¿Quién fue la pieza clave para capturar a los asesinos de Galán?

Aunque los homicidas de Luis Carlos Galán fueron identificados poco tiempo después y confesaron la verdad detrás del atentado, el crimen permanece impune.
¿Quién fue la pieza clave para capturar a los asesinos de Galán?

Tres semanas después del asesinato de Luis Carlos Galán en Soacha, cuando el líder de la zona esmeraldífera de Boyacá Pablo Elías Delgadillo reportó a la XIII Brigada del Ejército sus hallazgos viendo las fotos exclusivas de la revista CROMOS, la investigación judicial ya parecía resuelta. Cinco hombres estaban presos desde el cuarto día del atentado y las palabras de complacencia del presidente Virgilio Barco por la rapidez de la Policía Judicial para esclarecer el caso daban crédito a la justicia por su agudeza y premura para enfrentar a los criminales.

Cercano a Víctor Carranza, que entonces libraba una guerra aparte con el capo del narcotráfico Gonzalo Rodríguez Gacha, el esmeraldero Pablo Elías Delgadillo advirtió que un hombre de sombrero blanco que aparecía en varias fotos sosteniendo una pancarta en el ángulo izquierdo de la tarima donde cayó asesinado Galán, era un excavador de las minas de Muzo y Coscuez que hacía vueltas para «El mejicano». Además no era difícil ubicarlo. Bastaba acudir a la avenida Jiménez con carrera séptima en Bogotá donde solía aparecerse a revender esmeraldas.

Con apoyo de la Policía y de las autoridades judiciales, el individuo fue capturado el martes 19 de septiembre de 1989, a dos cuadras de su casa ubicada en el barrio Luján, al occidente de Bogotá. Al día siguiente, ante un juez de instrucción penal militar, al ser indagado por su presencia en el lugar del atentado a Luis Carlos Galán, en desarrollo de una versión libre y espontánea confirmó llamarse José Orlando Chávez Fajardo, confesó su participación en el magnicidio y se mostró dispuesto a ratificar todo lo dicho bajo la gravedad del juramento.

De 29 años de edad, natural de La Palma (Cundinamarca), Chávez Fajardo señaló a Jaime Eduardo Rueda Rocha, un sujeto de Yacopí a quien había conocido ocho años antes en las minas de Muzo, como el cerebro y ejecutor del asesinato. En su favor se defendió diciendo que su papel fue únicamente sostener la pancarta alusiva al candidato y hacer dos o tres tiros al piso en el momento del ataque. Por ese apoyo, aseguró que Rueda Rocha le ofreció una casa y un carro, pero también le dijo que si no lo hacía no debía contar con su vida ni la de su familia.

Al ser interrogado sobre Jaime Rueda Rocha manifestó que primero había sido guerrillero de las FARC y luego hombre de confianza de Gonzalo Rodríguez Gacha. Además admitió que, entre otros, también participaron en el plan homicida el hermano medio de Rueda, Éver Rueda Silva, y Pedro Páez, alias Nájaro. Sobre los motivos para el crimen puntualizó que la mayor parte del dinero la aportó «El mejicano» y que, cuando él mismo indagó las razones del atentado, Rueda contestó que Galán no estaba de acuerdo con los grupos de autodefensa y sí con la extradición.

Gracias a la confesión de José Orlando Chávez, en 24 horas fueron detenidos Jaime Rueda Rocha; su hermano medio, José Éver Rueda; y Enrique Chávez Vargas. El anuncio de las capturas se concretó el viernes 22 de septiembre durante una rueda de prensa presidida por el comandante de la XIII Brigada del Ejército, general Ramón Eduardo Niebles, y el director de la Policía de Bogotá, coronel Nacim Yanine Díaz, quienes también relacionaron a los detenidos con el atentado a El Espectador sucedido días antes y con la campaña de exterminio contra la Unión Patriótica.

 

 

El peso de la verdad

Una semana después, cuando el hombre de la pancarta fue llevado ante el juez de orden público que instruía el caso Galán para ratificar su confesión, lo negó todo. Argumentó que se había inculpado por miedo a que lo mataran, pero que él no era el sujeto que aparecía en las fotos de la revista CROMOS aunque se parecía mucho. Su nueva versión fue que se enteró del asesinato del candidato presidencial por las noticias de televisión, pero que ese viernes 18 de agosto de 1989 estaba en su casa enfermo de los riñones.

Por fortuna, otro de los detenidos, Enrique Chávez Vargas, primo de Chávez Fajardo, rindió una declaración similar a la primera confesión, eso sí tomando distancia de la autoría directa del magnicidio. Días después, Éver Rueda Silva también admitió su intervención en el complot homicida y aportó esclarecedoras pistas, como involucrar a un teniente de la red de inteligencia del B2 de la XIII Brigada de apellido Flórez, clave para que los asesinos pudieran infiltrarse en el acto político.

A pesar de la gravedad de los testimonios y los antecedentes delictivos de los cuatro aprehendidos, sin mayor rigor la justicia adoptó determinaciones inexplicables. Le dio crédito absoluto a las dudosas pesquisas de la Dijín y el DAS, que el 22 de agosto habían capturado a cinco hombres en un mezzanine situado en la carrera cuarta con calle 19 en Bogotá. A estos detenidos se les negó la libertad bajo fianza, mientras que a los primos José Orlando y Enrique Chávez se les otorgaron beneficios por supuesta colaboración.

Se impuso la tesis de que el grupo encabezado por el químico farmacéutico Alberto Jubiz Hazbum y sus cuatro compañeros de infortunio judicial era responsable del crimen. Ni siquiera tuvo eficacia otro capítulo sombrío del expediente: lo sucedido al exministro de obras Carlos Obando, quien testificó que la noche del asesinato estuvo tomando whisky con Jubiz, contrario a la versión oficial que lo situó rondando en Soacha y, luego de sucesivas amenazas, fue blanco de un atentado.

No muy distinto al asedio que comenzaron a vivir José Orlando y Enrique Chávez desde que quedaron libres. Durante algunas semanas se mantuvieron en contacto con la justicia, luego desaparecieron en busca de protección. En marzo de 1990, en momentos en que Colombia seguía lamentando nuevas víctimas de crímenes políticos y carros bomba, con ocho balazos en su cuerpo producto de un ataque de desconocidos, el hombre de la pancarta reapareció en el hospital de La Hortúa.   

Esta vez esquivó la muerte pero pudo más la obsesión de quienes estaban empeñados en silenciarlo. A trece días de cumplirse el primer año del magnicidio, cuando Colombia ya sentía el peso de la impunidad y se abría paso la certeza de que en la cárcel había cinco chivos expiatorios, sobrevino el desenlace. El domingo 5 de agosto, cuando caminaban por el barrio Las Delicias, al sur de Bogotá, dos sujetos que se movilizaban en moto asesinaron a tiros a los primos José Orlando y Enrique Chávez.

Nada se supo de los autores del doble homicidio. En cambio un mes después, el 18 de septiembre de 1990, por la puerta principal de la penitenciaría de La Picota, se fugó Jaime Rueda Rocha, el asesino material de Luis Carlos Galán. El abogado Saúl Pérez ingresó al penal con una cédula falsa y suplantó al criminal, quien vistió sus ropas y salió de la cárcel con barba postiza. 19 meses más tarde, el 23 de abril de 1992, de nuevo en sus andanzas terroristas, fue abatido por la Policía en Honda (Tolima).

 

 

Una carta inútil

Del grupo de capturados en septiembre de 1989 solo quedaba vivo el medio hermano del asesino, Éver Rueda Silva. Intuyendo que su suerte no iba a ser distinta, en mayo de 1992 escribió una carta a su madre para que en caso de ser asesinado la entregara a la recién creada Fiscalía. Confesó su tiempo en la delincuencia y en la guerrilla, explicó cómo se vinculó a las autodefensas de Henry Pérez y «El mejicano», de qué manera intervino en la guerra contra la Unión Patriótica y aclaró cómo se planeó el asesinato de Galán.  

En su relato confirmó que el enlace principal fue el teniente Flórez de la red de inteligencia de la XIII Brigada y que gracias a él todos portaban carnés de esta unidad militar. Luego detalló dos reuniones: la primera en la Isla de la Fantasía, en el Magdalena Medio, durante una cumbre de mafiosos; y la segunda en la hacienda Mazatlán, en Pacho (Cundinamarca), fortín de «El mejicano». En tales encuentros se enteró del apoyo de «dos escoltas torcidos» del candidato presidencial.

 

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El hermano  del asesino material, Éver Rueda Silva, sospechaba que lo matarían y escribió una carta para dar a conocer toda la verdad en caso de que lo hicieran. En ella contó que todos los cómplices usaron sombrero blanco.  

 

Finalmente contó que dos días antes del atentado, en el apartamento del teniente Flórez en el barrio Metrópolis, se ultimaron detalles y funciones y se acordó que todos usaran sombrero blanco para distinguirse. Cuando se consumó el ataque, él y su hermano Jaime se refugiaron en el domicilio privado del oficial del Ejército. Tres semanas después viajaron al municipio de Puerto Boyacá y, con fiesta a bordo y la presencia de modelos de Cali, fueron felicitados por los capos del narcotráfico.

La carta de Rueda Silva, revelada doce años después por la revista Semana, en su momento no produjo acciones judiciales pero sí resultó premonitoria. El 29 de junio de 1992, dos meses después de la muerte de su hermano medio Jaime Rueda Rocha, un sargento (r) del Ejército que se encontraba detenido en La Picota, lo asesinó de un disparo en la cabeza. En menos de tres años, el hombre de la pancarta y tres de sus cómplices fueron silenciados sin que sus confesiones tuvieran efectos.

Nueve meses después, el 2 de marzo de 1993, la Fiscalía admitió que Alberto Jubiz Hazbum, Armando Bernal, Pedro Telmo, Luis Alfredo González y Norberto Murillo nada tenían que ver con el magnicidio. Quedaron libres después de tres años, seis meses y doce días de injusta prisión. Los verdaderos homicidas, identificados casi desde el día que Galán cayó herido de muerte en una improvisada tarima en la plaza central de Soacha, murieron asesinados. Con ellos se esfumó la verdad que 25 años después sigue refundida entre dudosos testigos y débiles expedientes.  

 

Fotos: Archivo CROMOS / José H Ruíz