Transformar el dolor

Nadie está preparado para afrontar el suicidio de un hijo. Yo lo hice a través de la escritura. La literatura me permitió comunicarme con él y con otros que sufrían como yo.

Archivo Cromos

Comenzaré por decir que no creo que haya fórmulas para recomponerse después de haber sufrido una pérdida, para sobrellevar un dolor sin hundirse en un magma de oscuridad. Solemos ignorar la magnitud de nuestra fragilidad y el alcance de nuestra fuerza, por eso, a la hora de los grandes golpes de la vida, nuestra reacción suele ser imprevista. Por eso mismo, no podemos ser jueces implacables de los que se hunden, y sería arrogante ponernos como ejemplo de resistencia o de valentía.

A veces, sin embargo, una frase, un libro, una historia que oímos puede ser la ventana por la que entre la luz que nos permita ir sanando, comprendiendo, perdonando. No hace mucho leí que, a la hora de un duelo, es necesario cambiar nuestra relación con la persona que hemos perdido. Y también que Freud dijo que para superar la pérdida hay que incorporar la persona que amábamos a nuestro yo, hacerla parte nuestra a través de un proceso de interiorización. Pero muchas reflexiones bellas y sabias como estas han llegado tarde a mi vida. A la hora del suicidio de mi hijo Daniel solo pude reaccionar con lo que tenía: el respeto por la autodeterminación del otro, la conciencia de que él sufría, la escritura y mi capacidad de mirar la verdad de frente.

Mi primera reacción, pues, fue aceptar, que no es lo mismo que resignarse. Aceptar es asumir que no es sabio rebelarse contra lo que no tiene remedio, y menos aún contra la muerte,que está destinada para todos. Creo que esa repentina revelación me dio serenidad, pero más me la dio pensar que ahora Daniel ya no sufría. Porque para una madre es menos dura la ausencia de un hijo que verlo sufrir. Y Daniel sufrió y luchó casi diez años por mantener una vida donde cupieran la dignidad, una cotidianidad “normal”, su arte. Y claudicó cuando vio que el futuro se volvía oscuro porque su mente perdía facultades. Sólo imaginar a Daniel con una vida empobrecida me hizo capaz de aceptar
su decisión.

Ya que era imposible encontrarle un sentido a la tragedia de Daniel, vino en auxilio de mi dolor en carne viva el recurso de la escritura, que me permitió darle sentido a mi pena. Fue así como me dispuse a compartir un hecho privado, íntimo, pero haciéndolo representativo de un dolor más amplio: el de los muchos que han sufrido dolores del alma, depresión, locura, y han optado por la muerte como una salida.

Al mismo tiempo me entregué a la tarea de clasificar su obra artística, que me permitió comunicarme con el Daniel vivo, con su imaginación, sus inquietudes, su trazo, que me hacía adivinar su mano. Hacer fue mi camino, como para otros puede ser meditar, caminar, viajar. Vino entonces una conmovedora compensación: después de publicar Lo que no tiene nombre, la reacción de mis lectores me permitió constatar que la literatura es una vía de comunicación profunda entre la soledad del autor y la soledad del lector. Su solidaria respuesta justificó mi esfuerzo.

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2019-11-27T12:40:54-05:00

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Piedad Bonnett

Cromos

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