Una oportundiad para Haití

El terremoto, la peor pesadilla que ha vivido este sufrido pueblo, puede ser una inmejorable ocasión para que el mundo ayude por fin a construir una nación.
Una oportundiad para Haití

Aunque suene descarnado, la tragedia producida por el terremoto de 7 grados en la escala de Richter del pasado 12 de enero puede traducirse en la salvación definitiva para Haití, si se concretan los planes de reconstrucción que desde ya está proyectando la comunidad internacional.

La solidaridad que despertó esta catástrofe humanitaria superó la que produjeron otros desastres naturales como el huracán Mitch en América Central o incluso las cuatro tormentas que casi acaban con Haití en 1998. La opinión generalizada entre los dirigentes de los países desarrollados es que la recuperación de esta nación es ahora o nunca.

El reto será cómo ayudar de manera eficaz a los haitianos. Más si se tiene en cuenta que este país antillano llevaba cinco años en reconstrucción. La misión de estabilización de Naciones Unidas, llamada Minustah, se estableció desde 2003 con la intención de ayudar a Haití a recobrar la seguridad y apoyar planes de desarrollo, y aunque sus miembros contabilizan varios logros, lo cierto es que antes del terremoto, Haití estaba lejos de ser la democracia plena que se había propuesto la comunidad internacional con su intervención tras la salida del poder del presidente Jean Bertrand Aristide.

El presidente de República Dominicana, Leonel Fernández, estimó que el plan de reconstrucción podría costar 10.000 millones de dólares y tardar cinco años. El problema es que dos semanas después del terremoto ese gran sombrero de las donaciones tiene apenas algo más de 800 millones de dólares, provenientes de Estados Unidos, la Unión Europea, algunos países latinoamericanos y la banca multilateral. Una cifra bastante lejana de los 6.300 millones de dólares que se recogieron durante las seis semanas siguientes al huracán Mitch.

Ese será uno de los grandes temas de la primera cumbre de los países amigos de Haití, un grupo de mandatarios de Europa y América Latina que se reunirá esta semana en Canadá para proyectar la reconstrucción. Pero no será el único problema por resolver. Uno de los dilemas a los que se enfrenta la comunidad internacional será definir quién y cómo llevará a cabo semejante tarea.

La vicepresidenta del gobierno español, María Teresa Fernández, ya prendió las alarmas sobre la necesidad de que sean el Gobierno y el pueblo haitianos los principales actores de la reconstrucción de su país y quienes decidan “su destino colectivo”. El presidente de Haití, René Preval, la apoyó y dijo que la reconstrucción del país no se hará desde el exterior sino dirigido por el gobierno local, que ofrece la estabilidad política necesaria.

El problema es que pocos creen que Haití pueda asumir sola el reto de la reconstrucción. Y la prueba de ello es que durante los últimos años la misión de estabilización de Naciones Unidas y cientos de organizaciones no gubernamentales se han estrellado con situaciones estructurales como la generalizada corrupción en el gobierno y la falta de emprendimiento del pueblo haitiano.

Uno de los periodistas extranjeros que ha vivido durante cinco años en Haití se muestra muy pesimista sobre el futuro: “Es duro decirlo pero el pueblo no tiene la educación y la madurez para asumir esto. Aquí todo se lo roban y a pesar de los cientos de dólares que han llegado en ayudas en los últimoica Latina que se reunirá esta semana en Canadá para proyectar la reconstrucción. Pero no será el único problema por resolver. Uno de los dilemas a los que se enfrenta la comunidad internacional será definir quién y cómo llevará a cabo semejante tarea.

La vicepresidenta del gobierno español, María Teresa Fernández, ya prendió las alarmas sobre la necesidad de que sean el Gobierno y el pueblo haitianos los principales actores de la reconstrucción de su país y quienes decidan “su destino colectivo”. El presidente de Haití, René Preval, la apoyó y dijo que la reconstrucción del país no se hará desde el exterior sino dirigido por el gobierno local, que ofrece la estabilidad política necesaria.

El problema es que pocos creen que Haití pueda asumir sola el reto de la reconstrucción. Y la prueba de ello es que durante los últimos años la misión de estabilización de Naciones Unidas y cientos de organizaciones no gubernamentales se han estrellado con situaciones estructurales como la generalizada corrupción en el gobierno y la falta de emprendimiento del pueblo haitiano.

Uno de los periodistas extranjeros que ha vivido durante cinco años en Haití se muestra muy pesimista sobre el futuro: “Es duro decirlo pero el pueblo no tiene la educación y la madurez para asumir esto. Aquí todo se lo roban y a pesar de los cientos de dólares que han llegado en ayudas en los últimos años, los proyectos no se concluyen. La gente está acostumbrada a recibir limosnas, no están organizados como sociedad”. Aun así, este corresponsal está convencido de que la nueva Puerto Príncipe será una ciudad bonita y moderna, porque la comunidad internacional tiene que mostrar resultados.

Educar al pueblo debería ser la prioridad. Casi la mitad de sus 9 millones de habitantes son analfabetas, no solo porque no hay escuelas sino porque cada mujer tiene en promedio cinco hijos. Haití presenta la tasa de crecimiento demográfico más alta del continente y los ingresos por familia son menores a dos dólares diarios. Además, los pocos que pueden estudiar emigran buscando mejores oportunidades.

Otro inconveniente de fondo es la debilidad de las instituciones estatales. El año pasado hubo elecciones para Senado, pero la participación fue baja y se presentaron fuertes disturbios que provocaron la anulación de los comicios en varias provincias; el Gobierno no ha trazado una política clara frente al desempleo ni contra la escasez de alimentos, dos de las situaciones más apremiantes para el pueblo; el sistema judicial es muy lento y promueve la impunidad, sin contar la falta de servicios de salud y las condiciones de insalubridad en que viven sus habitantes.

En lo que se había logrado avances significativos antes de la tragedia era en el tema de seguridad y crecimiento económico. Jorge Arenas, un colombiano que lleva cinco años trabajando con Minustah, dice que Haití había pasado de las tasas más altas de secuestro en el mundo a casi cero justo antes del terremoto. “Naciones Unidas logró desmantelar la mayoría de estructuras armadas que encontramos en 2003, algunas de carácter político y otras meramente delincuenciales, y hubo mejoras en la estructura y formación en la policía haitiana”.

En infraestructura los avances también eran evidentes. Se habían construído algunas carreteras, puertos marítimos y una termoeléctrica. Varios proyectos agrícolas habían logrado arrancar con éxito. Incluso, según cifras del Banco Mundial, en 2009 la economía había logrado un crecimiento de 2%, después de varios años de decrecimiento. Hasta una gran cadena hotelera había anunciado uno de sus proyectos en la zona turística de Jacmel.

La realidad haitiana es, sin embargo, más compleja. Un cooperante de una ONG que lleva casi una década en Haití, se lamenta porque se ha perdido una parte importante de la ayuda internacional durante los últimos años. “Primero le entregaban los recursos al gobierno y allí se perdían. Aprendida la lección, se empezaron a canalizar los recursos por fundaciones y organizaciones internacionales, pero se equivocaban al invertirlos y cada quien hace el proyecto que quiere, nadie organiza ni prioriza”.

No es un obstáculo nuevo. En la década de los cincuenta, los gobiernos de Estados Unidos y de Haití se pusieron de acuerdo para enfrentar una epidemia mortal entre los cerdos criollos, matando toda la población porcina y trayendo nuevos ejemplares de Norteamérica. El resultado: los agricultores haitianos perdieron su único patrimonio porque los animales no sobrevivieron.

Hace 30 años se pensó que la mejor forma de ayudarle al pueblo era entregando arroz a muy bajo precio o incluso de manera gratuita. El resultado: la industria arrocera local quebró y hace poco se desencadenó una crisis alimentaria sin antecedentes cuando subieron los precios de los alimentos y los haitianos no tenían literalmente qué comer.

Se podría decir que en buena parte los males que padece Haití están marcados por las intervenciones militares, civiles y humanitarias del exterior. Primero la colonización francesa, luego la ocupación estadounidense, más tarde la intervención en busca de la democracia y la asistencia internacional por los desastres naturales.

Por eso, en este momento las críticas recaen sobre la ONU y el gobierno de los Estados Unidos por su excesiva presencia militar (10.000 marines y 9.000 cascos azules) y demasiado protagonismo en la toma de decisiones (el jefe de la Minustah anuncia medidas en los medios de comunicación, mientras el presidente Preval ni siquiera aparece). Pero, como comentan los periodistas y socorristas por las derruidas calles de Puerto Príncipe, “si no hay gobierno, alguien debe actuar”.

Para quienes han trabajado en Haití, lo más difícil será enfrentarse al dilema de cómo ayudar. ¿Cómo atender el llamado de respetar las iniciativas locales, cuando éstas no existen?, ¿Cómo canalizar el dinero para que no se pierda en la corrupción?

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