmón de 2.000 metros cuadrados en pleno centro de la ciudad. Allí se levantan varias casas donde viven sus cuatro hijos, cinco nietos y su socio, Genaro Mejía. Cada casa está unida por caminos de piedra que atraviesan estancos y jardines, que son el resultado de lo que Simón llama “safaris botánicos”: “Siempre viajo con amigos a zonas con el mismo clima de Bogotá y arranco con mis manos todo lo que se deje arrancar, para trasplantarlo en mi casa”.

Lo mismo hace cada vez que viaja al exterior: “Traigo plantas con tierra y gusanos, a pesar de que sé que está prohibido, y lo hago porque la globalización hace absurdas las cuarentenas y yo actúo como un animal dispersor de semillas”. Alguna vez en China pagó un sobrecupo de 3.000 dólares por cuenta de un exceso de equipaje de 95 kilogramos. Traía bambúes de la familia Phyllostachys edulis, que resisten temperaturas de hasta -20ºC. Sólo uno sobrevivió y hoy luce fuerte y vigoroso frente a un estanque de su casa. “Me parece importante tener verde alrededor y poder ver cuánto ha crecido una planta o florecido una flor”.

Su colección incluye bambúes tan exclusivos como uno del Palacio de Katsura –de la familia imperial del Japón– que se lo regaló el jardinero real, y especies nativas tan exóticas como la melastomataceae o sietecueros del Putumayo, que consiguió en un safari botánico. A pesar de esto, Simón se considera pésimo horticultor porque la mayoría de cosas que siembra, mueren. Todos los días examina sus plantas y –caso curioso– orina el jardín: “Me sentiría el ser más desgraciado si tuviera que orinar en un sanitario; además, el orín contiene urea, que es un gran fertilizante para el suelo”.

Simón Vélez ha construido más de 200 casas de campo en tres continentes, tiene una vetusta camioneta roja marca Mercedes-Benz, colecciona cuadros de los maestros Luis Caballero y Gonzalo Ariza y su casa está repleta de muebles de madera diseñados por Marcelo Villegas. A pesar de que es con la guadua con la que se ha hecho notar, no se considera fundamentalista: “También trabajo con acero y con concreto, pero en sus justas proporciones”. Si tiene que tumbar un árbol para construir lo hace sin agüeros y paga la multa sembrando diez más.

Piensa que Colombia no tiene identidad arquitectónica –“somos una partida de acomplejados que imitamos todo lo que nos llega de afuera”, dice–, y sabe que el gremio no reconoce su trabajo –“solo porque yo no trabajo el ladrillo y el concreto como lo hizo Salmona creen que lo que hago es la arquitectura de Tarzán”, termina–. Irónicamente y a pesar de la atracción que la naturaleza ejerce sobre Simón Vélez (el mismo arquitecto que hace 25 años descubrió que se podían hacer grandes estructuras en guadua inyectando cemento y arena en las uniones), él es urbano y sólo podría vivir en una urbe. “Por eso es que me empeño tanto en traer el campo a la ciudad”.

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