Man Ray: El fotógrafo de lo moderno

Los amantes del arte del siglo XX tienen un buen motivo para celebrar: la retrospectiva que el Banco de la República exhibe desde el 15 de octubre del artista estadounidense Man Ray. Son más de 160 obras entre grabados, fotografías, pinturas y esculturas de uno de los más grandes artífices de la modernidad.
Man Ray: El fotógrafo de lo moderno

¿Cuántos Man Ray existen? Para empezar, cuatro: el pintor, el fotógrafo, el escultor, el cineasta… Pero podrían ser muchos más. Al menos ese es el planteamiento que le hace al espectador la retrospectiva que presenta el Banco de la República del siempre iconoclasta artista norteamericano, uno de los hijos más prolíficos del Avant-Garde neoyorquino y del París de entreguerras, que aún hoy, casi 100 años después de su primera creación, sigue siendo objeto de culto e inspirador de nuevas corrientes artísticas.

Desde sus comienzos Emmanuel Rudzitsky –más conocido como Man Ray– tuvo la valentía de experimentar con casi todas las técnicas de las artes plásticas. Se inició con la pintura cubista, que mostró en la legendaria exposición en Nueva York en el Armory Show de 1913. En adelante, su vínculo con el fotógrafo Alfred Stieglitz y los artistas franceses Marcel Duchamp y Francis Picabia, lo introdujeron en el mundo de la fotografía y el ready made, prácticas que lo convirtieron en uno de los precursores del movimiento dadaísta en Norte América.

En 1920 fundó Société Anonyme, un colectivo dedicado a promover exposiciones, conciertos y todo tipo de eventos. Aunque en un momento estuvo ligado a la academia, fue en realidad un artista experimental y autodidacta, que cuestionaba el statu quo y que creía plenamente en la libertad creadora: “Tenía la necesidad de destruir las viejas convenciones, de desobedecer a fin de recrear la vida y un mundo liberado”. Esa motivación lo llevó a explorar técnicas como los rayogramas y la solarización en la fotografía, así como el collage, el cadáver exquisito (técnica surrealista que consistía en una composición colectiva de expresiones espontáneas de dibujo y escritura) y esculturas que motivaban el desconcierto de la crítica especializada. Pero quizás el lenguaje en el que encajan perfectamente sus obras es en el surrealismo, movimiento que fue su casa desde su llegada a París y que parece traducir fielmente las motivaciones más poderosas del artista.

En Francia se dedicó a la fotografía de moda y al retrato de personalidades que frecuentaba en el París de los años 20. Personajes como Pablo Picasso, James Joyce, Salvador Dalí, Paul Eluard, André Breton y Coco Chanel posaron para su lente, así como cantantes y otras celebridades que jugaron papeles importantes en la historia del siglo pasado. El desnudo fue otra de sus obsesiones y lo exploró a través de imágenes que son metáforas, porque aunque las mujeres destellaban sensualidad, en ellos imperaba el carácter teatral y la puesta en escena. Su interés era ilustrar mundos paralelos, fantasmagóricos y oníricos. Aquello que el simple ojo no podía percibir por sí mismo, en las palabras del crítico y curador Eduardo Serrano: “Lo importante no era lo que captaba con su cámara, él construía sus propias imágenes”.

En 1940, huyendo de la ocupación alemana, se fue a Hollywood, donde escribió guiones y se involucró activamente con producciones cinematográficas sin abandonar su afición por la pintura, una disciplina en la que no tuvo un reconocimiento notable y de la que llegó a declarar con cierta frustración: “A un pintor convertido en fotógrafo se le perdona fácilmente, pero un fotógrafo conocido, como era yo, que se convierte en pintor, aunque algunos lo reconozcan como pionero, siempre será mirado con recelo”.

En 1951 regresó a París para siempre. Allí retomó su trabajo como fotógrafo y continuó adentrándose en la experimentación y en la creación de atmósferas poetizadas para sus imágenes, que no eran otra cosa que alegorías de sus obsesiones artísticas. Fue el primero en introducirle ese carácter dramático a las fotografías de moda y a los retratos, y así marcó un antes y un después en la fotografía comercial. De cierta forma, fue el principal responsable de elevar la fotografía a la categoría de arte.

Cuando los curadores y críticos se preguntan cuántos Man Ray existieron, no hay una respuesta única. “Podríamos decir que dentro del mismo artista coexisten distintos creadores, todos igual de imaginativos e innovadores”, afirmó Marisa Oropesa, curadora de la exposición. El pintor, el escultor, el escritor, el fotógrafo… son sólo algunos de los personajes que consiguió caracterizar en un intento por comprender la dimensión de la mente humana. “El arte es la única forma de actividad por la cual el hombre se manifiesta como verdadero individuo”, dijo. Lo suyo no era la estabilidad de un oficio bien logrado sino el camino sinuoso de la exploración constante, de la necesidad de dejar huella de una existencia que no terminó nunca de sorprenderlo.

La perplejidad ante la vida le permitió al mismo tiempo mirar la realidad con cierta candidez, con un tono de ironía y la necesidad de liberarse de todo lo establecido: “Man Ray buscaba la espontaneidad del pensamiento. Es importante verlo para acercarse a una de las obras más punzantes del arte moderno. Su obra está llena de contenidos revolucionarios y subversivos”, afirma Serrano. Una oportunidad única para entrar en el universo desconcertante de este original creador.

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