Las madres como modelo

Las madres, por virtud o por defecto, siguen siendo la causa de miles de consultas con el terapeuta. Es hora de dejar de echarles la culpa.

Hace unos años rodó por periódicos y agencias una noticia de esas que sorprenden, pero que a su vez constituyen una radiografía de las relaciones actuales entre madres e hijos.

 

Un joven de 16 años de Arkansas (Estados Unidos) levantó cargos por acoso contra su madre porque ella “hackeó” su cuenta de Facebook, así como sus correos electrónicos. Además, aseguró en su declaración que “su mamita” escribió comentarios falsos sobre su vida personal en su perfil. Gracias a una orden de restricción, el angelito ahora vive con su abuela.

 

Denise New, la madre del joven, justifica su intromisión porque le preocupaban los contenidos que su hijo compartía a través de la red social. La señora intenta defenderse argumentando que tiene derecho legal de controlar las actividades online que hace su hijo menor de edad.

 

Cuidadito con alzarle la voz a su mamá

 

Hace un par de décadas era casi un sacrilegio creer que un hijo pudiera demandar a sus padres. Se les debía total respeto. Una bofetada de manos de mamá al hijo que se atreviera a poner en tela de juicio su autoridad, zanjaba el asunto. Pero la relación entre madres e hijos ha cambiado y se ha polarizado con el paso del tiempo. Mientras a muchos les tocó la mordaza y la cachetada, a los de hoy no se les puede tocar ni con el pétalo de una rosa. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. Las leyes que protegen a los niños son buenas, pero llegan a eclipsar la confianza que antes tenían los padres de ejercer su autoridad como consideraran conveniente.

 

Si bien es cierto que aún en muchas latitudes se sigue corrigiendo con correa y fuete, hoy una madre lo piensa dos veces antes de irse lanza en ristre contra un jovencito que le saca la lengua, se burla de sus características físicas, la ridiculiza en público y hasta la zarandea cuando le da la gana. Y ese es el problema: que pasamos de la total opresión de padres a hijos (los hijos tenían “demasiada madre”) a una realidad actual en la que los hijos ejercen la opresión hacia sus madres, y éstas, en medio del temor de corregirlos y a las realidades económicas y sociales que las empujan al mundo laboral, abandonan a sus crías a su suerte, dejándolos con “poca madre”. Ambas realidades, extremos dañinos, terminan produciendo hijos en conflicto que reproducen estos modelos de relación en otras áreas de su vida.

 

Mi mamá me mama

Estos extremos nocivos se develan claramente en la consulta diaria. Carlos, un hombre de 38 años, con su matrimonio destrozado y una incapacidad para emprender una vida profesional exitosa, descubre en consulta que la opresión de su madre durante su niñez y adolescencia fue tal que lo redujo a una caricatura de hombre incapaz de hacerse responsable de su vida. Su madre –gritona, autoritaria, absorbente, cuidadora y exigente– lo convirtió en un Peter Pan que hoy trata de soltarse de las enaguas de mamá para convertirse en hombre, pero aún le da miedo volar. Tuvo madre en exceso.

 

Juliana, una adolescente de 16 años, hija de una mujer ejecutiva y ausente que le da todas las libertades que exige (la deja salir, la empuja a ser verraca y autosuficiente), llora en consulta porque siente que le faltaron límites, que tanta libertad es una falacia, y que mientras su mamá trabajaba de ocho a ocho, a ella le faltó calorcito de madre para madurar realmente y tener fuerzas para hoy dejar el nido. Acaba de terminar el bachillerato, no sabe qué estudiar y su “madre de avanzada” la quiere mandar a estudiar afuera, pero Juliana está muerta del susto porque no está lista para emprender vuelo. Le faltó madre.

 

Y ésta parece ser la realidad de muchos jóvenes alrededor del mundo, incluido el adolescente de Arkansas que demandó a la mamá. Jovencitos de redes sociales, de parche de rumba larga y sin límites, de viajes al exterior a muy corta edad, pero con una estructura psicológica débil porque en las últimas décadas hicimos un tránsito rápido de “mamás gallinas” a “mamás neveras”. Las primeras, opresoras y sobreprotectoras, justificadas en el amor; y las segundas, frías, siempre conectadas, con poco espacio, pero de última tecnología, es decir, mamás modernas, justificadas en un mundo que gira a toda velocidad.

 

Honrar a la madre

¿Qué podemos hacer como hijos? Aceptarlas y dejar de exigir que cambien. Cuando no se tiene nada que agradecer a una madre (porque nos abandonó, nos maltrató, o no nos miró con amor; o nos amó con amor aplastante, o nos puso a competir con nuestros pares…) al menos deberíamos agradecerle la vida, el habernos permitido vivir. Y eso ya es bastante, justo alcanzaría nuestra vida para ser gratos con ellas.

 

En nombre de mamá, de lo que hizo y no hizo, se ha alimentado la consulta de miles de terapeutas, se han escrito libros y óperas, tratados que van desde Edipo hasta “las posesivas madres y su poder de castración”. En fin, es parte del sumario de la tragedia humana. La sombra de mamá se convirtió para muchos, hombres y mujeres, en una coartada para fracasar, para repetir modelos y desaciertos y achacar culpas.

 

Algunas jovencitas se creen más listas que mamá y hacen brincos generacionales convirtiéndose en figuras-parejas de papá, como si ellas fueran mejores mujeres que mamá; otras se avergüenzan de lo poco, de lo sumisa, de lo dependiente, de lo postergada de mamá; otros jóvenes dinamizan desencuentros y agresiones, buscando en su pareja antimodelos de mamá, como señalando lo que ha estado mal en ella, o modelos idénticos para prolongar la dependencia.

 

Mamá, tú me hiciste; mamá, tú me modelaste, tú me frustraste… Mucho de eso es verdad. Sin embargo, no todo es culpa de mamá. Es muy cómodo seguir usando a nuestras madres como basurero psicológico aun después de muertas. Madurar emocional, psicológica y mentalmente, es renunciar a buscar culpables, es dejar a nuestras madres en paz (donde quiera que estén) y hacernos cargo de nuestra vida, nuestros dolores, frustraciones, sueños y pesadillas.

 

Cada uno tiene (incluso después de muerta, pues la madre se muere, pero no se pierde) la madre perfecta para construir su felicidad. El camino es aceptarlas y dejar de juzgarlas, pues es en últimas, con los años de la madurez, cuando realmente aprendemos a ser hijos. Pero a veces es demasiado tarde.

 

Foto: iStock.

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