La gripa en el D.F

Para los mexicanos, en medio del brote de influenza que ha puesto al mundo a temblar, estornudar pasó de ser algo insignificante a despertar las peores sospechas. Una extraña situación que mezcla humor, explicaciones delirantes y, por que no, miedo a morir.
La gripa en el D.F

La postal electrónica que Nadia Moreno le envió a sus amigos en el Distrito Federal el pasado viernes 24 de abril decía: "En medio de avisos catastróficos de epidemias los espero mañana para celebrar mi primer cumpleaños en el D.F."

Acababa de enterarse por el periódico Reforma que las clases en toda la ciudad habían sido suspendidas. El gobierno reconocía un incremento de 50% en los casos de gripe por influenza y confirmaba la existencia de una nueva variedad del virus rondando por las calles. Nadia pensó que sin seminarios en la Universidad Iberoamericana, donde estudia una maestría en artes, tendría tiempo de adelantar los preparativos de su cumpleaños.

En ese momento, como le sucedió a millones de mexicanos, nada le hizo creer que algo grave y excepcional estuviera sucediendo. El secretario de Salud, José Ángel Córdoba, daba un parte de tranquilidad y recomendaba lavarse las manos frecuentemente con agua y jabón, no saludar de beso ni de mano y en caso de presentar fiebre alta de manera repentina, tos, dolor de cabeza, muscular y de articulaciones, acudir de inmediato al médico.

Pero otra era la realidad que se vivía en algunos rincones de la segunda ciudad más poblada del mundo. El pánico corría por los pasillos de hospitales y clínicas como los del Instituto Mexicano del Seguro Social. Médicos y enfermeras veían atónitos como llegaban a las salas de urgencias hombres y mujeres de mediana edad con cuadros clínicos de neumonía atípica. Seis días mas tarde, la neumóloga Erika Fierro del Hospital General de México recordaría que muchos de ellos fallecían en cuestión de horas sin que ningún tratamiento pudiera frenar la enfermedad. Estaban desconcertados.

Los periodistas, por su parte, sabían que algo oculto corría bajo el anuncio del gobierno. La medida de suspender clases era drástica. No se había contemplado desde el terremoto de 1985. Los portales de noticias renovaban a una velocidad vertiginosa la información. Se decía que el "nuevo virus", distinto a los otros 144 que se conocen de la misma familia, provenía de los cerdos, que una mutación lo había convertido en un mortal enemigo de los humanos. Se especulaba con las cifras de infectados. Algunos los contabilizaban en decenas, otros en centenas. El miedo se volvió contagioso. La noticia era mundial.

Nadia tuvo que rectificar el correo que apenas dos horas antes había enviado a sus amigos: "Hola a todos. Como se han podido dar cuenta, la situación no pinta muy bien respecto al virus... Creo que será mejor cancelar el agazajo". El domingo viajó a La Piedad, un municipio a cinco horas en bus del Distrito Federal, donde vive su esposo. "Aquí no llega ni la influenza", les oyó decir a los habitantes.

Claudia Rojas, economista colombiana de 36 años y que trabaja para una ONG suiza, también pensó en salir de la ciudad y viajar a Houston, Estados Unidos, donde viven sus hermanas. Con un bebé de 15 meses cualquier cosa que suene a infección la pone nerviosa. "Con mi esposo ya descartamos esa idea porque no queremos separarnos y además en Houston ya han aparecido casos sospechosos -dice Claudia- pero tomamos algunas precauciones y nos abastecimos de víveres".

Huir de una epidemia de influenza de las proporciones que ha tomado ésta es imposible. Cuando las autoridades de salud mexicanas recibieron el reporte de laboratorios en Canadá y Estados Unidos confirmando que se trataba de una nueva cepa del virus, la AH1N1, ya era tarde. El virus había volado a Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, España, Alemania, Nueva Zelanda, Israel, Austria. Las noticias parecían fragmentos de un guión de ciencia ficción: un peligroso virus se esparce por la tierra.

Claudia tiene permiso para no ir a la oficina desde que sus jefes se convencieron del riesgo que se corre en lugares públicos y concurridos. Desde el miércoles comenzó a trabajar en casa. Su esposo, ejecutivo del banco Banamex, apenas asiste media jornada. A los empleados de bancos, en contacto con dinero, se les ha recomendado lavarse las manos cada hora con geles antisépticos y a los clientes, que realicen sus transacciones por internet.

En los supermercados las filas han sido insólitas. Los pasillos de enlatados, conservas y congelados son los más atiborrados. "Vitamina C y antigripales es lo que más lleva la gente", revela la mujer que atiende uno de los locales de las Farmacias ABC. Los tapabocas desaparecieron en cuestión de horas y algunos vivos los vendían al 500% de su precio original. Ante la escasez nacional se han divulgado instrucciones para fabricar tapabocas caseros de tela.

Distrito Fantasma

La epidemia se ha vivido en relativa calma en la ciudad. Los primeros días el D.F. no parecía el Distrito Federal sino el Distrito Fantasma. Pero más tarde la sensación ha sido la de una máquina que trabaja a media marcha. El gobierno ordenó cerrar establecimientos públicos como bares y restaurantes después de las 6 de la tarde, una medida que afectó a más de 30.000 establecimientos. Se calcula que la epidemia cuesta mas de 150 millones de dólares diarios.

Catalina Arango, colombiana y estudiante de una maestría en letras, y su novio Yuri Herrera, escritor mexicano, han salido a recorrer las calles de la colonia Condesa donde se encuentran algunos de los bares y restaurantes mas exclusivos del D.F. para tener una impresión de primera mano de lo que sucede en la ciudad. Extrañan la sensación de la gente en los cafés, trotando alrededor del Parque México, comprando nieves en las heladerías. Salvo esos breves paseos permanecen encerrados en su departamento.

Para Catalina Arango, el momento más dramático sucedió el domingo 26 de abril, cuando amaneció con síntomas de gripa: "Pensé que había contagiado a mi novio y tenía miedo de ir a un hospital. Me aterraba la idea de que una gripa cualquiera lo podía llevar a uno a la muerte". En la ciudad entera, estornudar pasó de ser un evento insignificante a despertar las peores sospechas. Según cifras oficiales, 12.300 personas han acudido a centros de salud temerosos de estar contagiados. Menos de 1.500 han presentado síntomas propios de la influenza.

"Ha sido una sensación de excepcionalidad. Por ciertos momentitos he sentido susto pero en general comparto la reacción general que ha sido de mucha precaución pero no de pánico", comenta Yuri, quien aprovecha sus paseos por la colonia para tomar fotos y envíarselas a sus amigos en otros países.

Cree que el histórico escepticismo de los mexicanos hacia los modos en que opera el gobierno, sumado a esa manía por encontrar el lado humorístico de las tragedias y momentos dramáticos, ha servido para no caer en el pánico. Luego del temblor de 5.8 grados que se sintió el lunes 27 de abril en la capital mexicana, y que obligó a todos los que estaban escondidos en sus casas a salir a la calle, se revivieron viejos chistes como: "¿Saben qué le dice México a la Influenza? Mira como tiemblo". Yuri dice que, fuera de eso, "ha sido una sensación muy extraña, encontrarse en una ciudad donde todos los días parecen domingos con tapabocas".

Las teorías de conspiración se escuchan en los taxis y se leen en algunos de los blogs más populares. "Antes chupacabras, hoy influenza. Terrorismo estatal", era la queja exhibida en un cartel por un ciudadano. Hacía referencia a los trágicos sucesos de 1994, uno de los años mas convulsionados de la política mexicana, cuando fue asesinado Luis Donaldo Colosio, virtual presidente del país. Muchos piensan que para contrarrestar la reacción del pueblo por la muerte de su candidato, el gobierno extendió el rumor de un extraño ser bautizado como el chupacabras y que devoraba animales en las granjas. Hoy también son muchos los que creen que detrás de la influenza se esconde algún escándalo político en ciernes o la crisis económica.

"Esto es un problema real y no un invento de los partidos políticos", insiste Ira Franco desde su blog, uno de los más populares en la ciudad. Cansada de leer conjeturas políticas y bromas sobre la grave situación que enfrenta su ciudad, escribió: "No creo que ningún político mexicano sea tan inteligente para orquestar algo de esta magnitud. Sería otorgarles un poder y un beneficio extraordinarios".

Mientras los escépticos se pasan al lado de los millones de mexicanos que ya toman todas las medidas de precaucion necesarias para evitar el contagio, muchas preguntas siguen en el aire: ¿Qué tan letal es el virus? ¿Por qué mueren tantas personas en México y no en el resto de países? ¿En cuánto tiempo va a resolverse este problema? ¿Qué pasa si el millón de dosis de antivirales que asegura tener el gobierno se acaba? ¿Dónde empezó todo este problema?.

Iván Granados, un colombiano que lleva más de 15 años viviendo en México y que trabaja como bibliotecario de Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, se pregunta qué va a pasar en una semana cuando la mayoría de personas no tengan otra opción que regresar a trabajar.

Por lo pronto, aprovecha el tiempo libre para acabar el trasteo que comenzó el sábado. “Con o sin gripa no me queda otra que desempacar y pintar la casa”, dice entre risas. En el nuevo apartamento al que se mudó todavía no tiene acceso a internet, no le han instalado teléfono y tampoco enciende la televisión. Eso, por ahora, lo protege, si no del virus, al menos de las oleadas de miedo que provocan algunos titulares.