Agatha Ruíz no tiene sentido del rídiculo

La diseñadora es fiel a su estilo estrafalario: duerme entre colores, abomina el negro, es experta en álgebra y ama a Colombia porque aquí puede suceder cualquier cosa.
Agatha Ruíz no tiene sentido del rídiculo

Su mamá la metió en clases de yoga para que perdiera el miedo al ridículo y ahora quiere decorar una iglesia. Entrevista extravagante con la niña rebelde de Madrid.

Es normal que la veas en las páginas de ¡Hola! muy cerca de Bill Clinton, con girasoles en sus hombros, o cruzando por la calle Serrano con un nudo naranja en su cintura, o con un huevo frito en su vestido durante un desfile televisado junto a Pedro, su esposo, el director del diario El Mundo, o en el matrimonio de doña Letizia y el príncipe Felipe, con un corazón gigante de Chapulín colorado.

Pero que la tengas al lado, hombro con hombro, con la misma pinta estrambótica, dentro de un pequeño helicóptero, sobrevolando el Oriente antioqueño, es algo fuera de lugar. Y si a eso sumas ese pensamiento negativo que siempre aletea como una polilla en la cabeza, de que, de pronto, hay que improvisar un aterrizaje en mitad del monte por aquella súbita idea de que estás volando en este tipo de aeronave que más parece un buñuelo con alas y, para acabar el cuento, vas hacia San Luis, un pueblito que superó la pesadilla guerrillera, no queda más que afrontar lo disparatado de la escena. No hay camuflaje ni grupo élite Jungla que pueda ocultarla en caso de emergencia.

Todo esto ocurría tres años atrás, junto a la diseñadora española Ágatha Ruiz de la Prada, la periodista Salud Hernández-Mora y la esposa del entonces gobernador de Antioquia Aníbal Gaviria, Claudia Márquez, en un viaje protocolario de visita a un centro comunitario de madres cabeza de familia, un día antes de que realizara el desfile más concurrido de su vida en la plaza de toros La Macarena en Medellín, con 10.000 personas aplaudiéndola.

Estaba ahí, dispuesta a desembarcar en una cancha de fútbol, muy oronda, frente a un grupo de campesinas aterradas, con sus ojos sin parpadear pegados de su vestido de cebra rosado con medias de franjas naranjas y amarillas, sus gafas fucsia, sus zapatos azules y su cartera untada de arco iris.

Aunque tenía toda la parafernalia de una estrella y la pausa de una aristócrata, mientras caminaba entre el verde de los pastizales y por el sendero hacia el río, no exigió camerino, no protestó por el calor, no hizo pataleta ni lloró por el largo paseo a campo traviesa. Sólo se limitó a saludar y a escuchar lo que decían esas mujeres recias, como “guayasamines”, que la rodeaban tímidas y desconcertadas con su presencia como frente a una pintura abstracta de Miró en una galería.

Tres años después la vuelvo a ver, esta vez en Bogotá, lanzando su perfume ¡Oh La La! en su cuarto viaje al país, con una balaca verde y un corazón en la cabeza. Se acerca al medio siglo y sin embargo sigue siendo la misma niña rebelde de Madrid que odia el negro, del cual se protege con una espada y un escudo de colores, como queriendo escapar todavía de las oscuras depresiones de su mamá, que no la dejaba ir a la escuela porque sin su compañía se aburría profundamente.

A pesar de que diga que pinta corazones porque no tiene corazón, ella sí carga el suyo, el que la obliga a confesar que su mayor deseo es que uno de sus dos hijos –Tristán, el mayor, o Cósima, la menor– algún día le dé un nieto, decorar una iglesia para expiar sus pecados y volver a Colombia, país que adora porque –según ella– aquí puede suceder cualquier cosa. Conversamos en la intimidad de su propia sombra… aunque ella se resiste a que sea negra y quisiera pintarla de amarillo, verde o cereza.

¿Cuándo fue la última vez que se vistió de negro?

Hace cuatro años, cuando se murió mi madre.

¿Y qué es lo que le incomoda tanto del negro?

Bueno, pues yo sólo me visto de negro si se ha muerto alguien que me importa mucho. En ese momento estoy completamente jodida, entonces le cojo más manía.

¿No quiere el negro para nada?

No, para nada. Lo encuentro muy sucio.

¿Con qué identifica ese color?

Con la muerte, con la uniformidad, con la falta de libertad, con el pensamiento único, es todo lo que yo detesto, el pensamiento único.

¿Qué es el pensamiento único?

Bueno, pues toda esa gente esclavizada a una moda dictadora que te dice que tienes que ir vestido de negro de los pies a la cabeza. ¡No, chico, qué horror!

¿De dónde viene esa pelea con el negro?

Cada día me gustan más los colores. Además, siempre me ha gustado hacer lo que me daba la gana y el negro ha sido verdaderamente una imposición muy gorda, aquí no tanto porque estáis en América Latina, que es otro templo, pero en Nueva York, Milán o París desfila un ejército de cucarachas con el bolso negro, los zapatos negros, la media negra, el abrigo negro… ¡todo negro!

¿Fue una niña terrible?

Sí, decían en mi colegio “genio y figura hasta la sepultura”. No sé qué querían decir. Bueno, ¿sabes qué pasa? Que yo fui la mayor de mi familia.

¿De cuántos hermanos?

De cinco, pero fui la nieta mayor por todas partes y me acostumbré mucho a hacer lo que me daba la gana.

¿Tiene algún trauma de infancia?

Hombre, tendré traumas pero no me acuerdo. Me vestían de niñita bien a veces, con cosas muy incómodas y creo que todos los trajes que yo hago ahora de niña son comodísimos, una cosa que no se tiene en cuenta en moda.

¿Miedo a la oscuridad? Estoy tratando de desentrañar su odio por el negro.

No. A mí no me importa para nada dormir en la oscuridad. No me entusiasma pero no le temo.

La noche o el día, ¿qué le gusta más?

Me gusta más el día que la noche porque me levanto feliz y por la noche tengo unas ganas de irme a dormir que no te la puedes ni imaginar.

¿Qué no le da la noche?

¿Sabes una cosa? El día que dejé de fumar la noche comenzó a molestarme muchísimo. Cuando lo dejas te fastidia mucho que los demás fumen y empiezas a tener mucho menos ilusión por la noche.

¿Hace cuánto dejó el cigarrillo?

Mi hijo tiene 22 años…, pues cuando me enteré de que estaba embarazada lo dejé, entonces me convertí bastante en una antitabaco.

Su hijo se llama…

Tristán, tiene 22, y tengo otra hija que se llama Cósima, de 19. Lo dejé cuando estaba esperando a Tristán, o sea hace 23 años o una cosa así.

¿Cuándo le pasó por la cabeza ser diseñadora?

Yo creo que más o menos fue en mi adolescencia, quería ser pintora antes de ser diseñadora, siempre estaba dibujando. Mi padre es arquitecto y tenía la mejor colección de arte contemporáneo de España, yo conocía todos los pintores buenos de esa época, iba a sus estudios. Fíjate qué fresca era que le vendía dibujitos a la mejor galerista de España que se llamaba Juana Mordó y, de repente, un día me dije “esto del arte está muy bien pero lo que de verdad te proporciona una felicidad inmediata es la ropa, porque si estás contenta como vas vestida eso te da un goce impresionante”.

¿Lo de la pintura entonces es tema superado?

No, de vieja me encantaría ser pintora porque el día que deje de coger aviones y no tenga el rollo de las reuniones, tal vez entonces cambie mis horarios por una vida mucho más hippie y me dedique a pintar por la noche lo que me dé la gana.

¿Viaja mucho?

El año pasado creo que hice 100 viajes. ¡Una barbaridad!

Lo malo de viajar.

Lo malísimo de viajar es el aeropuerto, en donde te tratan como ganado. Otra cosa muy mala de los viajes es que me da cargo de conciencia del ozono, todo lo que estoy gastando contra el cambio climático.

¿Y lo bueno?

Y lo bueno es que voy siempre como con mucha pereza y luego me la paso genial. Por ejemplo, hace poco estuve en Sri Lanka, me daba una pereza ir, no sabía ni dónde estaba, y la verdad la pasé onda.

¿Aparte de pintora, qué otra cosa quiso ser?

Si no hubiera sido diseñadora habría sido psiquiatra.

¿Le gusta escuchar a los amigos?

La verdad es que no me gusta nada escuchar.

¿Entonces por qué quería ser psiquiatra?

Bueno, yo vengo de una familia donde el tema de la locura anda por ahí… de ahí mi interés por el tema, luego hay una parte del sufrimiento que me angustia mucho. Ahora, creo que lo mío es lo mejor. Aunque vivo con un periodista (Pedro J. Ramírez, director del periódico El Mundo) que cree que su trabajo es mil veces mejor, yo creo que el mío es mil veces mejor que el suyo, de verdad, porque son sólo cosas positivas.

La terapia con usted es atreverse a ponerse sus vestidos.

Yo creo que lo mío tiene mucho con la necesidad de felicidad inmediata y por lo tanto con una cosa que es buena para la salud. Estoy convencida de que dentro de unos años tú irás al psiquiatra y te dirá: mira, olvida el negro en tu vida… además yo sé que hay gente riquísima que es infeliz y hay gente pobre que es feliz. Mi abuela, la madre de mi madre, era superpositiva, además yo era su favorita absoluta y, en cambio, mi madre, que tenía muchísimas cosas para haber sido muy feliz, pues se la montó fatal y siempre fue como muy desgraciada.

¿Nunca quiso ser arquitecta como su papá?

La idea pasó mucho por mi cabeza, soy una arquitecta frustrada. Cuando tenía treinta y tantos años empecé la carrera de arquitectura. Iba a clases de tres de la tarde a diez de la noche, era una cosa matadora, tenía dos hijos y mucho trabajo. Estuve dos años bien con la arquitectura.

¿Por qué quiso estudiar arquitectura? ¿Estaba desanimada con el diseño?

No, era un complemento. A las siete de la mañana yo tenía en mi casa profesores de álgebra y de cálculo, era una cosa tan ajena a mí pero me ha venido muy bien, porque ahora mismo soy mucho mejor empresaria que antes. Las matemáticas te pueden dar mucha felicidad porque te centran, cuando tú tienes una cabeza un poco caótica las matemáticas son como una medicina.

¿Y a usted la curaron?

A mí me ayudaron a curarme un poco, bueno, aún no me he curado del todo pero sí me vino muy bien.

¿Usted llegó a ser lo que quería gracias a su familia o en contra de ella?

Las dos cosas, gracias a ella y en contra de ella.

¿Gracias a ella por qué?

Hombre, he tenido la suerte de tener a mis abuelos. El rey, don Juan Carlos, cuando era pequeño vivía en la casa de mis abuelos en Barcelona, o sea que yo estaba por ahí comodísima y conocía a todo el mundo, éramos como la familia mimada de Barcelona.

¿Cómo se llamaba su abuelo?

Mi abuelo se llamaba Félix de Sentmenat y Güell.

¿Los mismos del Parque Güell en Barcelona?

Sí. Más o menos el 80% del trabajo de Gaudí lo pagó la familia de mi madre. Yo vivía en Madrid y mi padre era el mejor arquitecto de su generación con la mejor colección de pintura. Entonces, todo lo que pasaba en Madrid, lo intelectual y lo artístico, pasaba en mi casa. Tuve la suerte de pequeñita de conocer a todos los divertidos.

Esa es la parte positiva de su familia. ¿Y la negativa?

Mi madre nunca entendió que la gente estuviera trabajando y como en su familia había mucha gente así, se la pasaban de fiestas y tertulias.

¿Como esos ricos de novela que no trabajan?

Nunca, ninguno trabajaba, pero yo trabajaba desde hacía mucho, e igual iba de tertulia. Otra cosa que mi madre hizo mal también fue que me llevó al colegio muy mayor, como a los 18. No me dejaba ir porque sin Ágatha –decía ella– se aburría mucho, entonces me llevaba por ahí de planes.

¿Y su abuela?

Mi abuela “Mery” era una obsesiva de las fiestas, cosa que he heredado yo y de la que se han contagiado mis hijos ¡horrorosamente! Mi abuela daba una fiesta por semana, ella vivía en una especie de palacio impresionante, pero si te daba una coca-cola pues ya quedabas con un canto en los dientes. Es que mi abuela era bastante tacaña pero tenía un palacio que te puedes morir.

¿Y su abuela también la maleducó?

Una vez la abuela se fue a la India porque le encantaba viajar y vino con dos maletas, una para todo el mundo y otra con telas para Ágatha, entonces la gente estaba verde de rabia. Era muy divertida, venía a mis desfiles y me seguía por todo el mundo.

¿Y a su papá le gusta lo que hace?

Yo creo que le gusta mucho pero nunca lo diría. A mí no me dice más que cosas desagradables… pero graciosas.

¿A cuántos desfiles suyos ha ido su papá?

Yo he hecho en mi vida, ¿qué te diré?, 250 desfiles, pues ha ido a uno. Pero mi padre es importante, por eso que me dio, o sea, vivir en la casa más bonita, saber de cuadros, saber de arquitectura…

Sí, pero no va a sus desfiles.

Difícil, de apoyo nada, pero bueno al final eso te viene muy bien, porque siento que a mis hijos los estoy apoyando demasiado, es una cosa que compulsivamente no puedo evitar, por eso me conviene estar ocupadilla por todas partes.

A los 20 años trabajó como ayudante en el estudio del modisto Pepe Rubio y realiza su primer desfile en un centro de diseño de Madrid, a los 22 abrió su propia tienda. ¿A qué horas de su juventud se dio el lujo propio de la juventud de perder el tiempo?

Yo he perdido mucho el tiempo porque de pequeña era muy vaga, supervaga, requetevaga. Ahora mis hijos son muy vagos también pero tengo la esperanza de que un día se pongan las pilas como yo me las puse.

Pero empezó muy joven también.

El primer desfile creo que lo hice con veinte años porque fue en el 81, y con veinte ya tenía dinero.

Como mujer exitosa le pido que me cuente un fracaso suyo que aleccione a tantas personas que frente al primer obstáculo renuncian a sus sueños.

Yo tuve una quiebra morrocotuda cuando tenía como 23 años. Le vendí a 400 tiendas en España y no me pagaron. La pasé criminal, debía una fortuna, es como si ahora debiera 15 millones de euros. ¿Entiendes? Estaba todas las noches con los pelos de punta. Fue horroroso pero luego me repuse. Desde ese día me volví una persona superprudente.

¿Pensó que era el fin?

Creo que hay gente muchísimo más inteligente que yo a la que no le gusta tener problemas. Pero ¿sabes qué pasa? Que yo creo que en la vida hay que tener problemas. Yo nací el mismo día que Rose Kennedy, la madre de los Kennedy.

¿Ágatha no tiene ningún sentido del ridículo?

Cuando era pequeña mi madre me llevó a unas clases de yoga para que perdiera el sentido del ridículo y, la verdad, eso me vino bien porque lo perdí del todo.

¿Cómo era esa clase de yoga?

Si tenías mucha vergüenza y estabas con gente te ponías a hacer la posición del pájaro en medio de un círculo. Yo creo que hice muy bien el pájaro porque se me pasó completamente.

¿Qué fue lo primero que hizo Ágatha como diseñadora?

El primer traje que hice era feísimo, me fui con mi abuela a un desfile y la verdad que me avergüenzo de ese traje, un traje horroroso de feo: era verde botella y morado. ¡Horrible!

¿Y algo que nunca imaginó diseñar y hoy diseña?

Puertas blindadas. Francamente nunca imaginé que iba a hacer puertas blindadas. Tampoco pensé diseñar enchufes o pinzas de depilar.

Todos tenemos un corazón pero usted tiene muchos dispersos por el mundo.

Pero a lo mejor pinto corazones porque no tengo corazón.

¿Pero de dónde le viene esa obsesión?

Pues, ya te digo, a lo mejor es que soy malísima y me hago corazones para ver si me vuelvo buenísima.

¿El blanco qué despierta en usted?

No hay nada más bonito que el color sobre el blanco. Me gusta una barbaridad, uso muchísimo el blanco. Por ejemplo mis casas casi todas son blancas.

Alguna vez confesó que su lección de vida era “menos es más”. ¿De qué se ha despojado Ágatha?

Todo el rato me despojo de cosas. Hago relojes pero no tengo relojes. No tengo aretes, no quiero tener un coche bueno. Soy bastante antilujo aunque me permito el lujo de llegar a Colombia y tener los amigos más divertidos y más importantes de Colombia, en cambio tener joyitas y ostias de estas no, no me parece.

¿Sigue siendo su mayor sueño decorar una iglesia?

Como me estoy volviendo mayor ahora quiero redimir mis pecados decorando una iglesia.

Cuando la gente pronuncie la palabra Ágatha, ¿qué quiere que vea de usted?

Yo creo que soy muy fácil de dibujar para un niño, y si ellos saben lo que soy los mayores también lo saben… aunque a algunos no les guste.

Saltemos a Colombia. Desde esos ojos tan sensibles, ¿cómo percibe a Colombia?

Hombre, leí Cien años de soledad a los diecisiete años y ahora que he vuelto a leerlo por quinta vez, tío, creo que me gusta por lo mismo que me gusta Colombia: porque aquí pasan cosas totalmente locas. Qué me dices el hecho de que mi mayor pasarela la hice acá en Medellín en el 2007 para 10.000 personas, en una plaza de toros. Aquí pasan cosas y eso me gusta una barbaridad.

¿A Ágatha Ruiz de la Prada el mundo la toma en serio?

Al principio no me tomaban nada en serio pero ahora me toman demasiado en serio.

¿Le preocupan los años?

Creo que me preocupan infinitamente menos que a muchísimas mujeres. Por ejemplo, estoy deseando tener un nieto pero no parece que la cosa vaya bien. Me parece ridículo luchar contra los años.

¿Sabe que Ágatha no va a ser eterna?

Eso me molesta bastante.

Cuando quiere retirarse del mundanal ruido, ¿cuál es su “escampadero”?

Mi nube es mi cama, podría vivir en la cama. Fíjate, hay un escritor español que se llama Antonio Gala y el tío se levanta a las dos de la tarde todos los días, o sea que pasa toda la mañana en la cama, yo no lo hago por idiota pero lo podría hacer divinamente, y me encantaría.

¿De qué color es su cama?

De colores, es una maravilla dormir en colores, te levantas con un “subidón” impresionante. Desde luego nunca me ha gustado dormir ni en el marrón, ni en el beige, ni en el gris, ni en el negro, todo eso me horroriza.

¿Tanto color, de verdad, no es un escape de algo oscuro en su vida? Como las depresiones de su mamá. ¿Es verdad que le decía: “no sabes la suerte que tienes de no sufrir depresiones”?

Sí, es verdad. También estoy segurísima de que es un escape. El color es parte de eso, me protejo a través de los colores, es verdad. ¡Lo has visto muy bien, podrías ser psiquiatra además de periodista!

 

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