El nuevo templo de la educación

El Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo es mucho más que una imponente obra arquitectónica. El director del Centro, Ramiro Osorio, quiere que sea una ventana por la que se asome Colombia hacia el mundo y una excelente vitrina para los artistas nacionales hacia el exterior.

Los medios de comunicación repitieron los números hasta la saciedad: 23.000 metros cuadrados de construcción; 50.000 metros cuadrados de parques; una biblioteca que albergará 150.000 títulos; un teatro mayor con capacidad para 1.189 espectadores, y otro experimental para 390 personas. Hablaron de los aportes oficiales, que superan los 50.000 millones de pesos. Hablaron de la imponencia arquitectónica, de la calidad de la iluminación y del sonido, de la amplitud de los escenarios, de los dos fosos del teatro que, unidos, pueden albergar hasta 110 músicos. Hablaron del telón de boca, diseñado por el pintor Juan Cárdenas, y de la enorme tramoya capaz de satisfacer las exigencias de cualquier director de teatro del mundo.

Pero sólo cuando la Orquesta Filarmónica de Bogotá lanzó al aire los primeros compases de la obertura de Carmen, el público entendió de lo que se trataba, lo que significaban esos 55.000 millones de pesos que donó el Grupo Santo Domingo y que hicieron posible la inauguración del Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo.

Las frías cifras de la construcción quedaron opacadas frente a la calidez de la música, y por ende, frente a las dimensiones culturales que un proyecto como este puede generar en Bogotá.

El responsable de aprovechar esta oportunidad en el futuro inmediato es Ramiro Osorio, un hombre suficientemente curtido en las lides de la gestión cultural que quedó emocionado cuando supo del proyecto. Llevaba diez años por fuera de Colombia, primero como director del Festival Cervantino, en México, y luego en Madrid en la Secretaría General Iberoamericana y en la dirección de Arteria, la colosal iniciativa de infraestructuras artísticas para toda Iberoamérica. Pero tenía unas ganas enormes de regresar a Colombia, donde había sido artífice del Festival Iberoamericano de Teatro, al lado de Fanny Mikey, y ocupado la primera cartera del Ministerio de Cultura. Cuando se enteró del proyecto, hace cinco meses, no dudó en candidatizarse para dirigirlo.

Y puede que él sea el hombre ideal para la tarea. Osorio ha quemado literalmente todas las etapas a las que pueda aspirar un gestor cultural. Desde muy joven saltó de la creación artística a la administrativa, motivado por la pasión por el teatro. Vendió boletas, limpió salas, se abrió paso sin dinero para sacar adelante sus propios grupos de teatro. Organizó festivales y fue de los primeros en convencer a la empresa privada de que era indispensable invertir en proyectos culturales. Formado en México, aún conserva de su juventud cierto dejo en el acento. Y desde que fue ministro de Cultura en 1997, ha acumulado también algunas canas.

Habla con la fascinación de un niño sobre la obra que tiene entre manos. Quizás ese sea el secreto de su éxito: “Es la única forma de convencer a los demás, estar convencido de que tu proyecto es bueno”, afirma. Y sí que lo es. Su misión es crear un modelo de gestión que sea sostenible social y económicamente, con una programación que resulte atractiva para el público, para los donantes y para los patrocinadores. Algo que no puede dejarse al azar de la improvisación. Los programas los ha estudiado con un año de anticipación y entre los planes inmediatos está, por ejemplo, traer a la Cuadra de Sevilla, el ballet de Estocolmo 59 grados y la orquesta Diván, del director Daniel Barenboim. Anda preparando un ciclo de Dostoievski con los cuatro montajes que sobre el autor ruso ha hecho el Teatro Libre; otro sobre tango, otro sobre flamenco y otro más de música antigua, renacentista y virreinal, que se llevará a cabo en torno a la Semana Santa.

“Vamos a hacer que este teatro sea un generador de conocimiento, de privilegios para acercarnos a lo que hoy es la creación artística, vamos a ser la ventana que abrimos en Colombia para asomarnos a lo que está sucediendo en el mundo. Claro, también será la vitrina para que los artistas nacionales contemporáneos ingresen al panorama internacional como se merecen”.

El magnífico escenario del Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo, que combina la producción artística con una biblioteca pública con suficiente capacidad para transformar la vida cultural de más de un millón de habitantes del noroccidente de Bogotá, está hecho para que eso sea posible. Sólo falta una buena dosis de creatividad gerencial. Y Ramiro Osorio parece tenerla a borbotones.