¿Es su jefe un mal líder?

En el mundo laboral, pocos son los líderes y muchos los “vampiros empresariales” que buscan chuparse la sangre y la productividad de otros para su propio beneficio.
¿Es su jefe un mal líder?

Es lunes, el reloj marca las 7:45 de la mañana y el tráfico de la ciudad está peor que nunca. Juan Eduardo, un joven ejecutivo, hace maromas por entre los carros para llegar a la oficina antes de las ocho. En su cara se dan cita dos expresiones: una de satisfacción, porque en su portafolio lleva un excelente proyecto que le encargó su jefe, en el que trabajó todo el fin de semana; y una de frustración, porque el resultado será presentado en una junta en donde no se mencionará su nombre. Como de costumbre, el jefe de Juan Eduardo recibirá aplausos y créditos, mientras que él permanecerá en el anonimato de un cubículo del tamaño de sus sueños y del que no lo promueven hace tiempo a pesar de sus capacidades. En casa, por la noche, discute con su pareja. Ella le dice que no le crea más a su jefe; él lo defiende y se escucha repitiendo las mismas palabras de siempre: “Es una decisión corporativa que está por venir”.

Al igual que Juan Eduardo, cientos de profesionales, secretarias, auxiliares y asesores de todas las áreas se la juegan día a día en el papel de segundones a la sombra de altos ejecutivos que se las dan de grandes líderes, pero a quienes poco les importa el crecimiento de sus colaboradores. Como Juan, muchos pasan media vida en el mismo empleo, con un sueldo que sube poco, esperando que algún día llegue el reconocimiento “casi divino” de sus jefes. Mientras tanto, se van apocando en medio de una vida profesional estancada y deprimida.

¿Líderes o vampiros?

En un mundo de competencia descarnada en el ámbito laboral, pocos son los líderes y muchos los “vampiros empresariales”, esos que andan buscando chuparse la sangre y productividad de otros, en pro de su “propio engorde”. Son jefes que en lugar de pensar en promover el trabajo en equipo, y el crecimiento de todos los miembros de su staff, andan por la vida con una voracidad que no pueden controlar y que no da lugar sino al éxito propio.

Muchas veces se visten con el ropaje de empresarios modernos y alardean de una intención poco auténtica de buscar que sus colaboradores crezcan en las organizaciones, pero realmente ese discurso no es otra cosa que un accesorio que alimenta su vanidad, y que convive con una mediocridad profunda que no les permite considerar que otros avancen en las empinadas jerarquías empresariales; mucho menos que caminen a su nivel.

Los falsos líderes son esos jefes que, para lavarse la culpa y hacer un buen papel, organizan seminarios de liderazgo, ponen frases que alimentan el trabajo en equipo por toda la oficina, y hasta promueven actividades de integración que no confluyen alrededor de un interés genuino de crecer en equipo, sino corresponden más bien a una pose que nadie les cree. En realidad, a esos jefes les cuesta promover, reconocer y valorar el talento de sus empleados. Estos falsos líderes andan por ahí identificando talentos para ponerlos a trabajar en sus objetivos, y son hábiles en evidenciar sus necesidades salariales para manipularlos. En otros casos, son excelentes embaucadores que endulzan una y otra vez el oído de sus colaboradores, con promesas que utilizan como anzuelo para que los demás marchen a su ritmo, pero a sabiendas de que jamás entregarán la zanahoria.

Son capaces de armar una novela para hacerles creer a sus empleados que están en buenas manos, pero lo que hacen día a día es enjaular a sus fichas claves en los límites geográficos de la oficina, y cortarles las alas.

Son, además, grandes seductores, pues juegan el papel de jefe “humano” y preocupado por sus subalternos; escuchan las historias de sus vidas privadas, y podrían ganarse un Oscar a mejor interpretación dramática cada vez que dicen a sus empleados, con cara de acontecimiento: “Te aseguro que estoy haciendo todo lo posible para que autoricen tu aumento salarial, estoy de tu parte, cuando algo suceda te lo haré saber, mientras tanto sigue trabajando en nuestro proyecto”.

Todos estos falsos profetas se reconocen porque a su lado nadie crece, su ego es tan enorme que absorbe todo el sol en el bosque, confunden lealtad con posesividad y el trabajo en equipo con que el equipo me haga el trabajo. Un falso líder es una persona enferma por el reconocimiento. Es un egoísta.

En contraste, el que se aguanta a un jefe así también tiene sus motivos, entre ellos el de conservar la zona de confort, ese espacio o situación que les permite a muchas personas sentirse seguras e inmóviles. El temor a moverse a ámbitos no conocidos las amarra de pies y manos a escritorios donde viven tristes, grises y deprimidas vidas laborales confiando en la palabra de su líder, más que en su talento.

Tienen alma de gregarios. Y no que esté mal, sino que algunos exageran. Escudados en la necesidad de tener un “guía” en su camino, se duermen en los laureles de su estabilidad hasta llegar a ser absolutamente permisivos. Olvidan que el crecimiento no depende tanto de los ascensos como del movimiento en busca del pleno desarrollo personal.

El líder auténtico

¿Cómo identificar un líder que no atente contra nuestra autoestima? ¿Un líder que nos haga progresar? Un verdadero líder se identifica porque es claro sobre el rumbo y futuro del negocio, y claro acerca de las oportunidades de crecimiento de sus colaboradores. Un líder sano convierte ese futuro en realidad, no a través de promesas sino de procesos consolidados. Un líder contagia de crecimiento y convoca lealtad en la dirección del camino y en el sentido de la búsqueda. Ese líder sano no pide fe, da resultados; sabe que las organizaciones crecen cuando crece su gente. Un verdadero líder no permite que lo sigan sino que lo acompañen; está abierto a lo nuevo, a las ideas de otros, que son la expresión de nuevas realidades. Un líder se abre a las emociones propias para identificar el paisaje interno y fortalecer así las relaciones con los demás. Sabe comunicar y establecer metas, y hace un buen manejo de la inteligencia emocional. Está dispuesto a la innovación, con carisma y con ganas de crecer y hacer crecer los talentos de otros; no ve a los demás como una amenaza, es inspirador y proyecta el crecimiento de sus colaboradores incluso hasta más allá de sus expectativas. Un verdadero líder está listo para que lo superemos. Esa es su verdadera satisfacción.

Los otros son sólo líderes falsos a quienes no vale la pena emular.

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