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El cuerpo femenino: de jaula a templo

La relación de Adriana Convers y Carolina Ramírez con su cuerpo estuvo rota por cuenta del sobrepeso y la anorexia. Sin embargo, sobrevivieron a esa batalla campal con su imagen cuando encontraron el camino de la reconciliación. Solo así pudieron liberarse de la jaula, aceptarse y quererse.

El cuerpo femenino: de jaula a templo
Nos dividen entre princesas de Disney y supercampeones, y ese es un camino fijado que se nos mete en el ADN y es muy difícil de deconstruir. (Izq-Der: Carolina Ramírez y Adriana Convers)Fotos: David Schwarz.

Este cuerpo que tenemos no solo es nuestra única manera de existir en el mundo, también es como un lienzo en el que la sociedad proyecta una serie de símbolos y conceptos, antes de que nosotros podamos decidir si nos gustan o no. Antes de que podamos reconocernos en un espejo, nuestro cuerpo ya carga con significados. Literalmente: cuando las mujeres están embarazadas y se enteran del sexo del feto, ahí comienzan los estereotipos. Para cuando tenemos edad para entender qué carajo es un estereotipo, ya lo hemos interiorizado.  
 

Catalina Ruiz-Navarro. 
Las mujeres que luchan se encuentran.  


 
A todas nos pasa que el cuerpo es la vara con la que nos miden.

A todas nos pasa que, desde que somos niñas, nos enseñan a querernos por cómo nos quedan los vestidos o se nos ve un peinado. 

A todas nos pasa que sentimos el colegio como una competencia de belleza, en la que nos burlamos de las que son gordas, de las que tienen demasiadas tetas, o  de las que no tienen nada. 

A todas nos pasa que fantaseamos con vernos como las actrices de cine o las modelos que salen en las revistas. 

A todas nos pasa que nuestras madres o abuelas –desde el amor que nos tienen– nos dicen medio en serio, medio en broma, que no exageremos con la comida porque ‘se nos va directo a las caderas’. 

A todas nos pasa que torturamos el cuerpo a punta de dietas y batidos milagrosos que de milagrosos no tienen nada, y de perjudiciales, mucho. 

A todas nos pasa que entrecerramos los ojos para evitar ver con claridad nuestra desnudez reflejada en el espejo. 

A todas nos pasa que empujamos la punta de la nariz hacia arriba y fantaseamos con esa cirugía que nos haga ver más hermosas. 

A todas nos pasa que si mostramos mucho nos juzgan de fáciles, pero si mostramos poco nos llaman mojigatas. 

A todas nos pasa que odiamos las estrías y la celulitis como si no fueran algo tan natural como los lunares del cuerpo.

A todas nos pasa que si nos vemos bonitas no les dan el suficiente mérito a nuestros logros, porque las lindas son brutas y las feas inteligentes.  

A todas nos pasa que a punta de filtros desaparecemos cicatrices, granitos, ojeras y otras imperfecciones de las fotografías antes de subirlas a Instagram. 

A todas nos pasa que renunciamos a respirar para llevar esa faja insoportable que nos aplana el vientre y nos amarga la vida. 

A todas nos pasa que no logramos abrazar nuestro cuerpo como sí abrazamos, sin ningún tipo de juicio, el de las personas que amamos. 

A todas nos pasa que nos reconciliamos más fácil con el novio que nos ha hecho sufrir, que con ese cuerpo que sin falta se levanta cada día para llevarnos por la vida. 

A todas nos pasa, o a todas nos ha pasado, que sentimos el cuerpo como una jaula. 

 
 

"Descubrí que lo que más me gustaba de bailar era interpretar personajes. Y así llegué a la actuación, un molde en el que sí entré y con el que aprendí a sentirme cómoda con mi cuerpo", Carolina Ramírez.

 

A Adriana Convers y a Carolina Ramírez, las protagonistas de esta portada, también les pasó. 

"A todas nos pasa" no es una frase de mi autoría. Es el título del libro que Adriana Convers, la experta en moda conocida como Fat Pandora, publicó este año. Me he atrevido a usarla 17 veces porque nos engloba a todas cuando hablamos de cómo, históricamente, los estereotipos de belleza han determinado la forma en la que habitamos el mundo y nos reconocemos a nosotras mismas. 

“Todo lo que sabemos y decimos sobre nuestro cuerpo se ve afectado por nuestras construcciones sociales”, explica Catalina Ruiz-Navarro en su libro Las mujeres que luchan se encuentran. Sin preguntarnos quién decide o de dónde proviene el significado de lo que es bello y de lo que no, pareciera que las mujeres hemos sido programadas para alcanzar, a toda costa, esos estándares estéticos. A veces como un fin en sí mismo, a veces como un medio para lograr ciertos objetivos. 

La distinción comienza desde que somos niñas. A nosotras nos valoran por cómo nos vemos y a los niños por lo que son capaces de lograr. Así, desde los primeros años, nos dividen entre princesas de Disney y supercampeones. Es un camino fijado que se nos mete en el ADN y es muy difícil de deconstruir. Y el asunto se complica aún más en la medida en que nuestra diversidad hace que sea imposible meternos a todas dentro de un solo estereotipo (como el de las famosas hermanas Kardashian –que no tienen nada de malo, ellas crearon su propio estilo, bien por ellas–).

Que nos evalúen de acuerdo con la manera en que nos vemos ha llevado a que queramos cumplir toda clase de imposiciones estéticas, así estén lejos de nuestro molde. A veces es una tarea tan agotadora, que no solo pisotea nuestro bienestar y autoestima, sino que nos hace blanco de violencias que la mayoría de las veces son normalizadas por la sociedad. “Está bien visto hacerle bullying al gordo, por ejemplo. Es aplaudido y hasta incentivado porque existe la historia de la gordita, que, en venganza, un día adelgazó y se convirtió en reina de belleza”, dice Adriana Convers. 

Y aunque el mensaje lógico sería decirnos que tenemos que ‘empoderarnos’ y romper con todos los estereotipos, lo cierto es que estos hacen parte de una industria multimillonaria de moda y belleza que nos bombardea a cada hora y por todos los medios habidos y por haber. Tampoco habría por qué hacerlo, muchas de nosotras disfrutamos de arreglarnos y vernos lindas. Nos gusta pintarnos el pelo, depilarnos –aunque suframos el proceso–, hacer ejercicio para perder unos kilos, estar a la moda y untarnos toda clase de menjurjes en la cara para que no se nos noten los años. Pero la línea entre hacer de nuestro cuerpo un templo en el que nos divertimos y convertirlo en una jaula que nos esclaviza es muy delgada. 

En su libro, Adriana Convers habla de un tema interesante: los malos hábitos. Ella no se refiere a fumar, tomar alcohol, trasnochar y comer pizza, sino a esos comportamientos que nos afectan emocionalmente. Con permiso de la autora, dimos un repaso a cuatro de ellos, que funcionan como la columna vertebral de este texto, cuyo propósito es ahondar en la relación que Adriana y Carolina han tenido con su cuerpo. Quizá ahí esté la clave para hallar el equilibrio entre sentirnos bellas y cómodas con quienes somos. “¡Qué bueno sería hacer una lista sencilla de estos malos hábitos para saber cómo sacarlos de nuestra vida de una vez por todas!”, dice la bloguera. 

 
 

A todas nos pasa que entrecerramos los ojos para evitar ver con claridad nuestra desnudez reflejada en el espejo.

 

Darnos palo

Adriana: Debemos ser lindas, pero no demostrar que nos sentimos lindas. Si lo decimos, inmediatamente, alguien salta y nos dice “¡Uy! ¡Sea más humilde!”. Desde pequeñas se nos ha enseñado a identificar nuestros defectos, a sentir vergüenza y a amarrarnos a ellos en una relación tóxica. 

Por mucho tiempo estuve divorciada de mi cuerpo. En el espejo me miraba del cuello para arriba y de ahí para abajo, nada. Lo consideraba una jaula, porque no correspondía con el ideal que tenía en mi cabeza. 

Tenía la convicción de que cuando fuera flaca me iba a amar. Estuve muy cerca de la meta, pero no me amé, me odié, me sentí poca cosa. Más adelante comprendí que uno tiene que amarse en cualquier estado. Si tú quieres adelgazar, bien por ti, pero no lo hagas pensando en que así vas a ser feliz. Hoy, todos los días le pido perdón a mi cuerpo porque lo hice pasar por muchas cosas.

Compararnos con los demás 

Carolina: Uno tiene que ponerse el vestido que le queda bueno. Yo tenía 14 años, bailaba ballet clásico y quería tener el cuerpo de las bailarinas europeas. Era muy trabajadora y exigente en la técnica, pero me frustraba que me faltaran 20 cm de pantorrilla y me sobraran varios kilos de nalgas para ser como ellas. Me enfoqué tanto en lo que no era y en lo que quería ser que me obsesioné. 

Adriana: Debemos dejar de sentir envidia, porque ese sentimiento solo nos hace daño a nosotras. Cuando era pequeña yo les envidiaba mucho a mis amigas delgadas su cuerpo porque podían ponerse vestidos de baño y se veían divinas, o porque comían de todo y no se engordaban. Me daba mucha rabia no poder ser como ellas y era infeliz. Con los años me di cuenta de que ellas también tenían sus propias inseguridades. 

Qué bonito sería que habláramos más francamente entre nosotras, que aprendiéramos desde más jóvenes que apreciar la belleza de las demás no nos hace menos. De que las demás mujeres no son nuestras rivales y que cuando dejamos de sentir envidia y de compararnos con las demás, las mayores beneficiadas seremos nosotras. 

 
 

“Está bien visto hacerle 'bullying' al gordo, por ejemplo. Es aplaudido y hasta incentivado, porque existe la historia de la gordita, que, en venganza, un día adelgazó y se convirtió en reina de belleza”: Adriana Convers.

 

Construir la autoestima basadas en la opinión de otros

Adriana: Una de las cosas que he aprendido es que la única opinión que importa sobre mi cuerpo es la mía. Es algo difícil y toma años. La moda ha sido mi mayor aliada en eso, porque dejé de creer en lo que me habían dicho sobre cómo debía vestirme por ser gorda. Nos han enseñado un montón de reglas: que las gordas no podemos usar estampados, que no debemos usar rayas, que la mejor opción es vestirnos de negro y pasar desapercibidas. Dije basta y empecé a reconocer mi cuerpo. Así empezó mi aceptación y mi lucha. 

Ahora, el hecho de que me acepto como soy no quiere decir que quiero verme sexi. Pasa que cuando en los medios quieren hablar de la tendencia body positive piensan que porque estoy orgullosa de mis curvas –que lo estoy– entonces tengo que mostrar más piel o vestirme con ropa apretada. No. Yo no soy una gorda a la que le gusta verse sexi, no me interesa resaltar mis curvas, mi intención es verme fashion. Que me vean en la calle, y que todos me digan “¡Qué bien te vistes!”, “¡Qué lindo tu estilo!”. 

Atentar contra nuestro cuerpo para entrar en moldes ajenos

Adriana: Yo hice todos los tratamientos para poder bajar de peso. Puse a prueba toda clase de dietas y hasta me hice una cirugía bariátrica, y puse en riesgo mi vida por alcanzar un estándar o una talla que no iba a poder ser. Sí, adelgacé. Con la cirugía perdí 30 kilos, pero era otra persona.  

Había pasado por tanto sufrimiento y ahí estaba, lidiando con las consecuencias de ese procedimiento que me tenía calva, sin uñas, contando calorías, ojerosa, sintiéndome mal y tomando medicamentos que me causaban desequilibrio hormonal, que me tenían llorando y estresada por todo. Verme delgada pero inmensamente infeliz me hizo comenzar con un proceso largo de perdón. Tuve que ir al psiquiatra y hacer tareas para empezar a quererme. 

Carolina: Comencé a probar cuál era mi límite, hasta dónde podía llegar para parecerme a esas bailarinas que tanto admiraba. Contaba cuántas calorías me comía en el día. La nutricionista me había mandado una dieta de unas 2.000 calorías y terminé comiendo 500. Hacía mucho ejercicio, dormía muy poco, tomaba muchos laxantes. 

En ese momento todo te da culpa: si te comes esto te da culpa, si no haces ejercicio te da culpa, si no sudas te da culpa. Fui diagnosticada con anorexia nerviosa. Si mi mamá no me pilla a tiempo, no creo que estuviéramos aquí contando el cuento (confesó la actriz en el programa La red, de Caracol Televisión).

Cuando llego a la actuación es cuando puedo entender que en el anterior molde no cabía. Afortunadamente, mi mamá estuvo ahí, supo cómo manejar la situación, sin frustrarme, sin sumarle a lo que yo sola me iba sumando. Me acompañó, me aguantó, me puso límites.  

 
 

"Por mucho tiempo estuve divorciada de mi cuerpo. En el espejo me miraba del cuello para arriba y de ahí para abajo, nada. Lo consideraba una jaula porque no correspondía con el ideal que tenía en mi cabeza": Adriana Convers.

 

Un buen hábito: reconciliarnos 

Adriana: No debería haber estereotipos de belleza, pero no podemos negar que hay una industria multimillonaria que se alimenta de eso, y van a existir por el resto de nuestros días; por eso es muy utópico decir "¡abajo los estereotipos!". Sin embargo, creo que debemos promover la elección, la libertad que tiene cada persona de modificar su cuerpo como quiera. Afortunadamente, hoy en día hay más diversidad en los medios y eso es algo bueno, porque eso significa que las niñas que vienen podrán encontrar diferentes referentes con los cuales sentirse identificadas. 

Me parece que ha llegado la hora de abrazar la diversidad, de reivindicarnos entre nosotras. 

Carolina: Mi cuerpo era una jaula cuando quería entrar en el molde de las estudiantes de la Ópera de París. Cuando dejé de bailar profesionalmente fue cuando me empecé a reconciliar con mi cuerpo. Por ejemplo, descubrí que lo que más me gustaba de bailar era interpretar personajes. Y así llegué a la actuación, un molde en el que sí entré y con el que aprendí a sentirme cómoda con mi cuerpo. 

Ahora me encanta todo lo que veo, me perdono todo, me mimo, porque ya pasé por un proceso de aceptación. Creo que estar bien para uno es importante, pero uno se da cuenta de esto cuando ya es grande. Uno tiene que madurar como mujer y tiene que aprender de los errores para entender que la belleza es ser auténtico, ser uno mismo. 

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2019-07-29T16:41:04-05:00

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2019-07-29T18:31:07-05:00

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Diana Franco Ortega/ @dianafortega

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