Solo, pero bien acompañado

En los tiempos de mayor tecnología de comunicaciones, la soledad reina en la sociedad. La llaman "la peste de la vida moderna", pero puede ser una oportunidad.
Solo, pero bien acompañado

El mundo de las relaciones humanas es más complejo de lo que parece. Hoy parece paradójico que en un planeta sobrepoblado, interconectado, con múltiples opciones tecnológicas para acercar a las personas y estar en contacto; con la certeza de que a cualquier hora, en alguna parte del mundo, alguien te va a responder un saludo, miles de personas se sienten profundamente solas.

Más allá de estar rodeados de la familia, de los hijos, de los hermanos, de la pareja, muchos seres humanos se sienten solos, aislados, viviendo los problemas íntimos de manera clandestina, vergonzosa y anónima. En este mundo globalizado, todo lo de afuera lo sabemos. En cambio, poco o casi nada conocemos del mundo interior, que es de donde emerge toda la fuerza existencial pero también el dolor profundo producto de los abandonos primarios familiares, ese sentirnos botados a la vida sin acompañamiento, sin amor y profundamente solos, como regañados por la vida, en un sinsabor que nada endulza y en una incredulidad atravesada por el sarcasmo que nos deja en la otra orilla del mundo, extraviados, ausentes y solos.

McLuhan, durante el final de los años 60 y principios de los 70, aseguró que seríamos una aldea global, todos interconectados gracias a los medios electrónicos de comunicación. Le faltó predecir que a pesar de estar todos chateando, conectados a facebook desde las seis de la mañana, o desesperados por el pitico de la blackberry que anuncia la llegada de un nuevo mensaje, a pesar de todo eso, habría una sensación de soledad cada vez más profunda.

El “Teléfono de la esperanza”, una línea de ayuda en España, recibe más de 300.000 llamadas anuales, la mayoría de ellas asociadas al grado de “sufrimiento” que la soledad causa en la sociedad española. Y la soledad, junto con la depresión, forman un coctel peligroso que se consume en todo el mundo. Basta revisar el estudio realizado por las firmas Oxygen Media y Lightspeed Research, según el cual más de la mitad de las mujeres jóvenes (57%) dicen que hablan más con las personas por internet que personalmente.

¿PESTE MODERNA?

La soledad es una oportunidad maravillosa de hacer contacto con nosotros mismos, de conocernos, de reencontrarnos con lo esencial. Sin embargo, para muchos no es un ciclo orgánico de encuentro y retirada, de afuera y adentro. Algunos se quedan en el movimiento restrictivo de “adentro”, haciendo de la soledad, más que una oportunidad de sanación del mundo interior, una vivencia de aislamiento forzado, de autoexilio: viven la soledad como una enemiga, como una enfermedad desesperante, que castiga la autoestima y atrofia todas las habilidades sociales de relacionamiento, la capacidad de creer en los otros, de establecer vínculos y hasta de escapar de sí mismo.

Es por esta manera de relacionarse con la soledad que algunos la llaman “la peste moderna”, un mal contagioso del que hay que vacunarse a diario inscribiéndose en miles de rutinas sociales, de club de amigos, fomentando la compulsión relacional para no estar solos. Lo malo es que confundimos gravemente la diferencia enorme que hay entre sentirnos solos y estar a solas.

La soledad que más duele es la acompañada, la que aparece a pesar de todos los esfuerzos, máscaras sociales, miles de llamadas de servicio al cliente, de CRM (Customer Relationship Management) de nuestros “amigos”. A pesar de todo, en medio de la fiesta, sentimos caer el golpe frío, seco y certero de sabernos solos.

ENTRE LA INTROSPECCIÓN Y LA LAPIDACIÓN

Ahora bien, hay que hacer una diferencia entre una manera amorosa y una manera dolorosa de enfrentar los momentos de soledad.

Algunos optan por echarse sobre la cama y mirar hacia el techo en silencio: niegan el vacío, la soledad, y simplemente recargan “pilas” para salir de nuevo al ruedo con la consigna de “hacerlo mejor”, de “huir mejor de sí mismos”. En tales circunstancias, la soledad pierde su poder terapéutico, pues le estamos dejando al “aciago destino” la potestad de ponernos citas, encuentros con nosotros mismos para enrostrarnos las depresiones, las enfermedades, los accidentes, las separaciones, las quiebras… en fin, las circunstancias de la vida de las que no queríamos volver a saber y que nos obligan a vernos a la cara y decirnos y oírnos eso de lo que tanto hemos huido.

Estas citas a veces son desencuentros, viejas cuentas de cobro que hacen de la soledad una lapidación, el látigo de las autorrecriminaciones, de los reproches, de las quejas, del contacto doloroso con la vida. En algunos casos, es tanta la angustia que generan estos encuentros personales con rollos emocionales no resueltos, que es preferible huir de esa realidad y maquillarla con ruido, compañía y otras presencias no necesariamente amistosas. Entonces usamos el mundo y las relaciones para huir, no para encontrarnos.

LA SOLEDAD FÉRTIL

El vacío fértil invita a una reconciliación con la soledad sana, con la soledad que supone una oportunidad de crecer, de acercarnos tiernamente a nosotros mismos, a nuestra historia, para pacificar, para contentar cada uno de nuestros pasos en la vida, integrando todo lo que hemos sido en una única aceptación nacida del amor propio. La soledad fértil permite comprender que, para crecer, debemos retirarnos a digerir los procesos, que estando solos de verdad podemos estar después con otros, que la soledad es la manera como el alma se limpia y se cura, y que a través de la verdadera soledad es que nos unificamos, nos conocemos y nos encontramos.

DULCE O AMARGA

No espere que la vida lo cite con usted mismo. Antes de la compulsión y de la huida, identifique si su soledad es apenas la punta del iceberg, si debajo de ella hay un sinnúmero de coartadas que lo hacen desconfiar del mundo o de usted mismo, si tal vez ha vivido su soledad como algo amargo. Porque también está en sus manos hacerla dulce, entendiendo que la vida es un constante flujo de encuentros y desencuentros, que hay personas que se mudan de barrios y también se mudan de nuestro corazón, de nuestra vida; comprendiendo que la soledad nos conecta con la vida, con su sentir profundo, con el camino de los sueños, y nos pone de frente con lo espiritual y trascendente. Justo cuando logramos no necesitar el mundo, en la independencia y libertad, el mundo se rebela. Entonces hacemos el cielo en la tierra y nos sobrecoge la certeza de que cuando estamos con nosotros mismos, nunca estaremos solos.

 

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