Teresa Gutiérrez, toda una vida en televisión

Alcanzó a completar 70 años de trabajo ininterrumpido, y dejó un valioso legado en la televisión colombiana. Perfil de una señora actriz.
Teresa Gutiérrez

En algún momento alguien pudo atribuir su ingreso al mundo de la actuación a que su papá era dueño de la Emisora Nueva Granada. Pero el talento que derrochó a sus escasos seis años desterró cualquier mal pensamiento. Teresa Gutiérrez, la indómita estudiante del colegio Alvernia, no tuvo ningún temor en recitar ese primer parlamento en El doctor X, una serie radial de suspenso que dejaba a la audiencia con los nervios de punta en aquellas frías noches bogotanas. Ella, en cambio, no tenía nervios. Estaba acostumbrada a esos extraños aparatos con los que había jugado desde siempre.

 

Su papá, Carlos Gutiérrez Riaño, además de famoso locutor, era el director artístico de la emisora, y su tío Fernando dirigió por varios años Radio Sutatenza. Así que las novelas, los libros y la música clásica alimentaban su cotidianidad. Tal vez fue ese mundo artístico el que, sin que ella fuera consciente, la llevó a rebelarse a las estrictas monjas suizas que intentaron educarla “para salvarla del pecado”.

 

Pero ella sabía lo que quería y con esa determinación que rigió su existencia dijo que no quería ser monja, como sus amigas, sino que estudiaría teatro. Su papá fue su cómplice. La llevó a trabajar a la emisora a los 14 años y ahí empezó una carrera impecable, imparable. Su voz fuerte y medio ronca rompió la uniformidad masculina que imperaba en la radio en los años 40. Marcó, desde el primer día, su propio estilo.

 

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Hizo de todo: fue locutora de programas musicales y de variedades, e interpretó numerosos papeles como actriz de radioteatro. Así lo recordó en una entrevista hace siete años: “Fui protagonista de todas las series que se emitieron por esa época. Imagínese: el cine era mínimo y no había televisión. La radio era la que entretenía a las masas y yo era la heroína, aunque nadie sabía quién era. Cuando se fundó Nuevo Mundo, hoy Caracol, me llamaron como locutora y radioactriz. Fui la primera voz que salió al aire por la nueva emisora. Además, por las noches, animaba allí mismo programas en vivo con orquestas y cantantes”.

 

Era una diva. Famosa, talentosa y exitosa. Fiel a su forma de ser, vivió como quiso. Criada en la holgura de un hogar estable, se dedicó desde joven a darse gustos, a vivir en la bohemia y la cultura. No cayó en las veleidades de la fama pronta y se refugió en los libros de suspenso (Agatha Christie y Stephen King fueron sus favoritos) y las biografías, para seguir alimentando ese espíritu aventurero.

 

Se casó dos veces y tuvo cuatro hijos y sólo abandonó la actuación cuando se fue a Argentina a perseguir a su segundo amor, el músico Américo Belloto (el primero fue el cantante Alberto Granados). Imponiendo sus deseos sobre la conveniencia, se resignó a que su familia le dejara de hablar y se fue a vivir su sueño. Vivió 12 años como ama de casa, lejos de sus amigos y de la televisión, donde había debutado con rotundo éxito.

 

Pero volvió. Atrás había quedado la estrella de El derecho a nacer, la famosa radionovela que imponía una especie de toque de queda nocturno, y La escuelita de doña Rita, que mostró su mejor faceta para el humor. Vendrían ahora las telenovelas que por fin le dieron cara y cuerpo a esa estupenda voz que ya era familiar para los oyentes. Así se consolidó una de las grandes divas de la televisión que estuvo vigente por casi 70 años.

 

Resultaría demasiado larga la lista de las series y novelas en las que participó (más de 40). Pero no hace falta. Cada quien recuerda alguno de sus personajes. Desde la malvada Brígida Paredes de La abuela y la odiada Sara de Los Cuervos, hasta la divertida Tía Peluca de Pecados capitales y la adorable mamá de Beto en Los Reyes.

 

Nunca dejó de actuar y algunas veces llegó a participar en tres proyectos a la vez. El trabajo fue el elíxir que la mantuvo vital hasta sus últimos días. “Para descansar está la tumba. Cuando me muera lo haré para toda la vida”, dijo alguna vez, mientras reconocía sin la falsa modestia que a veces rodea a los seudoartistas, que la disciplina y la constancia eran la clave para mantenerse vigente e imponerse sobre las reinas y modelos que incursionaban en la actuación.

 

Sabía que no era la más linda de la televisión, pero sí la más respetada. Cuando empezó hace dos años la grabación de Novia para dos, todos los que estaban presentes en el set se pararon a aplaudirla y ella les correspondió con su infaltable buen humor y la generosidad de una gran profesional.

 

En su otoño, Teresa se replegó a su apartamento en Bogotá. Volvió a sus lecturas, a una vida sosegada de largos juegos de solitario, de muchas telenovelas y poca vida social; conectada a la tecnología del ipod y el celular y dedicada a consentir a sus nietos. Y murió así, libre, con la tranquilidad de haber vivido todas las aventuras que soñó y de haberse entregado en cuerpo y alma a la actuación.

 

Foto: Archivo CROMOS.