Los años de esclavitud de un hombre libre

*Steve McQueen dirige una película en el Estados Unidos de los años cuarenta del XIX. La historia de un hombre libre, que termina esclavizado en Nueva Orleans, está nominada al Oscar a mejor película.*
Los años de esclavitud de un hombre libre

Un violinista aparece en la primera escena. Aparece su risa y su sombrero y la música de su violín que inunda una sala llena de bailarines. Más tarde vemos a  un esclavo, en harapos, construyendo casas o recogiendo algodón bajo el sol inclemente. Los dos son la misma persona, con expresiones distintas y un cambio radical en su manera de vestir. Los dos son Salomon Northup, un negro que nació libre y que vivió libre por muchos años, pero que terminó engañado, encadenado y vendido como esclavo. Doce años de esclavitud es el recuento de sus años sin libertad. 

El ritmo de la película es lento y hay un interés particular por los paisajes y por los cielos de Nueva Orleans; los soles, las lunas y la luz que cruza por encima de los árboles, en una zona seca. Se nos muestra Estados Unidos en los años cuarenta del siglo XIX y la clara división que había entre el norte y el sur, en una época en la que la esclavitud existía solo en algunos lugares del amplio espectro norteamericano. Steve McQueen nos lleva de la mano de Northup y de la buena actuación de Chiwetel Ejifor para mostrarnos, más que una vida, una situación por la que alguna vez atravesaron muchos. Miles de miles que nacieron con la condición de esclavos y que tal vez no conocieron otro destino que el de morir trabajando bajo el poder indiscutible del látigo. 

McQueen recurre a una historia de la vida real para contarnos eso que normalmente no se cuenta: los sucesos alrededor del  tráfico de esclavos. En un estado así de divido, en el que se decía que la Biblia daba su bendición sobre la compra-venta de negros, el narcotráfico era un hecho común. Había redes de secuestradores que le apuntaban a un «objetivo» en el norte y se las ingeniaban para que la «mercancía» llegara al sur, donde era legal esclavizar. En ese sentido nos educa, nos dice, «hay una parte de la historia de Estados Unidos, de esa lucha contra la esclavitud a la que no le ha puesto tanta atención. Mírela aquí».  Y es tan natural, aparece tan real, que sentimos que ya la conocíamos. 

Es una historia triste pero, en ella, la tristeza no se maneja para conmovernos y llevarnos a las lágrimas. McQueen la conduce de otro modo, desde otro punto de vista. No es la desgracia de Northup con la que nos identificamos; es con su fuerza y con su esperanza de recuperar la libertad algún día. El peso de la película llega después, cuando ya se ha salido de la sala y  la cinta puede analizarse en retrospectiva. Qué vida la de Northup, toda llena de dolor. Nos conmovemos ahora sí, y nos pesa. 

La maestría de Chiwetel Ejifor es la de sostener, durante las dos horas que dura la película, ese dolor contenido, esa resistencia pasiva, ese deseo permanente de salir a pesar de que las situaciones indicaran lo contrario.  La actuación desde la permanencia. Con pocos saltos evidentes de humor, Ejifor logra lo que muy pocos actores logran: contarnos lo que le ocurre al personaje desde su  mirada. 

 

 

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