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El amor en blanco y negro

Un encuentro con 'Cold War', del director polaco Pawel Pawlikowski, que nos pone a soñar con el pasado.

Escena de Cold War.Foto: Cortesía

A veces el amor es una canción que se repite, que se sostiene en el tiempo a pesar de ella misma, es una acción teatral que nos agrieta y nos restablece, un tocadiscos con la ajuga gastada que se resiste a dejar el cuarto en silencio. Así es Cold War, así seguimos siendo los que vivimos en un amor de corazones exiliados, románticos  e insaciables.

Tal vez no poseo aún toda la habilidad para narrar la belleza que Pawel Pawlikowski pone ante mis ojos inexpertos, tal vez me quede corta hablándoles de un amor que se transforma en la intimidad de la tristeza, que renace en la música para convertirse en un jazz que sostiene el corazón de Wiktor.  Tal vez me quede tarareando un fragmento de esa canción que se repite a lo largo del filme y que me hace volver a creer que el ‘corazón es la palabra más bella del mundo’, que el ‘corazón es el más maravilloso tesoro de la vida’. Tal vez y solo por hoy me consagre al corazón como a un todo, tal vez y solo por hoy engañe a la furia del tiempo.

En Cold War, los corazones de Zula y Wiktor están irremediablemente unidos en medio de la guerra, represados como las almas afligidas que esperan la primavera para amarse, aún cuando saben que siempre vivirán en invierno. Su amor en blanco y negro es una remembranza al pasado, un viaje musical desde 1949 hasta 1964, un verso que se eleva en mitad del sufrimiento para apaciguar el peso la ausencia, para abrazar el despojo de un amor sellado con la finitud de la vida.

La atemporalidad de algunos dolores puede cantarse, incluso cuando se está roto, cuando no se es capaz de continuar fingiendo sobre ese gran escenario social que se nos presenta a veces como la vida.

Es cuando nos sentimos vacíos que nos aferramos con fuerza al canto de Zula, a esos susurros vocales que encierran el canto de un ave con vuelo confuso. La belleza de las imágenes de Cold Ward son un golpe en el centro del pecho, una sacudida que nos devuelve al pasado con arrullos polacos, con tristes canciones folclóricas que relatan el horror, la distancia y la desolación. Ver Cold War es desgarrarse para después flotar en un aire liviano de pasiones, en una encrucijada de luz y oscuridad.