Nebraska, muy cerca de ganarse la estatuilla dorada

*Bajo la dirección de Alexander Payne, Nebraska llega a las salas de cine del país mañana, justo dos días antes de la gala.*
Nebraska, muy cerca de ganarse la estatuilla dorada

Por: Hugo Chaparro Valderrama - Columnista de Cultura de El Espectador.

 

Tracemos una línea en el tiempo y recordemos los años del cine en blanco y negro, cuando vivió un novelista, crítico, guionista y poeta cinematográfico llamado James Agee. En la primera mitad del siglo XX, Agee no sólo comprendió el lirismo del cine, también escribió al respecto, y en su novela autobiográfica, A Death in the Family, evocó su infancia y la muerte de su padre como una experiencia que merecía registrarse en términos literarios. La ficción le permitió comprender los recuerdos de su realidad. Y aunque Agee no logró terminar la novela porque la muerte fracturó su vida –pero jamás su talento, que todavía permanece cuando leemos sus textos-, la novela es una de las reflexiones más entrañables y conmovedoras sobre las ausencias que van poblando las imágenes de nuestras fotografías, desvaneciendo su presencia física para heredarnos su rastro en la memoria.

El tiempo de Agee, de su novela publicada a finales de los años 50, es posible recordarlo cuando vivimos la experiencia de otra reflexión acerca del rigor del tiempo y de su fragilidad, en la que brilla como un don la lealtad de un hijo que acompaña a su padre en un viaje y ambos descubren el sentido de su relación, matizada de manera tragicómica para observar en qué forma se expresan las miserias del ser humano cuando sus familiares, animados por la codicia, le exigen al padre del muchacho su fortuna imaginaria.

Nebraska (Payne, 2013), podría ser una historia soñada por Agee cuando se revela en la pantalla su compasión para expresar y entender, según el guionista Bob Nelson, el laberinto que atraviesan en la carretera Woody Grant (Bruce Dern), como el padre que bordea las nubes de una memoria envejecida, y su hijo David (Will Forte), que atestigua el deterioro de su padre como si se hubiera prometido actuar con él durante el viaje honrando la comprensión que expresa Otis Redding en Try a Little Tenderness, una canción para llevar en la memoria por sus líneas que nos hablan acerca del amor devoto y generoso.

La intimidad que permite el blanco y negro, equivalente en ciertas películas a lo que podría ser la poesía en la pantalla –melancólica y desolada en The Last Picture Show (Bogdanovich, 1971); discretamente épica por los antihéroes que protagonizan un canto apocalíptico del cine en Kings of the Road (Wenders, 1976); aterradora en la visión del Londres victoriano según The Elephant Man (Lynch, 1980); irónica ante el péndulo que mueve al destino y sus sorpresas en Stranger Than Paradise (Jarmusch, 1984)-, en Nebraska se presenta como un retrato en movimiento del álbum familiar, registrando con imágenes la anécdota que pudo detener la cámara en un instante fotográfico; logrando un espejismo de otro tiempo cuando la excepción del blanco y negro nos sitúa en este momento del transcurso del cine en un pasado visual, que felizmente nos alcanza en el presente y confunde los tiempos en esta celebración de la bondad y el coraje en contra de la mezquindad y el rencor, que nutre las pequeñas batallas y los grandes triunfos en las imágenes de Payne.

El cuerpo que arrastra el padre con dificultad mientras camina a un lado de la carretera al inicio de Nebraska, describiendo el extravío que guía con paciencia el hijo cuando rescata a su padre de la soledad y la ingenua confianza que lo conduce a cobrar el premio ficticio de un millón de dólares, nos señala el ritmo que tendrá un viaje prolongado con esfuerzo detrás de la ilusión –banal si comprendemos que el premio, ni el puerto de llegada, interesan tanto como los hechos que suceden en la ruta-. David es Ulises en busca de su padre, un ser humano al que descubre en el camino, al que conoce por encuentros que le enseñan un pasado misterioso descifrado por un viejo conocido, Ed Pegram (Stacy Keach), que anima los fantasmas sepultados cuando los desentierra en mala hora y reta al padre de David.

El carácter provinciano y arraigado en la vida de un pueblo donde existe el universo, se acentúa a través de la memoria implacable y mordaz, que contrasta con la frágil y brumosa de su esposo, permitiendo a Kate Grant (June Squibb) observar el pasado de su vida con la gracia agridulce que acapara la atención de la cámara y del espectador, fascinado con sus ironías mientras recuerda a los muchachos que miraban sus calzones después de haber crecido en el campo observando el culo de los cerdos y las vacas; hablando con sinceridad de los muertos que vivieron, bien o mal, antes de dormir entre sus tumbas; despreciando a los parientes que quieren aprovechar la suerte imaginaria de Woody –los oportunistas de siempre, encarnados como dos caricaturas grotescas por los primos de David, que quieren continuar, gracias a la fortuna del tío, desperdiciando sus vidas en la mediocridad que los define-; exclamando Kate, sorprendida, cuando se entera del dinero que ha ganado supuestamente su marido, una frase inolvidable de Nebraska: “¡Nunca supe que el desgraciado quería ser millonario! ¡Pudo pensarlo hace años y trabajar por eso!”.

La frase resume su vida conyugal. Sin concesiones. Tajante y definitiva cuando los años le han enseñado que ya no tiene por qué darle explicaciones a nadie o evitar la rapidez de su sinceridad, que siempre es certera y le evita malgastar el tiempo –lo único que tiene para seguir viviendo de la mejor manera posible-. Y en caso de que ofrezca alguna explicación, es acerca de los otros, cuando puede asegurarle a David, sin que le tiemble la voz, que una mujer murió en el pueblo simplemente “porque un día se vio en el espejo”.

La familia se completa cuando aparece Ross (Bob Odenkirk), una estrella doméstica, que presenta noticias en la televisión local, y discute con su hermano David lo que han discutido cientos de hermanos en el mundo cuando consideran la posibilidad de entregar a sus padres a un ancianato. Cada personaje es único en su mundo y nos representa a todos de diversas maneras. Demuestra que es posible rescatar lo mejor del ser humano en la dificultad. Al menos en la ficción de Nebraska. En su estilo narrativo; en sus imágenes debidas a Phedon Papamichael –cercano a otros directores de fotografía que han hecho del blanco y negro en la pantalla una visión del tiempo iluminado con la calidez de un buen recuerdo: Robert Surtees, László Kovács, Robby Müller, Martin Schäfer, Tom DiCillo, Gordon Willis-; en la ironía de la frase que asegura esperanzada “hogar dulce hogar”, cuando el hogar puede ser un campo de batalla, salvado del naufragio si procuramos encontrar en sus presencias entrañables el salvavidas necesario para continuar, así como sucede en Nebraska: una película que vemos en la pantalla mientras la pantalla observa nuestras vidas.