Hombres más femeninos, mujeres más masculinas

Basta ya de hombres bien machos y mujeres bien femeninas. Es hora de que lo masculino y lo femenino se reconcilien y convivan con equilibrio.
Hombres más femeninos, mujeres más masculinas

Por siglos hemos intentado poner en dos contenedores distintos –y empacados al vacío– lo masculino y lo femenino. Basta revisar las costumbres de los padres, quienes tan pronto conocen el sexo de su futuro heredero, se lanzan a encasillarlo como “macho” o “hembra”, “masculino” o “femenino”, y lo llenan de características que lo hacen fácilmente definible pero que terminan castrándole otros rasgos humanos que en el trasegar de la vida le pueden hacer falta.

En el caso del hombre: guerrero, sobrecargado de fuerza y poder, conquistador, pero un completo analfabeta emocional, incapaz de expresar ternura, porque inclusive en el siglo XXI, para muchos eso aún es cosa de las féminas.

En el caso de la mujer: sabias cuidadoras, capaces de administrar lo poco para lograr grandes cosas, pero muchas de ellas incapaces de darle espacio a su guerrera interior, poco dispuestas a hacerse responsables de su propia vida, porque supuestamente esa fuerza es potestad de los señores.

¿Cómo terminar con esa mala costumbre que aún no permite que los niños se vistan de rosado y sean conciliadores, ni que las niñas se vistan de azul y hablen con templanza y propiedad porque pierden su feminidad? ¿Cómo dejar de separar violentamente lo masculino de lo femenino, y en cambio, sacarles provecho a esas dos energías que mueven el mundo en una armónica reconciliación de género?

Pagando con creces

Andrés y Alejandra están en sus 30 años. Son exitosos y, aunque no se conocen, viven una pesadilla similar. Él tiene grandes capacidades para gerenciar la empresa que acaba de montar, está dispuesto a ponerle el pecho al competitivo mundo de los negocios, pero tiene serios problemas para relacionarse con las mujeres. Su masculino está exacerbado, mientras que su femenino ha sido castrado de tal manera que anda por ahí buscando cómo decir lo que siente, que está triste, que está enamorado, pero no sabe cómo hacerlo, “eso no es cosa de machos”.

Anda buscando el amor torpemente y, en lugar de buscar una mujer equilibrada como pareja, ha caído en la trampa de buscar “una madre” que lo acobije, una mujer que esté llena de todo ese femenino que a él le falta. Una mujer que no haya desarrollado su lado masculino, es decir, una mujer con el femenino hiperdesarrollado, y con un masculino casi en ceros: dependiente, llena de miedos, incapaz de luchar por sí misma. De esta manera él podría hacer alarde y uso de las capacidades que ya conoce como hombre.

En el otro lado de la ciudad está Alejandra. Una psicóloga social que ama su trabajo. Capaz de conectarse con las necesidades de los demás, una administradora memorable de los pocos recursos económicos del proyecto para el que trabaja en una zona deprimida de la ciudad. Además, es una conciliadora estupenda. Sin embargo, ha intentado independizarse en varias oportunidades pero siempre fracasa. Sabe que tiene talentos pero su “guerrera interior” está muy desnutrida. Su intuición, la capacidad para convocar, su talante como constructora de redes de paz la ponen en un lugar de reconocimiento, pero la gasolina no le alcanza para emprender proyectos grandes y más ambiciosos. Y a pesar de sus capacidades profesionales, tiene un rayón en la cabeza: espera encontrar un hombre como pareja capaz de darle el empujoncito que le falta, los 5 centavos pal’ peso… el peso que le falta donde sabemos, para ser más aguerrida y menos miedosa.

Seguramente si Andrés y Alejandra se encuentran por ahí, armarían una pareja perfecta, no desde la idea de seres completos, sino desde la necesidad de cada uno. Él con su masculino exacerbado buscando locamente en una mujer el femenino que castró de su propia vida. Y ella, sobrecargada de “femenino”, de esa disposición para cuidar, pero buscando por ahí un salvador que le de la potencia que le faltó porque castró “al guerrero”, ese componente masculino que pone el pecho y que se sitúa en la primera línea a la hora del combate.

Con unas onzas adicionales de “lo femenino”, Andrés se sentiría más completo, y además de sus capacidades ejecutivas tendría una mayor claridad para buscar caminos que le permitan relacionarse mejor. Con unas onzas adicionales de “lo masculino”, Alejandra no sólo sería reconocida por sus capacidades profesionales, que no la dejan pasar de puestos medios, sino que tendría fuerza suficiente para hacer sus propios proyectos y mirar el miedo a los ojos.

Momento de intercambio

Con esto no queremos decir que sólo los hombres sean aptos para ser guerreros y ellas aptas para ser cuidadoras, lo que sucede es que en nuestra historia ancestral eran ellos quienes salían a cazar, ellos encontraban el alimento, enfrentaban las guerras; mientras la mujeres cuidaban de las crías en las cuevas y alimentaban a la manada. Esa historia está en nuestros genes, y con los cambios propios de nuestros días es importante que ellas se apropien del guerrero que por años los señores ostentaron, y que a su vez, ellos se apropien de las capacidades de cuidado y solidaridad que por años ellas monopolizaron gracias a las circunstancias de vida.

Hoy, las mujeres emprenden proyectos y su papel en la realidad del mundo las sacó de la cueva y les dio responsabilidades adicionales. En ese nuevo rol, ellas necesitan alimentarse del “guerrero”, para salir a negociar, a hablar con firmeza, y a tomar decisiones vitales para un grupo social.

Por su parte, los señores se ven enfrentados a mundos empresariales en donde no sólo el guerrero es protagonista. Es urgente que capacidades de solidaridad, de entendimiento emocional, puedan ser gerenciadas por ellos y que la fuerza no sea el camino exclusivo, como lo era en la época de las cavernas. Así ellos y ellas se alimentarán entre sí, y tanto lo femenino como lo masculino convivirán plácidamente en un cuerpo de hombre o de mujer.

De acuerdo con la teoría del psiquiatra y psicólogo suizo Carl Jung, el Ánima sería el componente femenino en el hombre. Es decir, la mujer atrapada de manera inconsciente dentro de cada hombre, y el Animus, es el componente masculino en la mujer; el hombre atrapado dentro de la mujer. Son nuestras contrapartes sexuales inconscientes que de igual manera conviven inconscientemente.

El Ánima de un hombre se forma a partir de las experiencias con la madre u otras mujeres de su entorno. De igual manera, el Animus de la mujer se forma a partir de las experiencias con el padre u otros hombres determinados en sus fases iniciales de vida. La idea es que florezcan las dos energías, que no castre ninguna de ellas, todo para que los señores no sigan arrasando violentamente en nombre de su “guerrero” que no sabe decir lo que siente, y para que las mujeres puedan adoptar la fuerza de ese guerrero, mientras siguen ganando el espacio que tienen merecido en el mundo, y con respecto al cual aún hay una deuda muy grande, no sólo por el hecho de que sean mujeres, sino porque sus capacidades para construir comunidad son infinitas.

 

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