Chávez espanta a los venezolanos

Cientos de empresarios de Venezuela salen de su tierra en busca de mejores oportunidades y encuentran en Bogotá la forma de expandir sus negocios.
Chávez espanta a los venezolanos

Los domingos en el Club El Rancho son sagrados. Almuerzo, golf, tenis, tertulia, un par de rones y mucho tiempo para sentirse más venezolanos que nunca. Es el momento de enterarse de los últimos acontecimientos de cada familia y de saber quién es el próximo amigo o pariente que llegará a Colombia buscando una nueva vida. Aunque están felices en Bogotá, las decenas de familias venezolanas que se encuentran cada ocho días en El Rancho, lo hacen buscando un momento de distensión en medio de la cerrada cultura cachaca que los mira de reojo por sus costumbres o por ser ruidosos.

Todos los que allí se reúnen llegaron buscando una nueva oportunidad para sus negocios y sus familias, todos salieron de Venezuela huyéndole a la inseguridad ciudadana, a la escasez de alimentos, a la falta de oportunidades, a la mala calidad de los servicios públicos. Todos encontraron en Bogotá la capital que les ofrecía empleo o seguridad para sus empresa y tranquilidad para sus familias.

Así llegó Alfredo Gómez a Bogotá en noviembre de 2007. En realidad, él y su familia le huían no sólo a la creciente inseguridad que por esos días se empezaba a sentir con mayor vigor en Caracas. Estaban cansados de la persecución del gobierno de Hugo Chávez que lo clasificó a él y a su esposa, Virginia, como opositores.

Él fue vocero del movimiento de protesta de más de un centenar de ejecutivos de la empresa estatal de petróleos PDVSA, la joya de la corona del gobierno bolivariano, que se oponía a la politización de la petrolera. Alfredo y Virginia desafiaron el poder de Chávez, incitaron paros, convocaron marchas y mítines y, finalmente, encabezaron la lista de más de 20.000 ejecutivos que fueron despedidos en abril de 2002.

Pasaron momentos de angustia por hostigamientos a su familia y amenazas de allanamientos, hasta que les llegó una propuesta tentadora. A Alfredo le ofrecieron trabajar en Pacific Rubiales, la empresa petrolera que hoy tiene la mayor producción de petróleo pesado en Colombia.

Aunque se tomó su tiempo para pensarlo, hoy hace parte de los 42 venezolanos ex ejecutivos de PDVSA que conforman los cuadros directivos y operativos de Pacific Rubiales, y de los casi 800 venezolanos que trabajan en otras empresas petroleras en nuestro país.

Su esposa lo apoyó porque estaba frustrada de ver la situación social de su país: “El mismo Chávez propicia una polarización destructiva, incentiva un enfrentamiento entre ‘pobres y oligarcas’ y hace que nos volvamos enemigos. Ser de clase media es malo, si tienes un apartamento desocupado te lo invaden y nunca lo recuperas. Ya ni siquiera te puedes vestir de rojo porque los chavistas se apropiaron de ese color”.

Llegaron con su hija, pero Carlos Alberto López (22 años), el hijo mayor de Virginia en su primer matrimonio, decidió quedarse en Caracas estudiando cocina y trabajando. Participaba de las marchas de estudiantes que día a día ponían en jaque a Chávez y disfrutaba, como todos los jóvenes, de la rumba y la vida nocturna. Pero su mamá no tenía vida. Las noticias que seguía por la televisión por cable reportaban el aumento del secuestro exprés (paseo millonario) y los atracos.

Un año después Carlos Alberto se vino a Bogotá, mientras su padre, ejecutivo de una multinacional, se iba a vivir a Miami. “Vivía nerviosa por la inseguridad, me llamaba a cada rato, no quería que saliera y teníamos peleas constantes porque yo salía mucho”.

La familia ya se acopló a la vida bogotana. Virginia dejó de llorar por ver la situación de su país, por dejar a su familia y sus amigos; Alfredo dejó de sentirse como un traidor a su patria, dejó la política y volvió a cocinar, a jugar golf y a leer.

Carlos Alberto sigue estudiando cocina y vive feliz por el nivel de vida que tiene en Bogotá, porque le rinde más la mesada que le envía su papá, por la amplia oferta gastronómica de la ciudad, porque hay domicilios para todo y porque ya montó su empresa de catering, que ofrece servicios mayoritariamente a sus compatriotas.

A pesar de tener amigos colombianos, siente nostalgia porque muchos de sus ex compañeros siguen en pie de lucha. No han querido salir de Venezuela porque saben que “Chávez les tiene miedo a los estudiantes” y viven en constante enfrentamiento con sus papás, que ruegan cada día por poderlos sacar de Venezuela.

Eso le pasó a Ana Carolina Troconis, una odontóloga de 31 años que salió de allá porque sus padres no querían tenerla a su lado. “Ellos prefieren que esté lejos, que no los visite, todo con tal de alejarme de la inseguridad y la zozobra que se vive allá”.

Ella nunca hizo parte de los movimientos de protesta contra Chávez, pero sí sentía en carne propia la inseguridad que hoy cobra más de 10.000 homicidios anuales y hace de Caracas la ciudad más peligrosa del hemisferio. No podía entrenar para el triatlón, su gran afición. Si salía le robaban la bicicleta y el ipod. Sus tenis deportivos resultaban demasiado llamativos y hasta ir al gimnasio era un problema, porque su papá tenía que recogerla para protegerla de un atraco.

Ni hablar de la vida nocturna, de la que tanto se enorgullecían los venezolanos. Había que reunirse en las casas y ponerse citas cifradas por Facebook. Resignada por no poder llevar una vida normal en su país, llegó a Bogotá en enero de 2008 a estudiar una maestría en Periodoncia, que ya terminó. Lo mejor de su nueva vida, además de que ya tiene novio, vida social y muchos amigos, es que ha podido entrenar y llegar al nivel competitivo con el que soñaba.

Sus salidas al Parque Nacional, al Simón Bolívar, a La Calera, a Los Patios y las largas horas en el Complejo Acuático surtieron sus frutos: ya compitió con su grupo Goodwill Runnes en el Ironman de Frankfurt, una de las pruebas internacionales de triatlón más importantes. Y aunque lleva un tricolor, no es el de su país, sino el de Colombia.

“Al comienzo pensé en volver pero ya no. Aquí puedo entrenar sola y competir, además ya puedo ejercer porque revalidé mi título y tengo la libreta de trabajo. Me da tristeza ver cómo se derrumba mi país. Caracas es linda, pero está fea, derruida”.

Y hay más razones para quedarse: sus papás enviaron a su hermano a estudiar a Argentina y su hermana está por llegar a Colombia, donde hace algunos años estudió actuación.

Su futuro definitivamente está fuera de Venezuela. Y por ahora está en Colombia. Está trabajando en un consultorio particular y le ayuda a un amigo en un negocio de exportación de frutas a Centroamérica. Es una forma de sobrevivir porque el gobierno venezolano impone cada vez más restricciones a los giros que hacen sus padres desde Caracas, a través del sistema Cadivi.

Una decisión mucho más radical tomaron Patricia Merchán y su esposo, cuando hace cuatro años dejaron sus trabajos estables y bien remunerados, vendieron sus bienes y se vinieron para Colombia para quedarse.

Ella trabajaba en una petrolera y él en un banco. Tenían un buen nivel de vida, pero se empezaron a preocupar hace cinco años cuando notaron algunos indicios de la crisis que se sobrevenía. “No importa si tienes plata o no, el problema es que no puedes comprar lo que quieres sino lo que hay, es como una economía de guerra”, recuerda Patricia de los días previos a su viaje a Bogotá. Sus familiares y amigos les prevenían sobre la locura que cometían al dejar la comodidad de sus empleos en Venezuela por la incertidumbre que les esperaba en Colombia.

Pero no había tal. Su esposo, ya tenía clara la posibilidad de un negocio: traerían a Colombia la franquicia de Locatel, un almacén de autoservicio especializado en droguería y equipo médico. “La decisión estaba tomada, mi hijo acababa de nacer y no queríamos que creciera en un país deteriorado, sin una educación de calidad ni buenos servicios de salud”.

Justamente en 2005, cuando esta familia llegó a Colombia, empezaron a subir las cifras de emigrantes venezolanos que venían a Colombia con permiso de trabajo temporal o visa de negocios. Según datos del Ministerio de Relaciones Exteriores, desde enero de 2004 hasta septiembre de 2009, se habían otorgado más de 6.500 visas sólo en Bogotá, sin contar que en los consulados de otras ciudades, principalmente fronterizos, se expidieron casi 12.000.

El caso de Patricia fue diferente porque ella obtuvo su ciudadanía colombiana, impulsada por su papá, que creció en Colombia y tiene también nacionalidad colombiana. Y como fue una decisión radical, hizo estudios en administración de farmacias y en cuestión de meses arrancó con su negocio. “Aquí los trámites son eficientes, no hay trabas para las nuevas inversiones”.

Aprovechó la oportunidad de negocio porque en Colombia sólo existían las droguerías de barrio que funcionan en un pequeño local con pocas existencias. Y hoy administra dos grandes superficies de venta de medicamentos, con grandes cantidades en inventario, incluyendo alquiler y venta de equipos médicos y ortopédicos, comida saludable y productos para diabéticos.

Siguiendo los planes que se trazó al llegar, ya tuvo su segundo hijo y se apresta a abrir su tercera tienda en diciembre, para aumentar en 50 los 110 empleos directos que ofrece hoy.

No hay autoridades colombianas que registren el número de empresas venezolanas que han llegado a abrir sus sedes en Colombia. Ni la Cámara de Comercio ni la Cámara Colombo Venezolana llevan estadísticas, pero reconocen que es un fenómeno creciente que en algún momento habrá que documentar.

Como parte de ese fenómeno llegó a Colombia Pan Sueko, una panificadora de prestigio y tradición en Venezuela. Sylvia Fossi y su esposo Julio Schneider escogieron nuestro país para internacionalizar su negocio y poner una sede alterna que les permitiera tener una mejor calidad de vida. Ella, por ejemplo, quería estar cerca de la familia y su esposo, de la panificadora en Caracas: “Vinimos porque compartimos el idioma y porque este país está en pleno desarrollo empresarial”, dicen ambos.

Y vinieron a quedarse por tiempo indefinido. La decisión de salir, para Sylvia, era trascendental: “No me sentía segura ni siquiera para sacar a mi hijo a pasear, no salía, dejaba de ponerme cosas por miedo. No quiero un adoctrinamiento castrista para mi hijo”. Julio, además, tenía otras consideraciones: “Colombia ofrecía lo que no teníamos en Venezuela, como seguridad jurídica en la inversión, baja inflación, mercado en expansión, nichos en la oferta, moneda fuerte y buen pronóstico de estabilidad y crecimiento”.

En diciembre de 2007 instalaron la panificadora en Bogotá, que cuenta con 18 operarios. Gracias a los amigos venezolanos que ya vivían acá, compraron apartamento y ubicaron a su hijo en un jardín infantil. Ahora es Sylvia la que está pendiente de ayudar a los compatriotas que llegan a Bogotá.

“Cada día son más los que se quieren venir y yo los animo para que no pierdan un solo día en tomar la decisión”, dice Julio, que viaja con frecuencia a Caracas y observa con resignación que la situación económica de Venezuela desmejora cada día.

Pero con el tiempo se hace más difícil salir del país. Obtener el pasaporte es un trámite que puede durar más de un año. Y aunque no hay una norma legal que impida entregarlos, la ineficiencia del proceso hace que muchos desistan de su solicitud o paguen hasta 200.000 bolívares a los cientos de tramitadores que ofrecen sus servicios por internet.