Esteban Cortázar: "La moda es una religión"

El diseñador colombiano irrumpe de nuevo en el escenario de la moda para lanzar en Colombia su colección con Almacenes Éxito. Busca hacer alta costura a menor precio.
Esteban Cortázar: "La moda es una religión"

En un restaurante atestado, el pelo era la clave y lo que más recordaba de él de las páginas sociales. No había pierde para reconocerlo. Había que buscar a alguien con largos y desordenados mechones castaños disparados para todos los lados. Finalmente, mi pista resultó vieja y pasada de moda… Su cabeza hoy apenas insinúa una peluqueada muy sobria. Después me enteraría de que hace dos años decidió raparse por su propia mano, a las dos de la mañana, en su taller de La Bastilla, en París. Y todo porque se iba de vacaciones con su pareja, Jaime Rubiano, a las islas griegas de Mikonos, y le habían dicho que hacía mucho calor. Adiós rizos en un solo acto. Así es él.

A los seis años se le ocurrió ponerse un vestido de su mamá, DominiqueVaughan, y bajaba imponente y extraño como un meteorito en medio de una reunión familiar. Bajaba con la camisa dorada –que utilizaba su madre para cantar jazz– como un improvisado vestido, unos tacones dorados y los labios pintados. Así bajaba en medio de tíos, primos y abuelos. Todavía recuerda la sonrisa de su mamá y el desconcierto de los demás. Desde niño y gracias a sus padres, tuvo entrada libre a su propia personalidad. Así creció feliz de la mano de su colección de barbies en Bogotá y en medio de los glamurosos años 90 con vitrinas, fotógrafos y modelos rutilantes en plena Ocean Drive en Miami.

Avanza entre los meseros una maleta de fútbol setentera, impulsada por un joven con pinta de estudiante de bellas artes. No es nada rígido en su caminar. Avanza con una cara afable y llamativa como un globo rosado en el aire. Detrás de mi mesa se oye en tono de susurro: “Ese es Esteban Cortázar, el diseñador colombiano amigo de Cindy Crawford”.

Prefiere vino blanco, un carpaccio de salmón con aceitunas de entrada y una pasta primavera de plato fuerte. Más que gustos, son los síntomas de un hombre delgado y meticuloso que se cuida. Durante todo el almuerzo no volteó la cabeza ni una vez hacia el televisor de pantalla gigante que vocifera con cada jugada del mundial de fútbol de Sudáfrica. Su indiferencia es total.

Lo suyo es la moda. Su pasión es la ropa. Con cada trazo que dibuja sobre su libreta que no abandona, retiñe y hace cada vez más visible su figura de diseñador talentoso. El mismo signo Tauro al que la mítica Anna Wintour aconseja y cuyas pasarelas las top models codician.

La entrevista tiene que esperar después del almuerzo. Ya está todo planeado. El fotógrafo nos espera en la sala de mi casa. Esteban sabe que a las cuatro de la tarde tiene que estar camino al aeropuerto, pero el tema no le preocupa. No se inventa afanes y aunque lo espera su paraíso, la casa de su abuelo en las islas de Cartagena, y no hay mucho tiempo, parece echar raíces en el sillón negro. Con gusto, se deja detener por las palabras. Conversar es su vicio.

Hoy, cuando se levantó, ¿qué pensó en ponerse?

Pensé en ponerme lo que era más fácil de sacar de la maleta, es decir los mismos jeans que tenía ayer, los mismos tenis y esta camisa que estaba a la mano para no hacer más desorden en mi equipaje.

¿Dónde compró la camisa?

Esta camisa es de los años sesenta de una tienda de segunda mano.

¿Y el pantalón?

Este pantalón es de una marca de Londres que se llama Unconditional, una de mis marcas preferidas.

¿Los zapatos?

Mis zapatos son Pierre Hardy, que es mi diseñador preferido. Y mi chaqueta es Rick Owens.

Si está con el ánimo abajo ¿qué colores prefiere Esteban Cortázar?

El blanco.

¿Y si se levanta acelerado?

El negro. Me encanta el negro y me ha encantado más desde que vivo en París.

¿Cuándo ponerse prendas sueltas y cuándo ponerse prendas apretadas?

Yo nunca me pongo una camisa apretada. Me gusta sentirme cómodo. Si tuviera una camisa apretada no te estaría dando la entrevista que quieres.

¿Se considera famoso?

Me considero reconocido hasta cierto nivel, no sé si famoso pero sí reconocido.

¿Y le gusta?

Me encanta llegarle a la gente y que se sienta atraída por mi trabajo. Que una persona vaya a una tienda, tenga una conexión emocional con la prenda y se la compre, sin conocerme personalmente, eso es lo más increíble de todo esto.

Eso de “El niño genio de la moda”, a los 26 años, ¿a qué le sabe?

A viejo. La verdad nunca me he sentido muy cómodo con ese título. Nunca me ha parecido porque nunca me he sentido así. Una cosa es uno saber qué quiere desde pequeño y trabajar duro hacia eso, y otra cosa es sentirse genio.

Un viejo consejo de un escritor decía que para escribir hay que tener dos cosas: algo que decir y ganas de decirlo. En ese orden de ideas ¿cuál es su consejo como diseñador? ¿Para diseñar qué se necesita?

Querer algo, proyectarlo para que pase y llevarlo a cabo, proponérselo a la mujer, mostrarlo en los desfiles y en las colecciones.

¿A qué edad sale de Colombia?

Salgo de Colombia a los 10, casi 11. Pero en Colombia ya había estado haciendo cosas, gracias a mi mamá, que me apoyó. Yo siempre quería llamar la atención. Cuando era chiquito me encantaba vestir a las barbies. Para mis papás de pronto fue algo raro pero siempre me hicieron sentir libre y esa libertad me ayudó mucho para llegar adonde quería llegar.

¿Cómo llamaba la atención?

Peinando a las amigas de mi mamá, o diciéndoles cómo vestirse, o coger a todos mis amigos y montar un show, una especie de obra de teatro en la mitad de la sala, o disfrazándome de un montón de cosas.

¿De qué se disfrazaba?

Una vez me puse toda la ropa de mi mamá y bajé así a la sala de mi casa en medio de una visita familiar y, obviamente, todo el mundo le dijo a mi mamá: “Bueno, Dominique, suba al niño y arréglelo”.

¿Ese desfile improvisado fue a qué edad?

No sé si fue desfile, pero fue como a los seis años. Igual yo siempre en mis fiestas de cumpleaños me quería disfrazar, quería siempre llamar la atención de alguna manera. Hasta los 10 años estuve con los niños de Misi haciendo obras de teatro. Luego llegué a Miami a vivir con mi papá y fue ahí donde sentí una libertad absoluta de ser yo.

¿Quién era?

Era un niño extremadamente espontáneo y maduro para mi edad, mis amigos siempre han sido mayores que yo, nunca andaba con niños de mi edad, y mi papá me veía y nunca me trancaba.

¿Eran la época de los glamurosos años 90?

Sí, cuando llegó Gianni Versace a Miami, cuando llegaron los fotógrafos más importantes del mundo, Patrick Demarchelier, Herb Ritts, Mario Testino y las modelos como Naomi Campbell, Kate Moss y Claudia Schiffer. Todos venían a Miami en esa época.

¿Y cómo fue su contacto con ellos?

Yo vivía arriba de un restaurante que se llamaba el News Café, que queda en plena Ocean Drive. Era como mi parque de diversiones. Me metía en los tráilers y en las vitrinas, donde peinaban y maquillaban a las modelos, a verlo todo.

Una escena muy íntima en su vida que, viéndola hoy, fue la que marcó su camino en la moda.

A los 13 años, yendo al desfile de Todd Oldham, como su invitado especial, en una Semana de la Moda en Nueva York. Fue un momento mágico porque fui solo, no fui con mi papá. Nos quedamos en un hotel magnífico, mi papá me dio toda la libertad del mundo. Fue ahí cuando entendí todo. Ver a las modelos, ver a Todd hacerles los entalles, cuadrar los zapatos, todo lo que implica hacer un desfile, lo vi en ese momento y fue ahí cuando dije “esto es lo que quiero hacer”.

¿Qué viene después?

A los 15, Nueva York. Fue una enseñanza y lo sigue siendo, una enseñanza de entender en verdad lo que significa el negocio de la moda, porque la moda es un negocio, tiene una parte artística y creativa, pero al final hay que vender ropa. Empecé a mostrar mis diseños, a hacer mis desfiles. Iba y venía porque todavía estaba en el colegio de Miami.

¿Ya tenía claro quién era?

No estaba pensando en eso, en ser el primer jovencito en presentar una pasarela. Yo era espontáneo haciendo lo que quería hacer y me estaba llegando la oportunidad, conocí a la persona que tenía que conocer y ya. Estaba jugando a ser diseñador y se convirtió en algo real. Así fue que empezó todo.

¿Qué significaron Naomi Campbell y Cindy Crawford en su carrera?

Cindy y Naomi creyeron en mí desde el principio. A Naomi la conocí en una discoteca en Nueva York y al día siguiente, un día antes de mi primer desfile, suena el teléfono y era ella preguntando si podía desfilar. A partir de ese momento nos volvimos amigos. A Cindy la conocí antes que a Naomi, en el backstage del desfile de Todd, la dejé de ver varios años y en el 2004 acordamos que abriera mi desfile de primavera.

¿Cuál es su sentido más desarrollado como diseñador?

Me puede llegar al alma una canción y me puede inspirar, puedo tocar una tela y sentirme increíblemente inspirado, ver a una mujer para inspirarme, puedo oler una vela que me guste para querer que todo el desfile huela así.

Pero ¿cuál es el más tirano de sus sentidos?

Yo diría que ver, porque uno puede tocar, probar, oler pero al final el resultado se ve.

¿Y el gran maestro?

Mi papá, Valentino Cortázar. Los años que pude vivir con él me enseñaron a ser una persona sencilla, cálida y a expresarme como artista porque yo vivía con él en un charco de pintura, de mujeres bellas, de vino, de buen vivir.

Un olor que lo inspire.

¡El olor de las iglesias me encanta!

¿Y uno que no soporte?

No me gusta cuando mi casa huele a comida.

Una mujer colombiana a la que le gustaría vestir.

A Margarita Rosa de Francisco, porque nunca la he vestido. Aunque me muero de las ganas de ver a mujeres de todas las edades comprando Esteban Cortázar y haciéndose los looks que yo les propongo.

Sabiendo lo mordaz que es Anna Wintour, ¿recuerda lo primero que ella le dijo sobre sus propios diseños?

No me acuerdo, pero te puedo decir que Anna es más cálida de lo que la gente se imagina. Ella lo que hace es que lo empuja a uno y lo hace pensar. Obviamente para un diseñador da muchos nervios mostrarle algo a Anna Wintour, pero para mí no ha sido así.

Un ejemplo de cómo ella lo ha empujado.

Con lo de Ungaro, me empujó a tomar la decisión de no seguir, de no aceptar lo que me estaban pidiendo.

¿Qué le dijo?

No sabía qué hacer y ella me dijo: “Simplemente renuncia, llegarán otras oportunidades, Ungaro te dejó en un nivel muy importante como diseñador, pero sigue adelante”. Y desde ese momento ha estado al tanto de todo lo que me pasa. Yo le cuento todo. Ella es como la rectora del colegio.

Hace un año salió intempestivamente de la prestigiosa casa de moda Ungaro. ¿Qué pasó? ¿Por qué se salió? ¿Cómo se le contó a su mamá?

Le dije: “mami, está pasando algo, de pronto voy a tener que dejar de trabajar en Ungaro, me están proponiendo hacer algo que va en contra de mi percepción de lo que es la moda, entonces voy a tener que tomar la decisión de no hacerlo”. La verdad es que no fue tanto drama como lo pintaron.

Yo hago de mamá: “Pero mijo ¿ qué es lo que quieren que haga?”.

La propuesta era que Lindsay Lohan fuera la consultora creativa de mis colecciones y que saliera al final en la pasarela como si hubiera hecho conmigo la colección, y ese concepto no encaja con lo que yo hago. Era como un ardid, algo rápido para poder coger prensa. Y la moda es otra cosa, especialmente en París, es una religión, y a mí no me interesaba mezclar ese cuento de la farándula con mi trabajo.

¿Qué significa el nombre Lindsay Lohan en su vida?

Fue parte de mi destino, fue parte de lo que pasó en mi vida, la razón por la cual tuve que dejar de trabajar en Ungaro, pero eso no le quita nada a mi experiencia en Ungaro, ni nada de lo que pude aprender y la suerte que tengo de poder llegar a una casa como esa. A Lindsay Lohan no la conozco.

Generalmente la gente joven se rodea de gente joven, usted es un caso especial porque siempre está rodeado de adultos. ¿Dónde está el encanto?

Me encanta estar con gente muy madura. Me encanta estar con gente que sabe más que yo. Cuando estoy con alguien que ha vivido más, aprendo más cosas.

¿Cuándo comienza a ser adulto Esteban Cortázar?

Hace tres años, cuando me contrataron y me senté en un escritorio y caí en la película de que ahora era el director creativo de la casa Ungaro en París. Había muchas críticas, buenas y malas, había mucha presión, era algo muy intenso para mí y yo tuve que cogerlo por los cuernos y decir: “bueno, aquí voy”.

Una crítica que en su momento no le gustó, pero que hoy en día valora.

Con mi segundo desfile para Ungaro, que estuvo inspirado en Cartagena, los críticos fueron duros y me hicieron pensar que esa colección la habría podido hacer cuando estaba en Miami o Nueva York, pero que no reflejaba una madurez creativa en mí. Y cuando vi la colección otra vez estuve totalmente de acuerdo. Me habría podido esforzar más, por eso cuando hice mi siguiente colección, fue la mejor colección que pude hacer para Ungaro.

¿Parte de sus colecciones se inspiran en lo que ve en la calle?

Claro que sí, a mí me inspira mucho lo que veo en todos lados, ya sea en la calle, viendo una película, oyendo una canción, o teniendo una conversación alucinante con alguien. La inspiración se encuentra en cualquier lado y nunca a la fuerza, sino que se dispara cuando se dispara. Yo mantengo un cuaderno por si acaso se me viene una idea: la escribo o la dibujo.

¿Cómo ve a la mujer colombiana?

Me encanta. Por ser latina, le gusta verse sexy, arreglarse, maquillarse, tener tacones altos, le encanta ser mujer y eso me inspira mucho, pero también me encanta la mujer parisina, mucho más relajada y espontánea a la hora de vestirse.

La colección que va a hacer con Almacenes Éxito ¿en qué está inspirada?

En la mujer parisina y en la mujer colombiana: una mezcla de esas dos estéticas. Quiero enseñarle a la mujer colombiana a utilizar la misma prenda de 10 diferentes maneras, porque es algo que veo muy crudo acá en Colombia.

¿Y trajo una mujer parisina?

Para mí era muy importante traer una modelo internacional, no solamente para darle la imagen internacional al proyecto, sino también para mostrarle a la mujer colombiana quién es esta niña parisina que me inspira tanto. Se llama Hanne Gaby y ella es la cara de Balenciaga, de Alberta Ferreti, de Missoni, camina todos los desfiles más importantes de Milán, Nueva York, París y Londres… Y estuvo la semana pasada en Medellín haciendo las fotos para la campaña.

¿Qué va a encontrar la gente en su colección?

Un poquito de todas las prendas que debería tener una mujer en su clóset, desde la chaqueta que pueda usar toda su vida, o la chaqueta de cuero que tiene que tener, o dos o tres siluetas diferentes de pantalón, las diferentes camisetas infaltables con diferentes cortes, el vestido de coctel, el vestido para ir a parrandear. La colección tiene todo, desde zapatos hasta carteras, está inspirada en París pero con un sentido muy “timeless” de que te va a servir todo el tiempo, con un estilo muy propio en cuanto a los cortes.

¿Cuál es el rango de precios?

Desde 19.900 hasta 400.000 pesos.

¿Hasta dónde el folclor y la artesanía en la moda colombiana?

Es parte importante del diseño: las artesanías y los tejidos. Me parece muy lindo pero llega un punto en el que hay que evolucionar un poquito más y mirar más allá. Aquí la gente puede aprender a mezclar, saber que se puede poner un vestido de coctel con una chaqueta de cuero encima.

¿Una prenda que esté injustamente llamada al olvido?

Actualmente hay tantas cosas para todo el mundo que yo no creo que haya una prenda que injustamente esté en el olvido. De pronto, el sombrero en Bogotá.

Una prenda moderna que usted no soporte.

Acá no se vende, pero American Apparel sacó camisetas para hombre con el cuello en V hasta el ombligo, no las soporto en un hombre, igual que el sombrero vaquero.

¿La moda para unos cuantos o la moda para todos?

Un diseñador puede llegarles a los dos extremos. Puedo llegarles a las mujeres que pueden comprar vestidos de 3.000 dólares y seguir empujando la alta costura. Pero también puedo llegarles a todas las mujeres, tengan o no tengan plata, porque todas las mujeres tienen el derecho de verse divinas. En este proyecto con el Éxito todo es de un nivel altísimo: desde la calidad, la imagen, la modelo, y lo único que es bajo es el precio.

¿No será que las cuentas del negocio de la moda no están dando en los círculos pequeños y exclusivos y hay que abrirse a mercados más grandes?

Definitivamente. Creo que este tipo de negocios le está dando mucha libertad a los diseñadores jóvenes, especialmente, de poder hacer que sus nombres y marcas crezcan, de hacer que se conozca, por ejemplo, alguien como Alexander Wang.

Así el negocio resulta más rentable.

Sí, por supuesto, ha sido una parte clave. Ya es muy difícil para un diseñador joven crear una marca sólo a través de cosas muy caras. Hay que poder tener dos espacios y poder llegarles a dos extremos de gente. Pero nunca perjudicando la calidad, el nivel de diseño, el nivel de inspiración. Yo a este proyecto le he puesto toda mi inspiración y el mismo empeño que le he puesto a todas mis colecciones para Ungaro.

Voy a ser odioso: si yo compro un vestido de 3.000 dólares y ese mismo diseñador lo va a democratizar, ¿no cree que eso me puede fastidiar?

No creo porque, primero, es lo que está pasando en todo el mundo. Hasta el que puede comprarse un vestido de 3.000 dólares hoy en día va a H&M a comprar prendas que Karl Lagerfeld hizo especialmente para esas tiendas a precios especiales.

Son dos sueños diferentes.

Sí, pero lo lindo ahí es que la mente creadora está en ambos, el diseño está, la inspiración está, sólo estoy utilizando otros recursos, otras telas, es un reto porque estoy mirando cómo puedo lograr un diseño igual de divino a un menor precio.

Mi hijo compra camisetas y las rompe en las mangas, en el cuello. ¿Será que los jóvenes no están conformes con lo que compran?

No creo que tenga que ver con estar conformes o inconformes con lo que compran sino con personalizar las prendas, de sentirse cómodos, de sentir que se tiene algo único, en cierta manera que uno mismo lo hizo, de poder darle un estilo personal. Y los jóvenes quieren tener su propio estilo. Y eso se ve en París, en las marcas más importantes de moda, como Balmain, que hace una camiseta completamente rota por todos los lados, con un bordado de piedras espectacular, y vale 1.000 euros. Lo hacen porque quieren mostrar ese individualismo en las prendas.

Usted tiene 26 años. Por lo que uno oye y ve en los medios, se tiene la sensación de que lleva toda una vida trabajando.

Eso es lo más chistoso porque hasta ahora me siento comenzando.

¿Ese comienzo lo ve en otra casa de modas?

Totalmente. El plan es quedarme en Europa, preferiblemente en París. Me encantaría ir a otra casa y seguir creciendo como diseñador y seguir aprendiendo más cosas y llegar más lejos de donde he llegado.

¿Cuántos “Esteban Cortázar” lo habitan?

Hay unos tres: el que quiere ser un hombre de negocios; el Esteban Cortázar creativo, espontáneo, libre; y la persona amorosa que le encanta estar con sus amigos.

Un plan de escape que le guste hacer.

Lo que más me gusta de verdad es estar cerca al mar, estar cerca de la naturaleza me hace sentir seguro y relajado.

Al final, ¿lo esencial es contemplar la naturaleza?

Ahí es donde más me inspiro. Eso no quiere decir que voy a hacer una colección inspirada en la naturaleza, pero ahí es donde más puedo pensar en lo que ha pasado, lo que he vivido, lo que he aprendido, lo que me han dicho. Cuando estoy en el día a día no tengo tiempo para pensar.

¿Le quedó algo que hacer en otro campo?

De pronto en la actuación, me encantaría actuar y dirigir una película, tener algo que ver con el mundo del cine, del teatro, me encantaría.

¿Qué es la moda para usted?

Es como una obra de teatro. Al ver la técnica, el esfuerzo de las modelos y la pasión de los diseñadores, muchas veces esa puesta en escena me ha hecho llorar.

Si se hubiera quedado en Colombia ¿qué se imagina que estaría haciendo?

De pronto estaría haciendo teatro porque aquí en Colombia siempre estuve muy metido en ese cuento.

***

Suena su teléfono. Tendría que haber salido para el aeropuerto hace media hora. Mira la biblioteca que tiene a sus espaldas y piensa en voz alta que debería leer más. Me acuerdo del escritor Alfred Polgar y de su libro de relatos La vida en minúscula y de cómo le caería de bien la lectura del cuento “El abrigo”. Se lo lleva puesto y desaparece en el ascensor con sus botas tenis iluminadas como si tuvieran pilas. Lo suyo es una Vida en mayúsculas.

 

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