Vladdo, el perrateniente

Este ácido caricaturista, que celebra por estos días la edición número 50 de su periódico Un pasquín, es un amante de los tangos y fanático de la cultura alemana.
Vladdo, el perrateniente

Desde hace unas semanas, además, estrena faceta como amo de Lina, su nueva mascota.

“Últimamente, cuando no estoy trabajando, me dedico a mi actividad de ‘perrateniente’ ”, dice entre risas Vladimir Flórez, el popular Vladdo, mientras una perrita blanca diminuta se le trepa por las piernas, le sube por el estómago y le muerde la chaqueta. Vladdo sonríe, la acaricia, juega con ella. Desde hace poco más de dos semanas, Lina –una cocker enrazada, según él, con chanda– es su nueva compañía. “La adopté después de mucho pensarlo –asegura–. Me gustan los animales desde que era pequeño; de hecho, en mi casa de Armenia teníamos varios”.

Ahora Lina –nombre con que la bautizó su hija Sofía y que, aclara Vladdo, no tiene nada que ver con política– corre a sus anchas por el apartamento del creador de la popular Aleida. El lugar, ubicado al norte de Bogotá, revela en su decoración las aficiones de este mordaz caricaturista que se autoproclama “antiuribista purasangre”: libros de diseño y dibujo; cuatro caricaturas enmarcadas de Aleida a la entrada; una vieja máquina de escribir marca Continental; un muñeco de Supermán que le regaló su hija con una tarjeta en la que se lee: “papi, eres mi superhéroe”; un gran cuadro de los Rolling Stones en el que se ve un primer plano de Mick Jagger sonriendo; un revistero con ejemplares de su periódico Un Pasquín; un cuadro de Álvaro Gómez Hurtado pintado por Héctor Osuna; una bandera de los Estados Unidos (“para irnos acostumbrando –dice–. Si ya tenemos bases…”); y otro más con una foto de Berlín, su ciudad favorita.

“Lo que pasa es que soy un fanático de Alemania”, explica. Una curiosa devoción que desarrolló por cuenta del dibujo. “Las mejores marcas de los instrumentos para dibujar son alemanas: Faber-Castell, Pelikan, Rotring y hasta MontBlanc, que muchos creen que es Suiza”, asegura. De Alemania destaca, además, marcas de carros como Mercedes-Benz, Audi, BMW y Volkswagen; recuerda que fue en ese país donde surgió la imprenta y dice que, gracias al pensamiento, la música y la cultura, los germanos han hecho una enorme contribución al desarrollo de Occidente.

Berlín es una de sus principales obsesiones; tanto que aún guarda la esperanza de vivir al menos un año en esa ciudad. “Alemania fue mi destino cuando salí por primera vez de Colombia, por allá en el año 91”, dice Vladdo. La manía le apareció en el colegio, cuando comenzó a estudiar alemán apoyándose en un librito que, de manera sencilla, contaba la historia de una familia en un pueblo llamado Carlsberg.

Vladdo lo recuerda con especial cariño por cuenta de la historia que tiene detrás: “Hace dos años estuve en una feria de diseño en Alemania y, cuando terminó, aproveché para viajar hasta el pueblo que describían en el texto. Al llegar me metí a una agencia de viajes que había en la calle principal y les conté la historia. Allí me dijeron que la familia del libro existía de verdad y me llevaron a la casa a conocerla; yo pensaba que todo era ficticio pero resultó real”, cuenta.

Pese a que no le queda mucho tiempo libre, Vladdo les roba minutos a sus caricaturas para dedicarse a hacer cosas que le gustan: “Nada extravagante, en realidad: estar con mis amigos, leer, ver películas y escuchar música”, dice mientras estira los pies para que la inquieta Lina se baje de la silla.

Allí, dentro de unos gustos musicales que él mismo califica de eclécticos, el tango juega un papel primordial. Aunque revela sin pudor que no asocia muy bien a los compositores con las canciones, alega en su defensa que se sabe las letras y asegura que las canta desafinado. “Los tangos tienen una ventaja y es que oyéndolos descubrí que hay un Enrique Santos bueno, que es el gran compositor Enrique Santos Discépolo”, ironiza. Una de sus canciones favoritas es la popular Volver, quizás el tema predilecto de su amigo Bernardo Jaramillo Ossa, dirigente de la UP asesinado en 1990. Y, por supuesto, la canción que califica como el himno de los escépticos: Cambalache. “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también”, dice, convencido de la veracidad de la frase.

En cualquier caso, la afición principal de Vladdo es y seguirá siendo su profesión: el dibujo. Un trabajo que, a lo largo de más de dos décadas de carrera, lo ha llevado a ganar tres premios nacionales de periodismo, el premio de Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y a crear uno de los personajes femeninos más cáusticos de la caricatura colombiana: Aleida. “Yo me la paso convirtiendo el placer en trabajo, porque tengo la fortuna de que me pagan por hacer lo que me gusta”, asegura.

Afición con la que se ha ganado la vida y que comenzó muchos años atrás, en su natal Armenia, por culpa de las tiras cómicas. Por eso el muñeco de Supermán que le regaló Sofía y un cuadro que le obsequió una amiga en un cumpleaños: porque gracias al “hombre de acero”, su gusto por el dibujo se reforzó. “Cuando uno está arrancando aprende mucho copiando de las historietas. Pero la manía venía de atrás: mi abuelo dibujaba, mi mamá también y mi hermano, que es filósofo, lo hacía bien cuando era pequeño, pero lo dejó porque se dedicó a algo inteligente”, asegura.

Mientras pone a Lina de nuevo en su regazo, Vladdo afirma que el presente del periodismo lo desmotiva. “Creo que, al final, lo importante es ser fiel con uno mismo y no vender la conciencia. Yo jamás lo he hecho y por eso he llegado a dibujar hasta en tres periódicos simultáneos sin cambiar mi punto de vista”. Una postura que, sin duda, lo ha llevado a donde está.

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