Viaje al interior de la comuna 6

En medio de las fronteras invisibles conviven dos mundos, el de los esquizofrénicos por la guerra y el de los apasionados por el arte.
Viaje al interior de la comuna 6

Todos los días se cruzan en las calles, unos obsesionados por controlar territorio y otros por liberarse del miedo. Mientras tanto las autoridades siguen contando muertos: ya van 1.200.  

La guitarra y la batería se desgarran al compás de una canción que describe el infierno de la comuna 6: Amparados en la noche / los verdugos acechan / su lenguaje es la guerra / maldita guerra / te acusamos y te odiamos / los señores de la guerra enfilan sus dinámicas perversas / asesinos sin fe ni ley bajo estrategias de impunidad / un ejército de Caínes marcha suelto / los niños de la guerra gritan déjennos en paz/

El grupo que la interpreta se llama Desadaptadoz, pero los desadaptados son los otros, sus similares, los “muchachos”, los que crecieron y estudiaron en el mismo colegio, pero que terminaron en la orilla opuesta: la de la violencia.

Cada año los artistas, los “desadaptadoz”, temen que los “muchachos”, matones que controlan el barrio a fuerza de terror, les arruinen el Festival de Rock que ya va para la sexta edición.

Faber, de 27 años y estudiante de psicología, es uno de los organizadores y uno de los pocos que se ha salvado de caer en las pandillas o de ser víctima de ellas. No es músico, pero hace más de ocho años decidió organizar a los jóvenes de esta comuna para presentar una alternativa a la carrera criminal que siguieron la mayoría de sus vecinos. Desde el comité juvenil del Pedregal empezó a organizar tomas del espacio público y hace seis convoca este festival de rock que ya es famoso dentro y fuera del país.

Este año lo hará en noviembre, en Castilla, el barrio más conflictivo de la comuna. Traerá al grupo de punk más famoso de Eslovaquia y otro de Bolivia, ambos con tradición de resistencia a fenómenos de violencia. Pero teme que en esta oportunidad le toque recurrir a la fuerza pública para garantizar la seguridad del evento.

Sabe que la situación es peor que la del año pasado. A él ya intentaron matarlo hace menos de un mes. Un muchacho lo paró para preguntarle de dónde venía y para dónde iba. Al parecer, había trasgredido una de esas frontera invisibles que no les permite a los habitantes de las comunas transitar de un barrio a otro. Su agresor le apuntó con un arma, pero estaba tan drogado que no atinó a disparar a tiempo. Faber logró huir.

Payasos de la guerra

No anda solo. En su carro carga con el parche de mechudos metaleros, punkeros y roqueros con los que pintan los muros de la comuna para crear conciencia. Desde que se enteraron, hace quince días, de que algunos de ellos estaban en una lista en poder de una banda de Bello, tomaron medidas. La primera es bajarle el tono a sus actividades simbólicas. La segunda es andar en compañía. La tercera es no parar, continuar con los talleres para evitar que los niños se dejen reclutar por alguno de los 40 combos que existen en la comuna. Incluso andan preparando un ritual indígena para exorcizar el dolor.

Saben que sus actividades no gustan mucho entre los jefes de los combos. Los miran con recelo cada vez que salen a pintar muros con imágenes que evocan la vida pacífica de sus barrios, con frases elocuentes como “más poesía, menos muerte” o “más música, menos dolor”.

Un día, con una osadía que rayó en la locura, se le midieron a convocar marchas pacíficas. La primera la hicieron en mayo pasado. Se vistieron de payasos, no solo para esconder sus facciones tras la pintura blanca, la peluca de colorinches y la nariz roja, sino para calar con un mensaje contundente: “No seas un payaso más de la guerra”. Algunos vecinos, entre asustados y admirados, veían que se tiraban al piso y rayaban con tiza el croquis simulando un levantamiento de cadáver. Pero lo levantaban entregándole una guitarra, una flor o un libro.

Repitieron la jornada en julio. Ese día ‘Huesos’, uno de los raperos, escuchó decir a uno de los pillos: “Esos están buenos pa voliarles”. En medio de la fiesta y el desorden, ‘Huesos’ se acercó a él y, justo donde estaba parado el pillo, hizo una pinta con un mensaje en contra de la guerra. El músico alcanzó a ver la mueca de rabia y de impotencia del agresor, que no se atrevió a hacerle nada.

Las fronteras invisibles

Al pasar por estas calles, uno ve un barrio normal. Niños que van al colegio, amas de casa que van a la tienda, locales que atienden a sus clientes, los buses y taxis que se mueven sin restricción. Pero cuando se hace el recorrido con un guía experimentado, las fronteras invisibles aparecen. Las han trazado los combos dividiendo de manera absurda familias, amistades y hasta noviazgos.

No hay cifras ciertas, pero al parecer son más de 40 las bandas que operan entre casi 20.000 habitantes. Algunas son grandes e históricas, otras pequeñas y en formación. Ambas intentan controlar las rentas ilegales que por años han explotado y que ahora se disputan dos grandes jefes: Sebastián y Valenciano.

Son millones de pesos que circulan a diario y en efectivo. Cada banda cobra vacuna al transporte público, al comercio (especialmente locales de maquinitas y juegos de azar) e incluso a cada casa. Además, manejan sus propias “plazas”, expendios locales de drogas.

‘El Buitre’ es un hombre de raza negra, cercano a los 40 años, que pasó los últimos 12 en varias cárceles del país. Lidera una de las bandas históricas que opera en las comunas 5 y 6. Con orgullo cuenta que se ha ganado el respeto en el mundo criminal y que ha logrado sobrevivir a varias guerras. La que se vivió antes y después de la muerte de Pablo Escobar, la que libraron con fiereza contra las milicias de la guerrilla, la que desataron los paramilitares cuando ingresaron a la ciudad. Ahora reclama su derecho a resistir al enfrentamiento entre los dos ‘señores’.

Se muestra duro y desconfiado. Vocifera. Dice que no está en la guerra, que se está defendiendo. Insiste en que tiene derecho a cuidar lo suyo. ¿Y qué es lo suyo? Se atribuye el control de uno de los 12 barrios de la comuna 6, el mando sobre 200 muchachos y el respaldo de varios combos aliados. No reconoce que cobran extorsión al transporte y al comercio, pero sí que controlan expendios de droga.

Acepta que trazaron fronteras y que para defender su territorio deben asegurarse de que ningún habitante que viva en terreno enemigo intente franquear el suyo. “Guerra es guerra”. Entonces, la charla se torna tensa:

–¿Por eso matan a las muchachas que se ennovian con los jóvenes de otro territorio?

–Hay niñas que se convierten en ‘carritos’ y llevan y traen información.

–Pero obligan a la gente a que no se relacionen con los demás, con las familias, a que se encierren en su barrio.

–Guerra es guerra.

–¿Y cómo consiguen las armas para librar esa guerra?

–Aquí un arma se consigue más fácil que una empanada con carne.

–¿Y quién las vende?

–¿De verdad quiere saber? –suelta una sonora carcajada–. El mismo gobierno, la misma policía las vende… y son tan conchudos que las traen uniformados.

Uno de sus hombres interrumpe y le echa la culpa del conflicto al Estado. Habla de exclusión, de desigualdad, de falta de empleo y oportunidades. Cuenta que varios de sus muchachos quieren ingresar al programa Fuerza Joven que la Alcaldía de Medellín abrió para motivarlos a dejar la vida criminal, pero que los cupos no llegan.

“Antes la ciudad estaba controlada por un señor. Había paz porque había dominio de unos grupos más fuertes, ellos mandaban la platica pal fresco, ellos daban trabajo, ahora quedan los hijos de esos papás (Sebastián y Valenciano) que quieren es buscar plata y por eso armaron esta guerra. Los muchachos se van con el que ofrece más plata porque en su mente está es eso y porque no tienen oportunidades”.

Así resumen la época de paz que vivieron cuando la ciudad era controlada por Diego Fernando Murillo, alias Don Berna y la situación de caos que se creó cuando fue extraditado y se desintegró la llamada Oficina de Envigado. “Valenciano fue el que armó esta guerra”, repiten los dos.

Los pequeños pillos

‘John’ y ‘Merengue’ apenas sobrepasan los 20 años. Son líderes de un combo de 30 jóvenes en un sector montañoso del barrio. Por aquí las calles se estrechan, las casas se empequeñecen, abundan los niños y los perros. Durante el día, en algunas esquinas, se reúnen adolescentes. Hablan, fuman marihuana, juegan parqués.

Ven la gente pasar. Vigilan. Pero al caer la noche empieza la acción. Sacan las armas de las caletas, se ubican en sus puestos de vigilancia en los puntos más estratégicos, en los balcones y terrazas. Uno que apenas alcanza los 16 años es el encargado de atisbar al enemigo con carabina y binoculares. Se atrincheran en las casas de sus vecinos y familiares. Nadie protesta.

Los jóvenes dicen que manejan cerca de 10 placitas y que, en una semana regular, cada una puede dejarles ganancias cercanas a los 300.000 pesos. La administran de manera autónoma. Además reciben plata que les gira “la oficina” para conseguir las armas, las municiones o las motos para las “vueltas”. No conocen al “a’pá” para el que trabajan, solo saben que están defendiendo su pequeño territorio, unas cuantas cuadras de este pedazo de loma. Encima del “a’pá” invisible está Sebastián.

–Él mandó la razón hace dos años. La propuesta era que nos defendiéramos y no dejáramos meter al otro señor, a Valenciano”.

–¿No se sienten utilizados por dos hombres que están haciendo que todos ustedes se maten?

–No, porque nosotros no agachamos la cabeza. Luchamos por lo que es nuestro, nos ha costado mucho trabajo conseguirlo.

Falta mucha lágrima

Unas cuadras más allá, Faber nos muestra la casa donde se crió. Hace más de dos años se tuvo que cambiar y ahora teme que uno de los combos que se disputa el control de su cuadra quiera adueñarse de ella. La táctica de las bandas es alquilarlas u ocuparlas para meter 20 “muchachos” en cada una y controlar una a una las construcciones. Una estrategia que muestra la esquizofrenia en la que viven, luchando centímetro a centímetro cada pedazo de una cuadra.

¿Quiénes? Mondongueros, Bananeros, Los del Bulevar, La Calle del Pecado, Contranal, El Baratón, Arboleda, La Oficina del 12 De Octubre, El Chispero, Los Machacos, El Hueco, El Ventiadero, La 15, La 72... Los nombres de los combos van de boca en boca entre los vecinos, pero nadie sabe quién es quién. La mejor opción siempre será no hablar demasiado, no visitar a nadie.

“Queremos vencer el miedo y es más fácil si estamos juntos”, dice Faber convencido de que sus alegorías a la vida calarán algún día. Por eso se inventó el colectivo Toque de Salida, para ir en contra del toque de queda que impusieron los combos. Su lema es no chocar con ellos de frente, pero tampoco les pide permiso ni les paga vacuna. Cree que ser líder y gestor cultural le ha dado un cierto blindaje, pero no sabe cuánto le dure. Tres de sus mejores amigos, raperos y punkeros de la comuna 13, ya fueron asesinados, y el líder cívico más reconocido se salvó de un atentado y hoy se esconde en otro sector de la ciudad.

“El futuro es desalentador. Faltan muchos muertos y muchas lágrimas para salir de esta. Me pueden matar, pero no importa. Mi sueño es ver la comuna sin miedo y libre”.

Ojalá en noviembre, durante el Festival de Rock que están organizando, Faber y sus amigos puedan volver a cantar la canción de Desadaptadoz: La muerte trata de matar la última gota de esperanza / la muerte trata sin conseguirlo jamás / los niños de la guerra gritan déjennos en paz, déjennos en paz.

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