Beatriz Camacho en la pasarela Cromos en Colombiamoda

El martes 28 de julio a las 5:30 p.m. la diseñadora Beatriz Camacho expondrá sus creaciones en Colombiamoda. Visitamos a la diseñadora cartagenera en su taller en Barranquilla, mientras alistaba su colección de la pasarela Cromos, y descubrimos a una mujer alegre, creativa y discreta para quien la moda debe expresar lo máximo con lo mínimo. Adelantamos los secretos de su nueva colección y recomendamos cuatro desfiles más para la nueva edición de Colombiamoda.
Beatriz Camacho en la pasarela Cromos en Colombiamoda

Ahora que la veo de cerca por primera vez, se me ocurre que parece salida de una escena del japonés Yasunari Kawabata: una mujer dulce y recia, decidida, perfeccionista y resuelta. Beatriz Camacho me señala un lugar para conversar, luego de ver en privado una sesión fotográfica y revisar las cuarenta propuestas de su nueva colección de diseños que presentará en la pasarela Cromos de Colombiamoda. Asume sin alterarse, con férrea dulzura, el desafío de ser una de las protagonistas del diseño en Colombia. No se ufana de nada, pero tiene obsesión por la excelencia y una fina discreción de empresaria de sueños. Sin embargo, aclara que la verdadera estrella y los méritos son siempre una suma humana y nada individual.

Su nueva colección es un conjunto de sorpresas: mucho color, brillo, siluetas veraniegas, estampados, diseños libres, escotes, un caleidoscopio de posibilidades en los que privilegia el espíritu de los seres que vestirán esos diseños. Le pregunto de qué manera la luz del Caribe motiva su sensibilidad de diseñadora, y me contesta: “Todo es un equilibrio entre razón y corazón”.

No hay tregua para ella en estos meses previos a su participación en la feria más significativa de Colombia, que convoca una audiencia de más de 12.000 personas de 30 países y más de medio millar de periodistas del mundo. Ella no descuida ningún detalle: su colección, las modelos, el diseñador de la pasarela… jornadas y jornadas de trabajo que se iluminan en un instante de quince minutos de pasarela.

“Me gustan todos los colores, pero me pongo pocos –dice sonriente–. El color no tiene reglas. Busco los contrastes, las gamas. Nada se estaciona. Menos la moda. Todo evoluciona”, afirma. Y entonces, una vez puesto el tema, Beatriz suelta una bandada de argumentos atropellados, frases en estampida dichas con la emoción de quien necesita desfogar su saber: “El diseño depende de cada ser. No creo que sea arte, es un producto. Antes que todo cubre el cuerpo. Cada persona tiene que identificarse con la ropa que lleva puesta. Tiene que tener un sentido de funcionalidad unido a un alto sentido estético, pero, ante todo, de comodidad”. Beatriz es sincera y, de alguna manera, intenta ubicar la moda en el sitial que le corresponde en los nuevos tiempos: “La moda también entra en lo desechable del siglo XXI. Los centros comerciales cambiaron el concepto de aquellas tiendas de diseños y hoy cobran una nueva identidad pública y una nueva proyección de marca. Allí están los diseños reconocidos de Silvia Tcherassi, Hernán Zajar, Francesca Miranda, Lina Cantillo, Amalín de Hazbún, para citar algunos de ellos. También hay gente empírica con mucho talento. Colombia se esfuerza en hacer un trabajo de gran calidad y se posiciona en el diseño. Creo que la clave de todo es crear un estilo para diferenciarse. Lo más difícil, sin embargo, es el minimalismo: lograr que con lo mínimo expreses lo máximo”.

Beatriz Camacho es la mayor de tres hermanos, hija del arquitecto Eduardo Camacho y de Beatriz Vélez. El día empieza para ella poco antes de las seis de la mañana. Alista a sus hijos para el colegio: Ana Paulina, de 13 años, y sus gemelos Pablo y Tomás, de 10. Estar cerca de ellos es su mayor disfrute. Lo mismo que con David, su esposo, quien ha sido una compañía invaluable en su quehacer como diseñadora. “Es él quien me devuelve a la realidad de los días en que me abstraigo en el diseño. ¡Es tan diferente de mí! Es encantador y bullero, le encanta andar en bonche. Creo que he sido afortunada en todos los sentidos: en lo familiar, laboral y personal”.

Cuando le pregunto por el carácter de sus padres, me confiesa que hay un contrapunteo entre un padre idealista y trabajador y una madre disciplinada y consagrada a su casa.

“Creo que me influenció mucho mi profesora Prince Martínez cuando estudiaba en el Gimnasio Cartagena de Indias. Es la única de la que tengo recuerdo. Nos decía que si uno perseveraba, poco a poco llegaba a lo que quería. Eso me marcó muchísimo. Soy exigente, perseverante y discreta”. Y le encanta el silencio, porque si algo ha aprendido Beatriz en sus años de profesional, es a escuchar a su alma: “Recuerdo que cuando iba con mis amigos a las Islas del Rosario, era yo quien escondía las baterías del radio para oír las olas. Me gusta el silencio. Soy así. No contesto celulares y respondo quizás demasiadas llamadas, más de las que yo quisiera. Me fascina el momento en que estoy sola conmigo”.

Le aterra a Beatriz Camacho que todo sea efímero en estos tiempos y no sólo la moda: también las relaciones humanas, los afectos. “Pasan con la misma velocidad con que se deterioran los electrodomésticos –dice–.Cada vez hay menos solidaridad con el vecino”.

Hace catorce años, Alicia Mejía (fundadora de Colombiamoda) la descubrió en una de sus conferencias por Cartagena y quedó deslumbrada por la singularidad de la ropa que llevaba en aquella mañana. Se acercó al final de su intervención en el auditorio del Hotel Caribe y le preguntó quién le había diseñado su vestido. Ella le respondió que ella misma se diseñaba su propia ropa. Para Alicia Mejía, conocer a Beatriz Camacho fue una revelación. “Descubrí una persona con identidad y una diseñadora con sofisticación y talento. Además, un ser con un profundo amor por su profesión y una creadora con dimensión global”.

Diego Guarnizo, asesor de la Presidencia del Concurso Nacional de Belleza, quien ha estado muy cerca del trabajo de Beatriz Camacho, le añade al ingenio una estrecha relación con su tierra: “Las colecciones de Beatriz tienen un sentido de la originalidad que nace de la armonía entre la academia y la raíz cartagenera”.

El diseñador Hernán Zajar, por su parte, destaca la perseverancia, la disciplina y el rigor estético con que trabaja los diseños.

¿De dónde puede venir la inspiración? Beatriz Camacho retrocede la manivela de sus recuerdos y me cuenta un poco de su infancia en Cartagena de Indias, su ciudad natal. Confiesa que pasan por su memoria cuatro momentos deslumbrantes de sus siete años, en los que intuye su destino de diseñadora: ve una manta guajira de color turquesa lucida por María Martínez; el sonido y el brillo de unas pulseras enormes en los brazos de Mónica Gedeón; los turbantes y las túnicas de María Claudia Saer, y un vestido blanco con unas cintas amarradas en los hombros de Elvira Díazgranados, que está muerta de la risa al entrar a la luz de la casa.

Los cuatro momentos tienen algo en común: la gracia, el desparpajo, el sentido del humor y la imaginación de los seres del Caribe colombiano. “Creo que todo marca un estilo, una huella de la bohemia refinada y exquisita”, dice Beatriz, cuyos ojos de color café brillan con los matices dorados del atardecer barranquillero.

“Cuando dije que quería estudiar administración de empresas todos me convencieron de que lo mío era el diseño, pero cada día que pasa reafirmo que esto no es fácil: se requiere un sentido muy fino de la organización de la producción y de los procesos industriales. Por fortuna cuento con mi hermana, María de los Ángeles, que me ayuda en todos estos aspectos”.

Pero sobre todo, aclara Beatriz, se necesita un tremendo conocimiento de la psicología, de lo que quiere y espera la gente. “Tengo claro que el vestido no hace al monje: es el monje el que con su personalidad hace que el vestido que ha elegido se parezca a él. No es la tela. No es la costura. Yo con sólo ver los movimientos de las personas y escucharlas, ya sé qué vestido andan buscando. Y no tengo que imponer nada, sino recordarle que hay un vestido que coincide con su personalidad, un color que esa persona quiere proyectar. Allí está la psicología. En esto del diseño no puede haber artificios ni estereotipos: busco que el vestido sea cómodo y que la persona se sienta segura de su cuerpo. No me encasillo con lo que yo soy. Siempre me pregunto: ¿Quién usará ese vestido? ¿Para qué? Procuro ser honesta con mi trabajo y hacer las cosas bien”.

Beatriz habla con la convicción obstinada de quien conoce su profesión y por eso ni siquiera anda entrometiéndose en los asuntos de sus colegas. “No me gusta competir. Nadie se interpone en mi camino ni yo me interpongo en el camino de los otros. Ese dejar el campo libre me abre el espacio”. Además, es agradecida con su gente y moderada con su vanidad. “Mi manera de concebir el diseño es que uno solo no puede hacer nada. Mucha gente se desconcierta cuando no me ve salir al final en la pasarela, pero yo siento que los aplausos no son para mí sino para el trabajo”. Cuando está en ese trance creador, siente un miedo inexplicable a la gente. “Le tengo pánico”, dice. Según ella, es la forma despiadada y amorosa con que se sumerge en su trabajo, buscando nuevas posibilidades de expresión y sensibilidad.

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Su hermana viene a traerle un quibbe con gaseosa, en la pausa del atardecer, pero ella dice que está a dieta. Está a pocos días de presentar su nueva colección y nada parece distraerla ni alterarla: Beatriz Camacho está concentrada en lo suyo, en sus diseños que han seducido a diversos públicos de Estados Unidos, Arabia Saudita, México, Venezuela y Colombia. Está soñando ahora en las sedas vaporosas y transparentes que trae desde la India y en los estampados novedosos llenos de matices como un arco iris que se desborda de sus manos.

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