Por la defensa de San Andrés

Las tradiciones raizales y la reserva de Seaflower son los principales atractivos que el archipiélago quiere mostrar hoy a los turistas. Rescatar su historia y defender su territorio son las prioridades de los isleños.
Por la defensa de San Andrés

San Andrés no solo es mar y playa. Semejante afirmación puede sonar extraña ante los ojos de los colombianos del continente que vemos en este archipiélago, sus islas e islotes, el mejor lugar para disfrutar del Caribe más allá de Cartagena y Santa Marta. Pero hay una enorme diferencia que convierte a este lugar en el mejor ejemplo de lo que tenemos por descubrir. Dejando de lado los pertinentes debates políticos y jurídicos por el fallo de la Corte Internacional de Justicia, es hora de ver nuestro único territorio insular con otros ojos. Con los ojos de curiosidad ante una cultura diversa y, por qué no decirlo, extraña.

Tal vez el afán propio del turista que va en un popular plan todo incluido no permite descubrir los rincones de San Andrés –sin hablar de Providencia y Santa Catalina– que están fuera de esa frontera invisible que separa el sector conocido como el centro (donde está concentrada la mayor parte de los hoteles) del resto de la isla donde la cultura raizal vive, vibra y hace todo por no sucumbir ante lo que los isleños llaman «colombianización».

 

4712662872_5f1c2097e9_o[1]

La pesca, artesanal e industrial es una forma de sustento económico pero, sobre todo,  la expresión de la fuerte relación del isleño con el mar.

 

Aunque no hay datos oficiales, se cree que apenas el 30 % de los casi 120 000 habitantes del archipiélago son raizales, es decir, pertenecientes a ese grupo étnico de origen angloafricano con una lengua, ancestros e historia propia. El resto, son «pañas», colombianos, italianos o sirio libaneses que llegaron durante los últimos sesenta años, en un repoblamiento auspiciado y promovido por el Estado colombiano. 

El pueblo raizal se ha sentido amenazado, no solo por su supervivencia física sino también por la conservación de sus expresiones culturales. Esa es una de las razones por las que en los últimos años se han trazado varios planes para rescatar esas manifestaciones. Desde el fortalecimiento de posadas nativas y los festivales musicales, hasta la reivindicación de su idioma (el creole), su religión (bautista) y la recuperación de los nombres originales de calles y barrios, que se fueron perdiendo en estos años de homogenización con el continente, hacen parte de esa estrategia de resistencia.

 

Las raíces 

Como sociedad moderna, el pueblo raizal nació alrededor de la Iglesia bautista, instaurada por ingleses y escoceses que fueron los primeros habitantes que se quedaron en la isla hacia 1629 e introdujeron el mercado de esclavos alrededor de las demás islas caribeñas. 

4620836932_5b374571c1_o[1]

Alrededor de los templos bautistas están resurgiendo otros elementos de la cultura además de la religión: el idioma (creole) y los valores puritanos que caracterizaron a los raizales.

 

La emancipación de los esclavos, en 1834, se produjo justamente por decisión de un pastor llamado Philip Livingston, quien además fundó la primera escuela bautista debajo de un árbol de tamarindo, donde les empezó a dar clases a los esclavos. Con la Biblia en la mano, los recién liberados aprendieron a leer, de tal manera que su economía, su familia y su vida, en general, giraban en torno a los valores del puritanismo inglés. 

Al lado de esa escuela nació al poco tiempo la Primera Iglesia Bautista, cuyo templo sigue en pie desde 1896 (la primera construcción se levantó en 1847) en un sector conocido como La Loma. Y justamente en esta zona se encuentra concentrada la mayoría de la población raizal. Allí se pueden apreciar las expresiones culturales más autóctonas. 

En este barrio se conservan las pocas construcciones tradicionales que sobreviven. Son casas de madera multicolor, con amplios balcones, dos pisos, pilotes elevados y puertas abiertas. Esta forma de construcción simboliza lo más profundo del pueblo raizal. Las casas eran concebidas como áreas para favorecer la creación de vínculos familiares y de vecindad. Los patios abiertos y sin divisiones interiores daban a la propiedad un valor colectivo. La isla era de todos y el territorio se heredaba. No había litigios. 

Lastimosamente la modernidad y el alto costo de la madera fueron desplazando poco a poco esta arquitectura nativa, dando paso al cemento y el hormigón que imperan en la zona hotelera y comercial. 

4712746548_426fe7bfbb_o[1]

Los isleños saben que los turistas, además de las bellas playas, buscan en San Andrés la zona comercial por los bajos precios que ofrecen. Pero ellos están interesados en mostrar otros valores de su cultura.

 

En La Loma está también la Laguna de Big Pound, un hermoso lugar que conserva gran diversidad de flora y fauna. Antes era sitio de paseos a caballo y aunque se ha perdido la costumbre, aún hay turistas que hacen recorridos en bicicleta y a pie. 

Recorrer las calles de La Loma significa salirse del bullicio de la zona comercial –sin duda uno de los principales atractivos de San Andres–, y adentrarse en otro mundo. Lejos de los complejos hoteleros corren por ellas niños que hablan en creole, caminan señoras con sus atuendos muy conservadores, sin algarabías se oyen ritmos isleños como el reggae, el «chotis» o la «contradanza», y se alcanza a percibir el olor –entre picante y dulzón, con el toque aromático del orégano– de la comida típica. San Andrés no se parece a otra ciudad caribeña colombiana: no hay «picós» ni juergas callejeras. Aquí la alegría se vive diferente. 

Se nota la fuerte influencia de la Iglesia bautista. Aunque convive con armonía con templos católicos y pentecostales, en este sector de la isla se respira esa tradición que hace del raizal un ser tranquilo, hogareño y apegado a sus costumbres. 

San Luis es otro sector de la isla que aún conserva un gran toque de cultura raizal a pesar de contar con gran afluencia de turistas que buscan sus hermosas y tranquilas playas. Todavía es fácil conseguir aquí posadas nativas y una increíble muestra de comida tradicional y ver algunas construcciones isleñas.

130910_minicromos2013SanAndres_DS_3964

Las construcciones nativas son una mezcla de rasgos de la arquitectura en madera inglesa victoriana, la holandesa y la africana, por lo que estas casas tienen un valor material incalculable. 

 

El mar, su tesoro más preciado

En estos dos sectores vive la gran mayoría de los pescadores y agricultores –la isla tiene aún una pequeña zona rural– que se aferran a vivir de lo que han vivido sus ancestros. Son ellos los más afectados por los entuertos jurídicos que dejó el fallo de la Corte Internacional de Justicia. Los 75 000 kilómetros de mar que siguen en entredicho en este litigio fronterizo significan para ellos una porción importante de su bien más preciado: la zona de reserva internacional de la biósfera conocida como Seaflower.

La Unesco la catalogó como una zona de importancia global desde el año 2000. Es uno de los sistemas productivos e interconectados más extensos del Caribe. Según estudios, allí viven 48 especies de corales duros y 54 de corales blandos, y hay cientos de esponjas, moluscos, crustáceos, tortugas marinas y ballenas. Sin contar 157 especies de aves y 130 de peces. 

Justamente allí vive el caracol pala, especie que está protegida por las autoridades colombianas con la veda debido a su sobreexplotación. Esta riqueza convierte la zona coralina del archipiélago en la segunda barrera de arrecifes más grande y mejor conservada del Caribe. Y justamente, tras la decisión de la CIJ, cerca del 54% de Seaflower quedaría en manos de Nicaragua. 

4556498109_9a2095a00b_o[1]

El golpe para los pescadores es doble. Por un lado, el 70% de la producción de langosta que Colombia exporta está en esta zona y, como en el caso del caracol pala, la forma de sobre explotación de los nicaragüenses amenaza con devastar estas especies. Eso significa que además de perder territorio marino, los isleños están a punto de perder su principal forma de subsistencia. «Es como si nos quitaran una parte de nuestro cuerpo», ha dicho la gobernadora, Aury Guerrero.

Ahora Colombia intenta que Seaflower sea declarado Patrimonio de la Humanidad para garantizar que Nicaragua no pueda explotar hidrocarburos y esté obligada a mantener una explotación responsable de los recursos para no afectar la economía isleña. Hay quienes piensan que esa declaratoria pasaría por un replanteamiento del fallo. 

La conexión de los raizales con el mar es muy fuerte. «Es como la del paisa con sus montañas», dicen ellos para intentar explicar por qué para un isleño perder territorio marino es más que «perder un poco de agua», como puede ser entendido por los colombianos del continente.

Y aunque San Andrés tiene un capital inmenso para explotar en sus playas y corales, y se enorgullecen de su mar de siete colores, del Hoyo Soplador y la cueva de Morgan, hay otros tesoros que prefieren defender. La prioridad es mantener viva su cultura, su idioma, su música, su comida, su religión. Vale la pena conocerlos y ayudar a preservarlos.

4619559767_fd949a1cd8_o

La música y el baile isleños luchan por mantenerse vivos frente a los ritmos exportados desde el continente. Los grupos tradicionales se están multiplicando y esperan superar el proceso de aculturización que los tuvo rezagados.

 

 

últimas noticias

Opciones para ser expertos en cocina

Beneficios de la vela de soya

El chile: el rey de la comida mexicana

El arte de desmaquillar

Mochilas hechas a mano