La era del hombre light

Preocupadas por adaptarse a la tiranía del mercadeo, muchas personas han sucumbido a la tentación de una vida ligera y edulcorante, carente de compromisos y de preocupaciones. Y las consecuencias ya las estamos viendo.
La era del hombre light

Juan Pablo, de compras en el supermercado, empuja el carrito de compras con entusiasmo. Hace chirriar las llantas de su nave por todos los pasillos, pero sucede algo curioso: sólo compra productos libres de grasa, artículos que adviertan ser cien por ciento libres de calorías y azúcares. Más allá de los congeladores, encuentra azúcar light (es decir, azúcar sin glucosa); luego escoge café light (café sin cafeína), y en los estantes de licor se apercibe de cerveza sin alcohol y tabaco sin nicotina.

En la zona de los lácteos, compra mantequilla light (mantequilla sin grasa) y leche deslactosada, que en pocas palabras significa leche sin leche. De lo que no se ha dado cuenta Juan Pablo es de que motivado por tan estrictas dietas, él es a su vez un hombre light, es decir, un hombre sin hombre, sin esencia, sin sustancia, que ha importado este modelo de alimentación a todos los entornos de su vida.

Así elige también a su pareja; busca una persona light que le queme todas las calorías y no lo cuestione, que no le quite tiempo con exigencias ni lo estrese. Se ha convertido en un hombre superficial, vacío, carente de criterio, que evita a toda costa preguntarse y, sobre todo, buscarse, que ni siquiera tiene consciencia de que se ha perdido en una carrera fría y desorientada de exitomanía e individualismo que lo ha atrapado en una cultura de satisfacción efímera.

El hombre light es un hombre sin valores que no engorda, que no nutre, que no deja nada, que no tiene sabor, ni sello, ni personalidad, ni recordación. Es un modelo que pertenece a un nuevo estilo de vida, la cultura light, que pregona una dieta rigurosa de confort que no perdona ninguna otra ambición diferente del placer efímero y edulcorante del sabor artificial.

Libre de carga

El término “light” es una expresión inglesa que literalmente significa suave o ligero, también liviano, frívolo, de poca monta, inconstante, suelto, sin carga, delicado, sin esfuerzo, casual, variable.

El doctor Enrique Rojas, autor del libro El hombre light, describe a este hombre como un consumidor voraz que poco a poco se ha ido imponiendo en todos los campos de la existencia. Amante de las revistas del corazón, se nutre de los realities de televisión y de las secciones de farándula de los noticieros. Su forma de vida ha contaminado la ciencia, el arte y la educación. Su consigna es rechazar cualquier asomo de intelectualidad y, en cambio, privilegiar lo frívolo, aquello que no nos obligue a pensar. Con razón ha dicho el escritor Luis Britto García que “la cultura comienza donde termina lo light”.

La gente vive adormecida por la televisión y saturada por la publicidad; muchos de los hombres y mujeres de hoy han adoptado un modelo insustancial e irreflexivo como estandarte de esta subcultura en la que sólo vale el dinero y el reconocimiento. El hombre light se brinca los procesos creativos, deja que la publicidad y la televisión piensen por él; evita el esfuerzo, el dolor, la frustración y, por ende, las revelaciones que le propone su propio espíritu sobre la conciencia y la verdadera transformación vital.

Es un hombre desconectado a quien el hedonismo le ha ganado la batalla. Satisfecho, sólo vive desde el placer, en una exaltación del erotismo y la sensualidad como única manera de sentirse lejos de la muerte y de todo lo que signifique preguntarse ¿quién soy?

La persona con el virus de lo light rechaza el esfuerzo, la dedicación y el tiempo; le interesa la velocidad, no la calidad, y considera las tensiones propias de la vida como negativas. Su religión es “deje fluir, no se amargue, ¿para qué se pregunta eso si no tiene respuesta?”. Su literatura perfecta es la que no cuestiona, la de letra grande, y sus mejores fuentes de información son los medios audiovisuales, y consumen cualquier cantidad de recetas del éxito y de la felicidad.

Es frío, no cree en casi nada, salvo en que su libertad es del tamaño del cupo de la tarjeta de crédito; sus opiniones cambian rápidamente y ha desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volviendo cada vez más vulnerable. Es fácil de manipular y parece un alma robótica de consumo sin discernimiento.

Frente a la presión del mundo moderno, de la tiranía de las maquinarias productivas, el hombre light ha tratado de acomodarse a la industria en vez de adaptar la industria a las verdaderas necesidades de las personas. El hombre light ha hecho una renuncia ontológica, ha traficado con sus valores, ha sufrido un extravío del sentido de la vida y de su objetivo fundamental: la felicidad cierta, jugosa, sostenible, no como meta sino como camino, no como placebo sino como esencia.

Este “hermanito menor”, como lo llaman compasivamente los mamas de la Sierra Nevada, ha hecho muchas concesiones sobre cuestiones esenciales, no sólo ha vendido los recursos del planeta, también su historia y sus principios, se ha deshumanizado a favor de una frivolidad alarmante.

El papel de la sicología

También la psicología ha estado al servicio de esta enajenación en cuanto se ha vuelto readaptativa a este modelo de consumo, con talleres y técnicas light que prometen encontrarse a sí mismo en tan solo tres pasos. La gente vive eventos terapéuticos, pero no hace procesos, y a cambio de búsqueda e inspiración, pide motivadores, religiones acomodadas a sus pecados y gurús para cada ego.

Vivimos atrapados en un mundo cosmético, anoréxico, y las consecuencias ya las estamos cosechando: nuestro rostro se ha transformado en máscara y hemos colapsado agotados. Hemos perdido los valores y el genuino camino de los ideales, a cambio de una vida sin proyectos en una sociedad clonada y plastificada.

Pero la misma psicología puede ayudar. Al fin y al cabo muchos de estos hombres no se han perdido del todo. Basta con tener conciencia. No elija nada light, nada sin esencia, que no lo estremezca ni lo sacuda. Al menos subirá de peso, engordará un poco. Elija relaciones que lo enriquezcan, que lo obliguen a crecer, relaciones en las que valgan los cuestionamientos existencialistas, las preguntas profundas. Elija un café que lo despierte, para romper el hipnotismo del bombardeo de los medios que no dicen nada y sólo lo distraen.

Pida azúcar de verdad para sentir la dulzura cierta de una felicidad cimentada en la coherencia, en lo perdurable, en lo de adentro. Y no olvide comerse un helado real que le recuerde, por contraste, la calidez de la alegría del corazón. Salga de los grises, no sea tibio ni predecible, desmantele la valla publicitaria y encarne la persona. Deje huella, deje un legado, opine, disienta, proponga, déjese ver, alce la mano, grite, ría, pero, por favor, bájese del escaparate. Deje de ser producto de consumo, recupere la vida, invoque al buscador que cada uno tiene y desempolve al inteligente, al espiritual, al conectado. Desempolve su esencia y entonces sí, dedíquese a vivir.

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