McQueen, el chamán de la moda

Esta columna está dedicada al más extravagante y excéntrico  diseñador de todos los tiempos: Alexander McQueen. Murió hace un mes en su casa de Londres, a la madrugada.

Se suicidó, como aquellos a quienes amó e incidieron en su vida: Isabella Blow, la gran estilista, su mentora, mejor amiga y musa; y su madre, quien también se había quitado la vida tres semanas antes que él.

Su éxito no fue el lujo sino el mercado masivo, diseñando para la gran superficie estadounidense Target+Moqueen. ¡Éxito total! Arrasó entre las ejecutivas, entre las amas de casa y entre las jovencitas. No podían creer que tuvieran una prenda de McQueen en sus manos, a un precio mínimo. Su símbolo: las calaveras en todos los materiales. Siempre jugó con la muerte y su simbología, le apasionaban los temas oscuros y los imprimía en chaquetas y camisetas para jóvenes. Su alucinante colección primavera-verano 2009, “Avatariana”, fue calificada como única por las reconocidas editoras internacionales. Su visión de las tendencias, con sus extraordinarias escogencias de zapatos imposibles, máscaras, colores y adornos, lo llevó a ser considerado el transgresor de la moda actual.

Gran admirador de las divas –y admirado a su vez por ellas–, se dejaban vestir con los atuendos de McQueen aunque luego fueran despedazadas por la crítica. El ejemplo más contundente fue la vestimenta que lució Lady Gaga en los MTV Music Awards de 2009. Desde entonces los críticos y los editores de moda no le quitan los ojos de encima. Hoy Lady Gaga es un ícono de la moda en el mundo, igual que Naomi Campbell, Kate Moss, Gwyneth Paltrow, Ashley Olsen, Anna Paquin y muchas otras fans incondicionales. Se vestían hasta hace un mes con sus inimitables vestidos, muy ceñidos y femeninos, inspirados en la década de los ochenta,  sus anchas faldas en cuadros blancos y negros, y sus chaquetas rojas. Hoy lo lloran, atesorando sus coloridas y sofisticadas prendas.

Diseñó inspirado en los indigentes, en las muñecas inflables, en los seudomasoquistas, en las brujas, en los abandonados. Pero su gran inspiración fue el romanticismo, la era victoriana: los tules, los velos, las transparencias, los maquillajes exagerados, las pestañas gigantescas bajo las cabezas calvas adornadas con turbantes o sombreros alucinantes… Esa era una de sus mil facetas, porque tuvo mil caras, mil lados, muchos de ellos oscuros.

Comenzó como un aprendiz de sastrería en la meca de la elegancia londinense masculina. Aprendió con Anderson and Sheppard en la legendaria calle de Savile Row, y continuó su aprendizaje en Gieves and Hawkes, maestros en el corte clásico de las prendas masculinas. Pero tanta perfección comenzó a aburrirlo y su siguiente salto fue a la moda teatral, donde aprendió todos los secretos en cortes y patronaje, desde el más clásico hasta el más moderno, con la firma Angels and Berman. No había cumplido 20 años cuando decidió viajar a Milán y ser asistente con Romeo Gigli.

En 1994 hizo una especialización en la prestigiosa Escuela de Diseño Saint Martin’s. Al graduarse, su colección fue adquirida por Isabella Blow, quien desde ese momento se convirtió en su protectora. Toda esa experiencia en corte y confección, cortes depurados, respeto por la costura manual y artesanal comenzaron a sobresalir en las pasarelas de Londres, donde cada colección suya era una innovación, con una puesta en escena difícil de superar.

Sólo dos años después de estar activo ganó el premio al mejor diseñador del año, premio que recibiría más de seis veces a lo largo de su vida; meses después, en París, recibió el título de director creativo de Givenchy, una de las casas más tradicionales, aquella que se inmortalizó con Audrey Hepburn en clásicos como Desayuno en Tiffany’s. Reemplazo a nadie menos que John Galliano. Trabajó con el grupo Gucci, que adquirió el 51% de su marca hasta el 2006, sin descuidar su huella personal. Estas alianzas lo llevaron a triplicar sus almacenes en las grandes capitales del mundo, no sólo con sus alucinantes creaciones sino con accesorios y fragancias.

Un destino admirable para alguien nacido en un humilde hogar del West End londinense. Hijo de taxista y ama de casa, fue bautizado Lee McQueen y creció entre tres hermanas, igual que Yves Saint Laurent. Y como Saint Laurent, nunca jugó con sus amigos sino con las muñecas de la casa. Luego del suicidio de su madre, no se recuperó, y le siguió los pasos. Siempre quiso proteger a los hombres y a las mujeres con su ropa. Les decía que la sintieran como armaduras para enfrentar al mundo, un mundo que él mismo no pudo soportar.