El sexo en la ciudad

La modernidad ha vendido una idea de la sexualidad muy parecida a la de un producto de consumo con el que cada cual busca satisfacerse individualmente a costa del otro.
El sexo en la ciudad

Ella se ha ido a la cama con su portátil en la mano. Él se ha quedado un rato más en la tele; en los límites entre la perversión y el erotismo, busca sin buscar escenas estimulantes que estén apenas en el limbo entre la culpa y la curiosidad. Ella, seducida por los mails anónimos de páginas web desconocidas. Perpleja y curiosa, observa una danza desnuda entre violencia, genitalidad, instinto e hipocresía de los actores. En la mitad de la noche, sin verse si quiera, “hacen el amor”, cada uno dentro de sus mundos imaginarios, vacíos de sí, absolutamente modernos y completamente ajenos, con su versión privada inconfesable de la excitación.

Él sueña con quien no está y ella con quien no se atreve. Al desayuno parecen perfectos, el uno para el otro, y renace en ellos la voz de su mundo interior: “Es mejor conservar, profundizar la relación, protegerse del desenfreno sexual del mundo exterior”. Cuando cae la noche, resuenan de nuevo en ellos las voces del mundo externo, excitante, que proclama libertad e independencia: “¿Por qué no? ¿Qué me puede pasar?”. Pareciera que la felicidad está a un clic de distancia, y entonces se presiona la tecla enter.

Comienza de nuevo la polaridad agobiante. De un lado, la represión de la sexualidad gracias a lo que han sido la crianza y la moralidad: “Es mejor no abrir esas puertas”. Por el otro lado, la presión de la cultura de hoy que proclama el derecho a la búsqueda y la exploración de la sexualidad: “Se vale todo”. Ambos se mueven en un péndulo entre excitación y culpa, entre vergüenza y curiosidad.

La transformación de la intimidad

El sexo es una de las conductas humanas más manipuladas por la cultura. A lo largo de la historia nuestra sexualidad ha experimentado un sinnúmero de cambios ligados a la época, el lugar, los momentos y las creencias religiosas y morales. En nuestra cultura actual vivimos una profunda transformación de la intimidad, ligada a los cambios que experimentamos como sociedad, y al vertiginoso desenfreno de una exploración sexual que se nos salió de las manos en la búsqueda de una nueva frontera que aún no vemos con claridad.

En el mejor de los casos, queremos un punto medio que nos permita una libertad contenida frente a los impactos de la crisis moderna de la pareja: la fecundación invitro, la proliferación de hogares monoparentales, la aparición en la esfera pública y civil de las parejas homosexuales, el sexo virtual, los miles de juguetes y ayudas, el sexo anónimo y el mundo de la exploración de la libertades individuales mas allá de tabúes y traumas.

Todo esto ha planteado una nueva dinámica frente a la sexualidad que nos ha puesto solos el uno frente al otro sin tocarnos, atrapados en el derecho al placer y muy lejanos del encuentro. La sexualidad que propone ahora nuestra cultura y que se vende como satisfacción y felicidad, es una sexualidad separada del afecto, y que se queda muy distante del amor: realmente no importa el otro, lo convertimos en compañía desechable.

La sexualidad como producto

La sexualidad, que por años fue un secreto, se ha vuelto hoy en día un objeto, un mercado de intercambios en donde nadie intercambia nada, pues cada uno está en la búsqueda privada de la felicidad, en un neo-canibalismo que se alimenta de “consumir gente”; se busca obtener placer usando al otro, consumir al otro como un producto, como en los reality shows, que nos revelan los valores de nuestra intimidad medidos según las leyes de la economía de mercado y los estándares de venta en los movimientos de nuestra cultura del todo vale. Esta sexualidad eufórica esconde el profundo desamparo y la estremecedora soledad del dolor emocional que produce la desconexión del amor.

Nuestra cultura nos vende la independencia como un producto. Tenemos la libertad de no necesitar a nadie para ser feliz, y nadie es responsable de nuestra felicidad; es más, todo depende de nosotros mismos, más que del relacionamiento. Todo este movimiento de autodeterminación, mal leído e interpretado por los negociantes de la libertad, nos ha vendido que entregarnos es perder, que amar es depender, que querer es ser sumiso, que vincularnos es atarnos y que compartir con otros es debilitarnos.Así, reforzamos la exaltación del egoísmo sexual, de no necesitar de nadie. Hemos dejado de ser sujetos para pasar a ser objetos, mercenarios sexuales en la búsqueda de la ilusión de la felicidad privada, que solo garantiza insatisfacción.

Sexo en libertad vs. sexo por esclavitud

La sexualidad es persona a persona, no es solamente cuerpo a cuerpo. Cuando se conecta con el corazón, tomamos la totalidad del otro y realmente vivimos su trascendencia y plenitud. Cuando el corazón se abre entre parejas sexuales, emerge la verdad, la seguridad, el encuentro. Mas allá de la epidermis y las excitaciones del sexo consumo, aparece el otro como persona, y parece uno también una persona. La sexualidad, así practicada, ya no es una válvula de escape sino un camino de crecimiento, un vehículo del amor que sobrevivirá a esta cultura y a los embates de la publicidad y de la moda, que nos venden un sexo aeróbico carente del verdadero contenido secreto que es el amor.

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