El largo y cadencioso vuelo de Cristina Gallego

Hablamos con la codirectora de ‘Pájaros de verano’, una película que narra la vida de una familia wayuú durante la bonanza marimbera.

Sus orígenes. Estudió Cine y televisión en la Universidad Nacional de Colombia. En 2004 produjo la película 'La sombra del caminante'.Foto: Natalia Pedraza.

El 12 de mayo del 2018 fue un día histórico en el Festival de Cannes: un grupo conformado por 82 mujeres de la industria cinematográfica caminó de la mano por la alfombra roja del Palais des  Festivals, como símbolo de fortaleza. Su gesto fue un grito a favor de la igualdad de género. En los 70 años, solo la directora neozelandesa Jane Campion ha tenido el honor de ganar la Palma de Oro.

Las 82 manifestantes personificaron el número de películas dirigidas por mujeres que fueron nominadas este año para competir por el galardón (1.645 fueron dirigidas por hombres). Entre ellas estaba la bogotana Cristina Gallego. Ese día estuvo de pie, empuñando sus manos, diciendo en territorio francés “nosotras no somos minoría, sin embargo, somos menos del 5% de la representación cinematográfica”.

De su participación en la marcha feminista no podía esperarse menos. Su voz pausada, el movimiento lento de sus ojos, consecuente con la cadencia de sus manos y su sonrisa, refleja la tranquilidad y el cuidado de su día a día. Su trabajo en la industria del cine lo combina con la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Esa búsqueda de condiciones equitativas la llevó a momentos de redescubrimiento que le dieron la seguridad para ejecutar empresas ambiciosas.

Durante un tiempo se sintió borrada por los medios de comunicación. Fue como si alguien hubiera  pasado el codo por su nombre para que nadie reconociera su labor: “esa situación me cuestionó, si yo estaba haciendo mi trabajo por qué me eclipsaban. Fue grande la impotencia, recuerdo que lo resolví a mi manera, cuando algo me molesta demasiado, tengo que escribirlo y sacarlo, porque, de lo contrario, me enfermo”.

Sus primeros pasos los dio con una cámara casera en la registró su cotidianidad: “en ese tiempo hacía ediciones en cámara, eso me acercó mucho a la imagen. Luego pensé que la relación podía ser más fuerte a través de la publicidad y me incliné por esa carrera. Pero rápidamente me di cuenta de que el rumbo no era por ahí. Sin dudarlos, di el salto al cine”. Desde siempre sus inquietudes giraron alrededor del arte de las imágenes. También rondaban inquietudes sociales y políticas que hoy permean su creatividad.

Al ingresar a la Universidad Nacional, el montaje, al sonido, a la realización y la historia del cine se convirtieron en su prioridad. Quiso vivir de eso: “llegué por casualidad a la producción, me gustó porque podía engranar lo que me apasionaba y pensar en relatos que inicialmente eran difíciles de concretar. Siempre he sido emprendedora, y parte de esa búsqueda tiene que ver con hacer lo que me gusta. Desarrollar mis proyectos o los de otras personas es una labor que me pone a prueba”.

Las películas que produce parecen condenadas al reconocimiento en los festivales de cine nacional e internacional. A pesar de su juventud, su nombre tiene el brillo de lo clásico. Podría  decirse que todo lo que ella toca se convierte en una pieza que vale la pena ver. El espectador va a la fija cuando lee su nombre en los créditos.

En 2016 Colombia obtuvo su primera nominación a los Premios Óscar con la película El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra. A través de ese largometraje el público descubrió parte de la historia de nuestra Amazonía. El director mostró una imagen diferente a la de la guerra y el narcotráfico. El papel de Gallego en esa historia fue valioso: “hice muchas cosas que no tenían que ver estrictamente con la producción. Metí la mano como directora en diferentes procesos. Al hacerlo creció en mí un nivel de confianza desconocido, que antes no tenía. No había buscado ser directora, pero fue lo que terminé haciendo”.

Ese nivel de confianza la formó para codirigir Pájaros de Verano, un filme que recrea los tiempos del tráfico de marihuana en el Caribe. “Originalmente la idea fue mía. Con la excusa de querer ahondar y explorar a una mujer matriarcal, me convencí de que podía hacerlo porque era un tipo de personaje que Ciro nunca ha abordado en su cinematografía. Decidí entrar en un rol de codirección con él y también aprendí a marcar mi límite como productora”.

Pero su pulsión creadora pronto se estrelló con la falta de visibilización. Fue como si los medios pasaran por alto su participación y se enfocaran más en su compañero. Finalmente, al reconocerse su debut como directora, ella se quitó un peso de encima y se apropió de su obra compartida.

Hoy respira tranquila, pero s abe que hay muchos techos de cristal por romper. Su situación es el reflejo de lo que viven las mujeres a nivel mundial, incluso en Cannes, la vitrina de la que todos hablan porque en siete décadas apenas se ha premiado el trabajo de una mujer.

 

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