Mario Ribero, desde el jardín

El director santandereano cultiva en su casa de La Calera una de sus grandes pasiones: la jardinería.
Mario Ribero, desde el jardín

Estudioso y exigente, el director de El embajador de la India nos abrió las puertas de su hogar para rememorar sus años de estudiante en Rusia y hablar de cine, literatura y, por supuesto, televisión.  

La casa del director Mario Ribero queda en el pico de una montaña en La Calera. Para llegar hay que subir varias faldas de una carretera estrecha y sin pavimentar. Arriba se divisa el horizonte agreste cortado por una que otra casa de estilo moderno, y se siente el viento frío que llega hasta la colina. Sólo se escucha el ruido del campo; cuesta trabajo pensar que apenas a media hora, quizás un poco más, está Bogotá con su caos.

Desde la ventana de la amplia sala se alcanza a ver un pedazo del jardín que el director de El embajador de la India (1987) y Yo soy Betty, la fea, cultiva con esmero cuando puede. Porque no es un jardín cualquiera, pese a que a simple vista se asoman unas cuantas flores amarillas y moradas: luego de andar por varios caminos pavimentados, con rústicos canales construidos a lado y lado para que corra el agua y no se inunden, brotan, entre otros, tomates de árbol, sándalos, bromelias, feijoas, borracheros, sietecueros, frailejones y pensamientos.

Su amor por el campo no es gratuito. “Vengo de una familia completamente campesina –dice Mario, chaqueta roja gruesa, sombrero negro, barba blanca bien cuidada–. Nací en Confines, Santander, séptimo entre diez hermanos. De niño, el día no me alcanzaba para explorar ese mundo tan maravilloso: recuerdo que iba de casa en casa y los campesinos me cuidaban, me daban comida; mi mamá, mientras tanto, cuidaba el jardín y mi papá se la pasaba con los animales y el café”.

Recordar esos días le produce nostalgia. Tanta que, mientras se inclina un poco en la silla del comedor, sentencia melancólico: “La patria es donde uno pasó la infancia. Mis dos hijos mayores nacieron en Rusia y por más que vienen a Colombia y la quieren, siempre añoran regresar”.

Y es que la historia de Mario está ligada al gran coloso europeo. Allá viajó muy joven, cuando tenía poco dinero y andaba con la ilusión de estudiar teatro o cine. Buscó una beca, la ganó y se fue sin saber más que dos o tres palabras. “Llegué el 4 de octubre de 1972 y Moscú estaba lleno de nieve. Yo nunca la había visto. La verdad es que ni siquiera conocía el mar, que vine a ver más tarde en el Cáucaso. El primer año aprendí el idioma y luego me admitieron para estudiar dirección de cine y ficción; más adelante hice una especialización en guión y fotografía”, cuenta.

Fueron casi diez años en Rusia. Allí se casó con una compañera de curso, tuvo dos hijos (el mayor es cantante de ópera, la otra estudia actuación), se separó, hizo una vida. Luego regresó, trabajó como asistente de dirección de las películas Cóndores no entierran todos los días y Técnicas de duelo, se volvió a casar, tuvo otra hija, hizo su propia cinta y dirigió en televisión, entre muchas otras, La posada, Yo soy Betty la fea y Los Reyes, novelas que lo han llevado a convertirse en una referencia obligada de la comedia en Colombia.

Pero dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Y por la forma en que Mario habla –rápido, chocado, atropellando las palabras–, por lo que dice, es evidente que no le gusta la televisión que se hace ahora. Su crítica va por varios frentes: afirma que con el cuento de que la pantalla chica es un negocio la calidad ha bajado muchísimo; que las jornadas de grabación son extenuantes e inhumanas; que a los directores no los dejan opinar y que los directivos de los canales no comprenden el oficio. “A mí ya me tienen en un pedestal de hijueputa del que no me baja nadie –cuenta–. Pero yo no soy así, me parece injusto que me juzguen sólo porque peleo para tratar de que las cosas se hagan bien”.

Ahora impone su estilo en la dirección de Chepe Fortuna. Y a pesar de las dificultades, espera volver al cine más temprano que tarde: “Antes de empezar con la telenovela había firmado un contrato con Fernán Martínez, el mánager de Juanes, para filmar una película que debía estar lista para diciembre. De todas maneras tengo dos guiones más y espero algún día poder entrarles como se debe”, dice.

Más allá de la bilis que le genera hablar sobre la televisión, Ribero es un hombre pacífico y generoso. Por eso, quizás, recogió de una calle de Cali a su perrita Fiona y la llevó a vivir a su casa; por eso se detuvo un minuto en la tienda antes de llegar a su casa y compró empanadas, queso y gaseosa para ofrecernos; y por eso, también, toma unas ramitas de caléndula de su jardín y nos pide que le dejemos preparar un agüita antes de irnos. “Para el frío”, dice.

Mientras nos la tomamos habla de cine y de literatura. De los directores nacionales admira a Jorge Alí Triana, a Lisandro Duque, a Carlos Mayolo y a Sergio Cabrera. También le gusta lo que han hecho Víctor Gaviria y Rodrigo Triana. Y asegura que a pesar de lo filmado, todavía le falta mucho apoyo al cine colombiano. En literatura, aplica la máxima de Franz Kafka, así que no pierde el tiempo leyendo a los contemporáneos; los autores rusos –Dostoievski, Tolstoi, Chejov– le encantan porque hacen una excursión al fondo del alma humana para reflejar a las personas con todas sus contradicciones. También lee y escribe teatro.

De pronto, mientras se lleva el agua de caléndula a la boca y piensa un poco, cuenta que le habría gustado dirigir La Vorágine. Luego hace silencio, como si lo meditara mejor, y agrega: también La otra raya del tigre o Azúcar, de Carlos Mayolo.

No hay duda: aún añora la televisión del pasado.