De la mano de un colombiano llegó el agua a África

Mientras cada día mueren 10.000 niños por enfermedades relacionadas con la falta de agua en el mundo, el bogotano fredy peña descubrió dos manantiales en togo, uno de los más países más pobres y secos del planeta. una hazaña que les devuelve la vida a más de 40.000 africanos.
De la mano de un colombiano llegó el agua a África

La máquina perforadora dejó de hacer ruido y los lugareños se lanzaron sobre el equipo de expertos con felicidad. “Akbe”, “akbe kaka” gritaban en ebe, su lengua natal. Las palabras de agradecimiento eran para dos italianos, un español y un colombiano, llegados dos días atrás con la intención de encontrar agua en este desgraciado país. Porque si hay un lugar del planeta al que le han tocado todas las tribulaciones se llama Togo y queda en el África subsahariana: a falta de una colonización europea tuvo dos, la alemana y la francesa, al cabo de las cuales es tan pobre, analfabeta, insalubre y carente de agua como sus vecinos. Se parece mucho a ellos, excepto porque los togoleses están condenados a ver llover sin poder beneficiarse del líquido, que se filtra indefectiblemente por la tierra antes de que el hombre pueda usarlo.

“La pobreza es muy grave. Pero la pobreza sin agua no tiene parangón”, pensaba Fredy Alexánder Peña mientras miraba la escena. La sonrisa dibujada en los rostros de más de 30 niños y madres africanas lo devolvió a su infancia, cuando iba de vacaciones a la finca del abuelo Mesías, en Cundinamarca. Era 1983 y él tenía siete años. Cruzaban por el páramo de Chingaza para llegar a Gachalá. En el primero Belisario Betancur inauguraba por aquella época la represa de la que nacen los 250 millones de metros cúbicos de agua que surten a Bogotá. En el segundo, entonces desconocido, está ahora la represa del Guavio, con sus 950 millones de metros cúbicos de agua embalsada para generar 1.213 megavatios de energía que iluminan a la capital colombiana.

Agua y pobreza era lo que había en esa Colombia que Fredy dejó a los 24 años de edad, cuando viajó a Italia para estudiar geología en Milán y evitar separarse de una diplomática alemana a la que conoció en una excursión de la Universidad Nacional a San Agustín. Siete años, dos posgrados y una ruptura amorosa después, la escena en Togo sólo tenía pobreza y a él le tocaba tratar de cambiarla, por encargo de Geólogos sin Fronteras.

Esta ONG lleva dos años haciendo exploraciones previas y estudios cartográficos en Francia (el único país que tiene información topográfica sobre Togo) al cabo de los cuales proyectó crear dos piscinas que almacenaran el agua lluvia antes de que la tierra se la tragara. Había que buscar una zona geológicamente apta para retener el agua, como hacen las lagunas en cualquier parte del mundo. Así llegó a Togo el grupo liderado por Carlo Bravi, su hija Martha (la trabajadora social), Umberto Ragni, y el colombiano que alguna vez se llevó en bicicleta a su novia alemana hasta Gachalá, en plena hegemonía del frente 23 de las Farc.

Aterrizaron el 4 de febrero en Lomé, la capital, tras una escala en Casablanca (Marruecos), pues no hay ruta directa desde Europa. El viernes siguiente ya habían cavado una piscina de 30 por 40 metros, con 4 de profundidad. Peña revisaba la geomorfología de las piedras a través de fotografías satelitales que comparaba con las rocas ubicadas frente a él. Hizo cálculos, pidió la perforadora y al cabo de seis horas de taladrar la piedra los togoleses estaban abrazándolo por descubrir agua subterránea. Ahora no había que esperar a que algún día lloviera para que se llenara la piscina, sino extraer el agua acumulada sobre alguna roca benigna que no la dejó pasar.

La radio togolesa, principal órgano de difusión del régimen militar de Faure Gnassingbe, nada decía sobre el pozo con el que un grupo de “blancos” acababa de remediar, desde una hacienda llamada Santa Ana, la sed de unos 40.000 habitantes de las zonas cercanas al poblado de Notsé. Hablaba del cuarto aniversario de la muerte del padre del presidente, quien también llegó al poder gracias a un golpe de Estado, en 1967. En Colombia, la familia de Peña tampoco tenía idea del hallazgo. De lo único que se hablaba en el país era de la liberación del ex diputado Sigifredo López, tras seis años de secuestro por parte de las Farc.

Al día siguiente la mitad de los habitantes de la hacienda Santa Ana madrugaron a buscar agua al aljibe. Peña, a hacer nuevas comparaciones entre fotografías satelitales y rocas togolesas. Una vez más hizo traer camión y perforadora y seleccionó un punto de excavación, a 98 metros de profundidad. La punta de diamante de la perforadora arremetió contra la roca durante ocho horas, mientras un martillo automático hacía presión buscando el centro de la tierra. Ocho horas después volvieron la algarabía y los “akbe kaka” para los geólogos. La reserva era tres veces más grande que la del día anterior y, por estabía que esperar a que algún día lloviera para que se llenara la piscina, sino extraer el agua acumulada sobre alguna roca benigna que no la dejó pasar.

Este es el más grande hallazgo de la ONG en su historia. No encontraron un acuífero de tal magnitud en Malí ni en el Congo ni en ninguna otra de las regiones en que operan. Para Peña también fue una hazaña inédita. Había hallado agua subterránea en otras oportunidades, pero no en tal cantidad ni para un pueblo tan necesitado. En Italia cavó una vez 15 pozos y tardó tres días en encontrar la primera reserva para la ciudad de Milán, en donde el líquido superficial está cada vez más contaminado. En Togo halló dos manantiales en dos días.

Bañarse con agua limpia en Togo es un privilegio reservado para algunos habitantes de Lomé, la capital, en donde no hay acueducto ni alcantarillado. Cada familia debe arreglárselas para cavar su propio pozo y extraer agua sin control oficial. Los desechos van sin tratar al océano Atlántico. Semejante panorama hace que luzcan desactualizadas las cifras de Naciones Unidas según las cuales 10.000 niños mueren diariamente en el planeta por enfermedades relacionadas con la mala calidad del agua. Sólo en el África subsahariana se ubica el 60% de los 1.200 millones de personas que no tienen acceso al agua limpia. Claro, muchos togoleses figuran entre los privilegiados. El pequeño detalle es que deben caminar cinco kilómetros diarios para traerla. Dicha obligación es de las mujeres, sobre cuyas cabezas encaraman palanganas hasta con 30 litros de líquido. Cuando acaban emprenden recorridos similares para conseguir leña para cocinar.

En Togo los precios son una medida de la pobreza: una botella de agua cuesta $200 colombianos. Por ese mismo valor una familia entera puede abastecerse en los pozos descubiertos por Peña, dinero con el cual él compra repuestos para las bombas que sacan el líquido. Un tratamiento contra la malaria cuesta 8.000 francos centroafricanos (unos $30.000 en Colombia), bastante costoso para un togolés promedio, que gana 16.000 francos al mes. Peña ya tuvo que pagar el suyo por culpa de un vaso de agua sucia que tomó por pura necesidad.

Dos semanas después de la fiesta por el hallazgo del agua, Peña estaba solo pero casi tan feliz como cuando iba a ver el agua en Gachalá. Los otros tres miembros de la expedición a Togo regresaron a Italia y él se quedó a estudiar la hidrogeología, construir molinos de viento para oxigenar los pozos y orientar a la gente sobre el manejo de los acuíferos.

Vive sin afán de regresar a Europa o a Colombia. No le urge la comodidad y por eso hace unos meses estuvo a punto de irse a hacer distritos de riego en Afganistán en vez de aceptar una oferta como investigador en Stuttgart. Sus colegas pensaron que estaba loco. “Tranquilos, yo soy colombiano. Lo único que me hará falta es hablar urdu y pashto”, les dijo. Finalmente el gobierno alemán canceló el proyecto ante el asesinato de un ciudadano de ese país por los talibán. Peña se quedó en la Universidad de Tübingen (Alemania) como investigador en las mismas aulas en las que se formaron nueve premios Nobel y personajes de la talla de Kepler, Hegel y Scheling.

En ese ambiente que dio origen al protestantismo alemán se volvió más ateo de lo que era. Su religión es la de ser consecuente con lo que dice. Por eso se transporta siempre en bicicleta para cuidar el medio ambiente y convenció a su familia en Bogotá de reutilizar el agua de la lavadora. No respeta esquemas y tiene facilidad para romper protocolos sin ser agresivo. En una exploración académica por el Chocó se burlaba de los paramilitares que le salieron al paso y lo acusaban de guerrillero, mechudo y marihuanero: “Dígame lo que quiera, pero yo nunca me he fumado ni un cigarrillo”. Le insistieron en que era un infiltrado. “De eso sí sé, y mucho. Soy experto en infiltración de agua en zonas cuya topografía es adversa”. Los paramilitares que lo abordaron eran negros de baja escolaridad, como los que ayuda ahora en Togo.

Ahora que debe prolongar su estadía en África por cuenta de trámites consulares decidió que además de cuidar el agua, prestaría atención a 70 niños de un orfanato que todos los días le piden ayuda para salir de allí. Aicha, de dos años, fue abandonada en la sabana por sus padres cuando nació y hoy es la que más cariño le inspira, al punto que está pensando en adoptarla y hasta quedarse en Togo.

Pero su destino lo traerá este año a América Latina a construir represas en El Salvador. Tal vez se aplace un poco su sueño de salvar al Chocó. Al fin y al cabo desde que salió de Colombia, recién graduado como topógrafo de la Distrital y geólogo de la Nacional, ha pasado por Uzbekistán, Suiza, Kazajstán, Polonia, Eslovenia, Ghana, Alemania, Francia, España, Holanda, Italia, Bélgica, Austria, en su obsesión por aprender más sobre dónde encontrar agua y cómo aprovecharla mejor. Y justo ahora que vive en un sitio donde tener una cubeta con agua para lavarse la cara es, por lo menos, un espejismo, se obsesiona más con su perorata sin fin sobre lo absurdo que resulta utilizar el agua potable para descargar el inodoro.

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