El peligro de seguir como si nada

La crisis económica ha dejado en evidencia un nuevo fenómeno social: el branding, o la capacidad de venderse a sí mismo, en circunstancias adversas, como un individuo exitoso. La tendencia no es tan eficaz como se cree y hasta puede provocar serias repercusiones en la personalidad.
El peligro de seguir como si nada

Hay quienes a pesar de sufrir en carne propia la crisis económica, no se atreven a vender el carro y mantienen sus vestidos de última moda aunque su cara esté desencajada, el ceño fruncido y la cabeza llena de cuentas por pagar. Hay quienes, desempleados, se niegan a bajar de estatus. Las ejecutivas en bancarrota no se deshacen de su pompa, ni cancelan su Blackberry, aunque ya no tengan minutos. Hacen como que chatean en las entrevistas de trabajo y pasan todo el día fuera de casa haciendo contactos: “Lo importante es que no se olviden de uno”, alegan. Todos ellos justifican su actitud porque no pueden darse el lujo de desmoronarse en la adversidad.

Son expertos en branding, un concepto de mercadeo que las personas usan para sí mismas: se manejan como un producto que gerencian a través de las relaciones, la comunicación y el estatus. Este tipo de fachada tiene muy buenos resultados en algunos casos. Las personas se valoran y valoran lo que hacen y así se venden al mejor precio. Sin embargo, la estrategia puede derivar en una negación de la realidad, en una larga mentira de poca consistencia, muy difícil de sostener y con repercusiones en el carácter y en la manera como se afrontan las crisis.

Esta nueva tendencia, “hacerse branding”, que se abre camino en Colombia, también puede significar “hacerse el loco”. Y aunque suena muy in, puede llevar a los implicados a fuertes crisis nerviosas, pérdida de sentido de vida, trastornos de sueño, depresión y doble personalidad.

El fenómeno del branding es un anglicismo empleado en mercadotecnia que hace referencia al proceso de una persona de hacerse y construirse como una marca, mediante la administración estratégica de las competencias y talentos. Las personas se ven a sí mismas como un producto que muchas veces manejan inflando el ego, concentrándose en desarrollar estrategias para mantenerse vigente en el mercado. En otras palabras, son como un iceberg que sólo deja asomar a la superficie lo que les conviene, lo que impacta y crea recordación, sabiendo que en el fondo se oculta un mar de carencias y un profundo vacío personal que tendrán que enmascarar con una perfecta sonrisa de éxito y el eslogan de “excelente y cada día mejorando”. La actitud positiva frente a la crisis del desempleo, mal manejada, puede convertirse en una trampa sin salida que corresponde más a la negación de la realidad y a la incapacidad de manejar la verdad con todo y sus consecuencias.

El branding niega lo que duele, lo que frustra; invita a desarrollar comportamientos y rutinas frente a las crisis que no dejan ver sino la incapacidad de aceptar y de asimilar los cambios. Reprime las emociones que generan los duelos, las pérdidas o las frustraciones (dolor, rabia) y a cambio pone a andar como mecanismo de defensa la negación de la realidad, transformándola por compensación en una falsa abundancia. Es un mecanismo muy infantil y desesperado, pero demuestra también la urgente necesidad de desarrollar una verdadera madurez de los talentos, de un liderazgo venido desde el interior y no surgido del recetario de líderes de internet.

Víctimas del branding

No todas las personas tienen la capacidad de estar en el aquí y en el ahora, algunas necesitan dosificar la realidad hasta poder digerirla. Otras buscan formas de escape. Muchas ni siquiera sabrán lo que están haciendo, pues actúan de manera robotizada como una vieja estrategia de familia, con un fortísimo instinto que todo lo valida con tal de no vivir de nuevo la carencia, no repetir la historia trágica del papá desempleado, del tío que se fue disolviendo desde que cerró la fabrica, etcétera.

Con todas estas amenazas, muchas personas crecen con una necesidad de ser infalibles, una especie de superhéroes que no sólo se creen que vuelan, sino que lo pueden todo. Para algunos practicantes del branding, la familia es su peor escenario, pues tienen que engañarla de la mejor manera con tal de no dejar ver su humanidad. Más cuando en algunas familias el valor de las personas es establecido por los resultados. En estos casos perder la imagen es perderlo todo. Se hacen adictos al aplauso y a la constante aprobación, viven la vida para otros, para ser reconocidos por otros y obtienen su valor, su autoestima y su confianza desde afuera por la medición de sus logros más que por las propias vivencias y certezas internas.

Si usted está atrapado en esta dinámica del branding, deje el maletín, ríndase, no siga haciendo la ruta de Transmilenio todas las mañanas fingiendo que va a lado alguno. Tal vez desmoronarse es lo que necesita, dialogar con la familia sobre su realidad. Confíe profundamente enosificar la realidad hasta poder digerirla. Otras buscan formas de escape. Muchas ni siquiera sabrán lo que están haciendo, pues actúan de manera robotizada como una vieja estrategia de familia, con un fortísimo instinto que todo lo valida con tal de no vivir de nuevo la carencia, no repetir la historia trágica del papá desempleado, del tío que se fue disolviendo desde que cerró la fabrica, etcétera.

Con todas estas amenazas, muchas personas crecen con una necesidad de ser infalibles, una especie de superhéroes que no sólo se creen que vuelan, sino que lo pueden todo. Para algunos practicantes del branding, la familia es su peor escenario, pues tienen que engañarla de la mejor manera con tal de no dejar ver su humanidad. Más cuando en algunas familias el valor de las personas es establecido por los resultados. En estos casos perder la imagen es perderlo todo. Se hacen adictos al aplauso y a la constante aprobación, viven la vida para otros, para ser reconocidos por otros y obtienen su valor, su autoestima y su confianza desde afuera por la medición de sus logros más que por las propias vivencias y certezas internas.

Si usted está atrapado en esta dinámica del branding, deje el maletín, ríndase, no siga haciendo la ruta de Transmilenio todas las mañanas fingiendo que va a lado alguno. Tal vez desmoronarse es lo que necesita, dialogar con la familia sobre su realidad. Confíe profundamente en que la gente que lo ama lo apoyará. El desenmascaramiento también se puede hacer con amor, poco a poco. También en el dolor hay ternura. Vaya ganando espacios de verdad para ir construyendo con solidez, y no confunda maquillarse con enmascararse. Uno puede adornar y condimentar la vida, pero no puede vivir una mentira ni obligar a nadie a que lo haga.

El principio de realidad brindará también un principio de capacidad. Cuando se acepta la realidad, puede haber aprendizaje. El contacto con la frustración da comienzo al proceso de resiliencia, que no es otra cosa que la verdadera capacidad de sobreponernos y de levantarnos de los reveses de la vida. Es una recuperación consciente, con autoevaluaciones, que nos permite desarrollar verdaderas competencias y no sus hologramas. Este proceso se llama madurez: estar en exposición a la vida, sin evitarla, tomándola con todo, con sus alegrías y dolores, viviéndola desde un centro de autoconfianza, de autoaceptación y de valentía que es el que nos permite ser quienes somos. Es la única manera de hacer cambios duraderos, no en su hoja de vida, sino en su verdadera vida.

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