Para desconectarse de Colombia: dime que vienes de Aruba y te diré cómo te fue

Visité la isla pensando que su encanto se reducía a sus paradisiacas playas. Al final, me retracté, porque también ofrece aventura, gastronomía e historia colonial.

Si se cansa del sol y el agua, puede dar un paseo por el centro de la ciudad de Oranjestad.Autoridad de Turismo de Aruba

Me reconozco prejuicioso. Las alarmas se encienden cuando se trata de pagar por algo. En este caso, hablo de pagar unas vacaciones. A pesar de lo inabarcable que es el mundo, son pocos los lugares que me gustaría pisar. Podría contarlos en un párrafo. La lista es corta y, por supuesto, no figura la pequeña Aruba. Antes de ir, la imaginaba como la plaza perfecta para jubilados europeos y norteamericanos. Toneladas de hoteles cinco estrellas, playa y, después, a dormir temprano, para madrugar al día siguiente. La verdad, no soy de pagar por ir a quedarme quieto, con una piña colada en la mano. De hecho, si no fuera colombiano y quisiera conocer algo del país, preferiría ir a Bogotá que a la turística y hermosa Cartagena. Lo urbano se impone a la belleza natural de la costa.

Recibí la invitación con más agradecimiento que emoción. Sin embargo, fui con la expectativa de que me callara la boca, dispuesto a que el destino me dijera: “¡Ves que las cosas no son como pensás!”.

Desde el aeropuerto El Dorado hasta Oranjestad, la capital, hay menos de dos horas. El paseo arrancó bien porque había imaginado cerca a Aruba, pero no tanto. Fue más el agite de estar puntual en el aeropuerto, que el viaje. Es lo más parecido a ir a San Andrés.

Los países son sus habitantes. Una guía turística me recibió. Tan cálido fue su trato, que podría ser mi prima o mi hermana, solo que tenía una particularidad: se comunicaba en español, papiamento, holandés e inglés. Creí que tenía el don de las lenguas por su trabajo en la oficina de turismo, pero estaba equivocado: quienes crecen en Aruba son políglotas, porque les enseñan idiomas en la escuela pública. Esa riqueza me llenó de confianza, fue como estar en una Colombia organizada.

¿La más pequeña de las Antillas neerlandesas puede guardar tesoros, además de la playa? La respuesta es sí. El obvio: su paradisiaco mar. El Caribe es uno solo, pero quizás en Aruba están las aguas más impactantes. Cristalinas, limpias, llenas del pasado colonial. A este destino llegaron, en barco, holandeses, ingleses, españoles. Sus huellas continúan presentes, por eso aquí se habla de diversidad y de planes a granel, que harán inolvidable su visita. ¿Qué puede hacer?

Parque Nacional Arikok

Es una piscina natural, localizada en el extremo oriental de la isla. Se llega a ella en cuatrimoto, tras un trayecto de aventura lleno de llanuras, barro, arena y sol.

 
 

 

Playa Eagle

Considerada una de las más bellas del mundo, este hermoso punto ofrece arena blanca, deliciosa comida, cocteles y mucha agua para navegarla hasta que se arrugue la piel.

 
 

 

Faro de California

Desde 1910 está levantada esta estructura, en la que se contempla toda Aruba. Hay dos opciones: subir, después de pasar por un delicioso restaurante que complementa la visita, o decantarse por lo contrario.

 
 

 

Las cuevas Guadirikiri y Fontein

Murciélagos dormilones y mucha oscuridad en estas bodegas rocosas. Solo se pueden recorrer con guías especialistas, que hablarán de los dibujos en los techos de las cámaras.

 

 
 

 

 

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Carlos Torres / Revista Cromos

Turismo

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