El amor, un invento moderno

¿El amor se está acabando o es que todavía no entendemos su lógica?
El amor, un invento moderno

Más que una crisis de domingo por la tarde, la reflexión sobre el amor de pareja nos inquieta en todo momento. Como dicen los libros de autoayuda, quisiéramos “ser” en el amor de pareja, disfrutando de la verdadera intimidad emocional, sexual, intelectual y espiritual, con los tres amores equilibrados: Eros, Agape y Philia.

Sin embargo, ahora nos enamoramos y rompemos cada semana, vivimos amores de codependencia y de comportamientos obsesivos, y cada vez que empezamos una relación, nos preguntamos de nuevo: ¿Esta es la persona? Examinamos cada una de sus cualidades y hacemos una taxonomía de sus sentimientos y de sus relaciones pasadas, y no acabamos de cuestionarnos si esto es de verdad amor. Al final echamos de nuevo todo a perder y quedamos como almas extraviadas, buscando –como en el mito de Zeus– desesperadamente la otra mitad. Vivimos confundidos, ansiosos y con verdaderas crisis de angustia. El amor, más que una experiencia dulce, se ha vuelto una verdadera tragedia amarga y desilusionante. El amor es un invento moderno que no acabamos de entender ni de realizar.

La modernidad acabó con el matrimonio medieval, que unía a la pareja por conveniencias bélicas, políticas, económicas o sociales. Según Luc Ferry, filósofo francés, el inventor del matrimonio por amor fue el capitalismo. Atraídas por el salario, las personas dejaron sus comunidades de origen para ir a trabajar a la ciudad y, al mismo tiempo, se emanciparon del peso de la tradición y de la religión. Adquirieron la libertad de relacionarse por amor.

Curiosamente, en ese mismo momento, el capitalismo inventó el divorcio, pues en este nuevo contrato por amor, no tenía sentido seguir juntos cuando el amor se extinguía.  La gente ya no se atiene al compromiso para soportarse al otro. En un contra movimiento a veces exagerado, el menor inconveniente pone el vínculo en juego. El mandato moderno del amor como condición está tan profundamente interiorizado, que no perdona.

Es tan nueva esta manera de vinculación, que aún no hemos estabilizado este proceso de quedarnos emparejados sólo por amor. Atrás van quedando rotas las relaciones por dependencias, los viejos contratos de sumisión y maltrato, de usar los hijos como excusa para dar oxígeno a un matrimonio muerto, de aplazar la felicidad y la vida misma. Tampoco es negociable la violencia ni ningún tipo de maltrato, las adicciones y la impotabilidad de carácter.

La gente ya no se atiene al compromiso para soportarse al otro. En un contra movimiento a veces exagerado, el menor inconveniente pone el vínculo en juego. El mandato moderno del amor como condición está tan profundamente interiorizado, que no perdona. Es tan nueva esta manera de vinculación, que aún no hemos estabilizado este proceso de quedarnos emparejados sólo por amor. Atrás van quedando rotas las relaciones por dependencias, los viejos contratos de sumisión y maltrato, de usar los hijos como excusa para dar oxígeno a un matrimonio muerto, de aplazar la felicidad y la vida misma. Tampoco es negociable la violencia ni ningún tipo de maltrato, las adicciones y la impotabilidad de carácter.

Sin embargo, no hemos hallado un nuevo modelo de relación. Seguimos tropezando en la búsqueda del amor, contra un techo de cristal que nos estruja y nos devuelve a una realidad solitaria e hiriente: la de un infierno que no es otra cosa que tener a la pareja al lado y no saber cómo amarla; o la del purgatorio de separarnos sin entender para qué lo hicimos. Seguimos atrapados en la polaridad de emparejarnos o separarnos, sin desarrollar creativamente espacios de amor consciente, amor despierto, amor de lucha, de vínculo, sano.

No es que el amor se esté acabando. Todo lo contrario, está comenzando a emerger y a florecer entre las parejas. Las personas están decididas a quedarse por amor, pero no saben qué amor. ¿Amor concepto? ¿Amor producto? Muchos no saben lo que buscan y desprecian lo que encuentran, tienen tanta necesidad y sed que por contra fobia han desarrollado mecanismos de protección para no ser dañados, para no ser ahogados en un vínculo fatigante. Por oposición, han desarrollado un complejo caparazón psicológico y discursivo, impenetrable al amor, con excusas en todo, para no vincularse, para no quedarse y para no comprometerse: “Me siento invadido, controlado y confundido”. ¿Les suena conocido? Prefieren resguardarse bajo el famoso lugar común: “Necesito tiempo para pensar”, y cimentarse en las trincheras del “yo” para construir un reino tipo El Principito: rico pero impotente, solitario.

 

La pareja interior

Carl Jung decía que todos tenemos en nuestro inconsciente una pareja interior, es decir, una imagen opuesta de nosotros mismos, con cualidades y defectos que no podemos manejar conscientemente. Por lo tanto, proyectamos esta imagen sobre la persona con la que nos relacionamos íntimamente, esto es dándole al otro poderes o defectos que nos pertenecen, pero que no asumimos por miedos y vergüenzas. Es justo aquí cuando el amor, el invento moderno, se nos sale de las manos, y huimos antes de ser descubiertos en nuestra carencia, en nuestro subdesarrollo del amor, en nuestro demoledor amor parasitario. Hemos olvidado lo esencial: la realización de la pareja interior que nos permita relacionarnos sanamente también con los demás.

En últimas instancia, como dice Eckhart Tolle, “en el amor no existe otra persona, siempre estás al encuentro de ti mismo”. De esta manera, primero practique con usted, invítese a cenar, cómprese flores, llévese a cine, logre que usted se guste a sí mismo y después disfrútese con otro.

 

Foto: Youtube.

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