Carolina Sanin, Gloria Esquivel y otros autores que escriben desde lo femenino

¿Los libros de las mujeres son diferentes a los de los hombres? Este año, en el que la FilBo cuenta con más autoras en su lista de invitados, reflexionamos sobre esa literatura que ha sido tantas veces ignorada, rechazada y menospreciada.

Carolina Sanín, Gloria Esquivel y otros autores que escriben desde lo femenino
Izq - der: Carolina Sanín y Gloria Esquivel.Fotos: Cortesía.

En 1982, Juan Rulfo dijo que Fanny Buitrago era la mejor escritora de Latinoamérica, porque simplemente escribía como un hombre. Para entonces, la barranquillera tenía 39 años, tres novelas publicadas y una a mitad de camino. Había sido finalista del Premio Seix Barral –uno de los más importantes en lengua castellana– y se había atrevido a retratar una sociedad esquiva, violenta y plagada de egos, en una época en la que las palabras, y más aún las crudas y beligerantes, eran propiedad exclusiva de los hombres. 

Veintidós años atrás, cuando tenía 17, Buitrago había puesto a rezar Ave Marías a una sociedad conservadora y mojigata con su primera novela: El hostigante verano de los dioses. En ella, una periodista llega a la ciudad de B para entrevistar al autor de un libro que perturba a sus lectores, porque resulta tan real, que todos se sienten identificados. El juego de lugares se cuenta solo. Buitrago, a través de su escritor inventado, describe la violencia del Frente Nacional, la desigualdad de clases, la doble corrección religiosa y el arribismo de las élites intelectuales.

“Insolente”. “Inmoral”. “Puta”. La crítica no escatimaba. “Una lectura nociva para quienes creen en la belleza de las cosas y la defienden con hermoso coraje”, dijo Agustín Rodríguez Garavito, entonces director de la Biblioteca Nacional. “Una muchacha descarriada que quién sabe por cuántas camas ha pasado ya”, cuenta ella que le dijo un completo desconocido a su papá. “La niña terrible”, dijeron todos y así la siguieron llamando. 

“La mejor de Latinoamérica, porque escribe como un hombre”, dijo Juan Rulfo, en Berlín, durante el Festival Horizontes de 1982. Han pasado más de 40 años y la idea, aunque desteñida y matizada, sigue vigente. ¿Cómo escriben los hombres? ¿Cómo escriben las mujeres? ¿Cómo escriben los queer? ¿Existe alguna diferencia?

—No existe ninguna. Es un actividad física y mental que puede hacer cualquiera –dice Gloria Esquivel, autora de la novela Animales del fin del mundo–. Pero existe una experiencia diferente al ser mujer o ser homosexual y transitar un sistema heteropatriarcal, como la literatura. Alguien que está por fuera necesariamente se ha hecho más preguntas y ha experimentado otras cosas que vuelven más diversas sus maneras de concebir la escritura.

 
 

Animales del fin del mundo
Gloria Susana Esquivel 

Es la historia de Inés, una niña de 6 años que vive en la casa de sus abuelos maternos y que se vale de juegos para evadir sus dolores.

Animales del fin del mundo es una declaración poética de inocencia, de soledad, de miedo. Es la historia de Inés, una niña de 6 años que vive en la casa de sus abuelos maternos, en Bogotá, y recorre las habitaciones en busca de fantasmas aterradores. Que imagina a su abuelo como una enorme bestia violenta y a María, su mejor amiga, como un gato. Que se vale de juegos para evadir sus dolores y de rimas para entender su propio mundo.

La novela de Esquivel es otro retrato, uno de la sociedad colombiana y sus clases sociales, sus apariencias y sus violencias domésticas. Es un secreto a voces que se confiesa en voz infantil y deja a la vista las grietas que hemos normalizado y repetido de forma sistemática en la cotidianidad de la vida. En esencia, las mismas de Fanny Buitrago en su momento, medio siglo más tarde y en una realidad que también sigue vigente.

*** 
“Este hombre no es mi marido, es mi enemigo”, se dijo Pilar Quintana mientras las manos de él le apretaban el cuello y la dejaban sin aire. Mientras se ahogaba, mientras entendía, mientras creyó que se iba morir. Se habían conocido doce años atrás. Él era un irlandés-australiano y ella, una mujer de 28 años que había renunciado a su trabajo, se había ido de viaje con nada más que una mochila y había decidido volverse escritora. 

 
 

Pilar Quintana / Foto: Cromos.

Después de tres años regresaron juntos a Colombia y construyeron una casa en un acantilado selvático del Pacífico. Él era hábil con las manos y ella con las letras. Él pelaba cocos con un machete y ella publicaba su primer libro. “Yo hacía el dinero que necesitábamos para vivir y él se encargaba de las labores de la casa”, cuenta Pilar en la revista Bacánika. Ante los ojos ajenos eran perfectos, pero ante los propios él la perseguía por la casa, la empujaba y la estrellaba contra las paredes. Dejaba de hablarle por semanas y ella terminaba reconociendo culpas que no tenía.   

Cuando dejó al irlandés, dejó también la selva. El mar agitado, la vegetación espesa, la casa, los arbustos y los pájaros de colores. Ese paisaje húmedo es el mismo que describe en La perra, la novela con la que en el 2018 obtuvo el Premio Biblioteca Narrativa Colombiana. Y ese esposo violento es el mismo que recrea para Damaris, su protagonista. Una mujer que carga la frustración de no haber podido tener hijos y adopta una perra recién nacida, cuya madre apareció muerta en la playa. La alimenta con una jeringa, la pone en su pecho para darle calor. Le protege la piel con ungüentos y crea un vínculo casi maternal con ella. 

 
 

La perra
Pilar Quintana

Una mujer que carga la frustración de no haber podido tener hijos y adopta una perra recién nacida, cuya madre apareció muerta en la playa.
 

“La maternidad es la más intensa de todas las experiencias”, dijo en una entrevista, a propósito del premio. Pensaba que en el sexo era donde más animales éramos. Luego de ser madre descubrí que ahí, en el deseo de la maternidad, en el embarazo, en el posparto, en la intensidad del amor por mi hijo era donde más animal y llena de impulsos e instintos había sido jamás”. 

De vuelta a la idea de Rulfo: ¿existe una literatura de hombres y una de mujeres? ¿Hay temas exclusivos? ¿Es la maternidad una narración femenina?

—Es una gran controversia y siempre vamos a encontrar opiniones divididas—dice Andrea Salgado, directora de la Cámara del Libro y autora de La lesbiana, el oso y el ponqué—. Pero el hecho de tener un cuerpo, de vivir como una mujer y de ser parte de la historia de esa forma, sí genera una mirada diferente. 

 
 

Andrea Salgado / Foto: Lina Alba - El Espectador.

Este año, la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FilBo) tiene una participación mayoritariamente femenina. El 70% de sus invitados son mujeres y, quizás, en consecuencia, dentro de su programación hay un interés especial por poner sobre la mesa discusiones como esta. Hasta qué punto el cuerpo desplaza la perspectiva del autor. Cómo una narración puede hacerse trascendental desde la cotidianidad y sin centrarse en la gran gesta de algún hombre. De qué forma lo femenino también es universal.

Conversaciones que giran en torno al aborto y quedan plasmadas en ilustraciones, como las de la española Paula Bonet. Libros feministas que hablan con crudeza de abusos, violaciones y sangre, como Pelea de gallos, de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero. Visiones femeninas de lo épico, como la historia de la madre de Martín Fierro, escrita por la argentina Gabriela Cabezón Cámara, en su novela China Iron

Y, por supuesto, charlas que cuentan a Colombia, el país invitado de honor. Visiones históricas, a propósito del bicentenario, que indagan por el papel de las mujeres en la Independencia: de las indígenas, las esclavas, las que eran madres, maestras, comerciantes. Espacios de diálogo con lideresas y un lugar especial para las novelas de culto que, en su momento, revolucionaron las convenciones de género en la literatura: Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba Lucía Ángel, y El Hostigante verano de los dioses, de Fanny Buitrago. 

***
“Vuela”, le dijo un hombre desconocido en el parque a Giuseppe Caputo, cuando era niño. Tenía 6 o 7 años y asumió el pedido como una voz de aliento, así que siguió corriendo, saltando, jugando en alguno de esos universos imaginados que se crean en las mentes infantiles. “¡Vuela, mariposa!”, le gritó entonces el hombre con rabia. La frase se quedó con él y varios años más tarde se transformó en una de las imágenes más poderosas de Un mundo huérfano, su primera novela; en el grafiti de uno de los muros de una discoteca gay contra la que habían arremetido en un crimen de odio; en una invitación a la resistencia y una consigna de libertad: “Sigan bailando, mariposas”.

 
 

Giuseppe Caputo/ Foto: Chris Mosquera  El Espectador.

Un mundo huérfano es la historia de un padre y un hijo que intentan lidiar con la pobreza. El padre prueba ideas absurdas para conseguir dinero: cobrar por consejos, hacer remiendos, vender empanadas, montar espectáculos en su casa. Y el hijo se pierde entre discotecas gays, baños turcos y lugares de sexo en línea. Es una novela queer, que rompe las barreras de los géneros y se cuenta en estereotipos para desmitificarlos al mismo tiempo. 

—Lo femenino no es algo que está ligado solo a las mujeres, es una forma en que la literatura aborda ciertos lugares que no son tenidos en cuenta por la literatura patriarcal–explica Andrea Salgado. 

 
 

Somos luces abismales
Carolina Sanín

Un relato autobiográfico, un ensayo narrativo, un diálogo poético y una prosa reflexiva. 

Transgredir los géneros y sus barreras preconcebidas es un asunto que va más allá del cuerpo. Que implica romper las convenciones, los binarismos y las estructuras tradicionales. Es hablar desde una estética queer, como lo hacen Caputo o la misma Salgado en La lesbiana, el oso y el ponqué, o pararse en lugares indefinibles, como Carolina Sanín, en Somos luces abismales, su libro más reciente, que es al mismo tiempo un relato autobiográfico, un ensayo narrativo, un diálogo poético y una prosa reflexiva. 

La FilBo 2019 se une a la conmemoración de los 50 años de los disturbios de Stonewall, que marcaron el comienzo de las luchas LGTBI y abre varios espacios para celebrar el género en cualquiera de sus formas. Conversaciones sobre reinventarse, lo femenino y lo masculino con Ángelo Néstore, escritor homosexual, dueño de una editorial feminista. O performance, como el de la argentina Naty Menstrual, en los que se narra la vida desde la marginalidad. Charlas que celebran el sexo a través de la poesía del mexicano Salvador Novo y el colombiano Raúl Gómez Jatin, o discusiones que abordan el cuerpo como elemento de comunicación, con Garth Greenwell y el mismo Caputo. 

—Sobre si los hombres, las mujeres y los homosexuales escriben distinto, yo diría que habitar el mundo siendo uno u otro es diferente, que el patriarcado ha puesto a los hombres en un lugar de privilegios y a los demás en zonas más periféricas, pero sobre si eso se traduce en la escritura, diría que a veces ocurre y a veces no–explica Giuseppe Caputo–. Que es posible instalarse en la convención o hacerlo fuera de ella y que no existe una forma más válida que la otra.