!Hágale caso al instinto!

Dejarnos llevar por nuestra naturaleza no nos convierte en salvajes. Es un recurso vital tan válido como la racionalidad y las emociones.
!Hágale caso al instinto!

Francisco Javier es pálido y lánguido, temeroso de la autoridad, retraído. Tiene una hoja de vida impecable llena de certificados y argumentos para ser un líder. Sin embargo, pareciera que tuviera la pólvora mojada. No arranca, es tan absolutamente correcto, tan dependiente de la razón y de la lógica, que se ve totalmente domesticado y vencido, obvio y predecible, desconectado de su erotismo y de su malicia. Él es un prototipo de líder, pero está muy lejos de encarnarlo. Tiene miedo de su fuerza, de su animalidad, de su parte salvaje que lo despierta en medio de la noche con ganas de acción, de selva y de libertad.

Las mujeres le dicen Pachito, quizás porque lo ven indefenso. Y a fin de cuentas, Francisco es inofensivo, se llena de argumentos, de miedos y de culpas para no vivir su Dioniso interior. En su zona de confort, hace de la ciudad y de la razón –de su propia vida– una jaula desde donde mata lentamente, hasta el hastío, su parte salvaje.

El animal interior

No es una casualidad que muchas personas se hayan vuelto aficionadas a las mascotas o que pasen largas horas viendo programas de televisión en los que aparecen animales salvajes. Incluso hay quienes luchan por los derechos de los animales y su conservación. Esto corresponde a una nueva tendencia que está surgiendo muy adentro de nuestro cerebro, como una vieja consciencia: volverse sobre los pasos de la humanidad y recuperar, desde la salud, nuestra parte salvaje, nuestro animal interior.

Estamos hablando de volver a confiar en nuestro instinto, de dejarnos guiar –más allá de la razón y las emociones– por nuestro conocimiento directo, animal, el conocimiento del que sabe hacer las cosas sin explicárselas, que acecha y protege y distingue cuándo correr, cuándo quedarse quieto, cuándo invertir, cuándo retirarse. Este conocimiento milenario y ancestral hace parte de nuestro tercer cerebro, el animal, el cerebro “reptiliano”, el “instintual”, el cerebro de la acción, el que representa nuestra parte salvaje, indómita, el que nos convierte en seres tricerebrados y nos conecta con el conocimiento esencial, con nuestra parte primitiva, arcaica, que representa la mayor profundidad de nosotros mismos y está íntimamente ligada a nuestro anhelo de libertad y también a la conservación, como humanidad y como planeta. Estimular este cerebro es fundamental para desarrollar nuestro potencial como seres humanos.

El tercer cerebro

El psiquiatra chileno Claudio Naranjo es uno de los mayores investigadores de este tema en la psicología. Naranjo defiende que la curación de la humanidad vendrá de integrar, liberar y proteger nuestra parte animal, nuestro cerebro primitivo, nuestro “animalito interior” que hemos condenado, gracias a la civilización “racional”, a vivir en un sótano, encadenado por la cultura y descalificado por la moralidad. Así, hemos perdido una parte muy importante de nosotros mismos, fundamental para llegar a ser en nuestra totalidad.

Hemos aprendido por años a descalificar nuestro instinto. Además de los hemisferios izquierdo y derecho, que son dos mitades del cerebro pensante –el intuitivo o emocional, que es el cerebro límbico o amoroso; y el racional, también llamado digital o análogo–, también se encuentra el cerebro primitivo, del que tanto habló el misterioso maestro espiritual Gurdjieff hace ya muchos años y que hoy es validado por los científicos con el nombre de cerebro Arquencéfalo, o cerebro instintual. Este cerebro, cuando se atrofia o se reprime, nos condena a vivir sólo desde la lógica, desde el miedo, desde el calculismo y lejos del arrojo, de la fuerza de la vida en sí misma.

Así que somos seres tricerebrados. Sin embargo, a pesar de esta capacidad, hemos vivido solamente desde un solo cerebro, sometidos a dictadura de la razón, de la información y no del conocimiento, en donde predominan los modelos patriarcales que se ponen al servicio de las grandes industrias, más que al de nuestra humanidad. En nombre del progreso y solo al servicio de la razón, la modernidad nos ha dejado un mundo lleno de guerras, de injusticias, totalmente esquizofrénico, en donde la mitad de la humanidad trata de adelgazar (Occidente) y la otra mitad (Asia, África) muere por tratar de nutrirse; en donde la sociedad vive desde la lógica, aplastando a la intuición.

Desarrollar los tres cerebros es conquistar nuestra totalidad, vivir desde nuestro potencial y plenitud; es acoger, además de la razón, el poder de las emociones y la veracidad y fuerza del instinto.

Cuando adoptamos nuestro animalito interior, volvemos a confiar en lo simple de la naturaleza y activamos la acción. Nuestro liderazgo resurge y se materializa en acciones concretas, por encima de manipulaciones y de ideas, por encima de creencias negativas dominantes, de parálisis emocionales. El instinto nos empuja a la vida, es el animal interior que nos invita como humanidad a reconsiderar nuestra ecología: lo impensable de nuestras ciudades congestionadas y lo desequilibrado de nuestro planeta. Toda persona que vive desde los tres cerebros, vive en concordancia con el mundo, vive desde su verdadero poder, combina magistralmente la lógica, la emoción y la acción, es una persona que se ha conquistado a sí misma.

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