Volver al cine

El vuelo de los recuerdos

Un recuerdo unido a 'Lady Bird' (2017), de Greta Gerwig.

Lady Bird.Foto: Cortesía

Hace doce días estaba mirando un charco de sangre, dando declaraciones a desconocidos, con las sirenas de la policía y las ambulancias como banda sonora, con las piernas temblorosas y sin más dirección de arte que el abrazo de mis amigas, amigos y familiares.

A raíz de ese suceso recordé que Lady Bird fue la última y única película que vi con mi tío, y entonces aquí estoy, mezclando una historia de pérdidas embarcadas en una búsqueda interior, la mía: tratar de comprender la dureza de la vida y la de Lady Bird, encontrar la manera de defender su identidad.

El cine es muchas veces más amable que la realidad porque al final siempre puedes repetir las películas cuantas veces quieras y estatizar las imágenes que deseas inmortalizar por unos segundos en tu cabeza; la “realidad” en cambio, está sujeta a pérdidas y a desprendimientos que suelen traer consigo la ausencia de un ser amado.

Temo no poder encontrar las formas de que el recuerdo de esa noche con mi tío frente a la pantalla no sea anulado por el de su cuerpo tendido sin vida sobre la alfombra de la sala, así como me temo que las ganas de Lady Bird de salir corriendo de Sacramento son las mismas que tengo ahora mismo de irme de aquí, de huir del malestar de la gente, de las personas que no saben cómo atender la muerte y prefieren aislarse de ti. Lo entiendo, ni siquiera para mí es fácil escucharme, pero créanme cuando les digo que me duele no ser objetiva en este momento y preferir apelar a la desmemoria de todo, de la vida, de la infancia, de mi nombre. Siento que también debería tener un “nombre dado por mí y para mí”, uno que me permita consolarme como lo hizo mi madre en la iglesia cuando lloraba sobre sus piernas cansadas y sus esperanzas hechas añicos. Créanme que también prefería salir del lugar donde trabajo y me tratan con frialdad porque van a despedirme y no tienen el tacto para decírmelo de frente, créanme que daría todo porque mi madre me arrullara de nuevo en sus piernas, pero esta vez sin llorar.

Que Greta Gerwig, además de una película maravillosa me haya regalado uno de los mejores momentos de mi vida con mi tío, es como si finalmente el cine cumpliera su función, la de arropar las almas tristes, las jóvenes esperanzas que se agrietan sin alivio en esa canción incomprensible que es la vida, en esa sinfonía que nos paraliza y nos enmudece el corazón.

Y así como Lady Bird se entregó a sus sueños, yo dejo volar los recuerdos de ese horrible momento en el que encuentras al ángel con sus alas rotas, incapaz de levantarse para continuar inculcándome las ganas de no dejar de creer, aún cuando me ahogo.

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