Familias tóxicas: Catarsis

Reunimos cuatro cartas de cuatro personas que quisieron desahogarse con el familiar que marcó sus vidas. Los descargos van hacia sus figuras paternas, lo que obliga a preguntarse ¿algo están haciendo mal los hombres? La última.

Fotografías: iStock / Intervención: Cromos

Llevo varias horas aquí, frente al computador tratando de escribirte una carta. Una carta que me persigue desde hace 10 años, sí, la misma que no he querido escribir, la que con constancia me recuerda la tarea inconclusa que me dejó la psicóloga en terapia y que nunca cumplí.

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Maximiliano, mi perro, duerme profundo ahora, lo veo y lo escucho roncar con ganas y no, no son las mismas comparadas con las que tengo de escribirte. Por minutos miro para el techo y pienso en cómo comenzar este relato que será solo un esbozo de la catarsis que debo hacer para toda esa montaña rusa de emociones que he sentido por ti.

¿Qué te digo? Los días en los que quería que desaparecieras de mi mundo han desvanecido, ya no es un pensamiento continuo. Siento que sirvió haberte dicho todo lo que me había guardado por tantos años, aquella noche en la que llegaste a casa de mamá en tu visita diaria. Tuve miedo, me tembló la voz, lloré por momentos, finalmente me armé de valor para quitarme tanto dolor de encima. Funcionó, algo, pero funcionó. Siempre he sentido que es difícil hablarte sin tapujos, con la sinceridad y la confianza que deberíamos llevar a estas alturas si nuestra relación hubiera sido normal, así a veces no entienda bien lo que eso significa.

Volví a frenarme, ¿ves? ya no sé cómo continuar. Estoy mareada, parece que el almuerzo me hizo mal. Llevo unos días enferma, creo que me dio un virus, no fui al médico la verdad, pero no lo sabes porque nunca me escribes o me llamas para preguntar cómo estoy, yo tampoco lo hago, ya me acostumbré a esta relación. Justo ayer revisando unos documentos en el computador, abrí un archivo de Word con tres líneas dedicadas para ti. Tengo muy presente la noche en la que comencé a escribirte ese intento de carta, mis ojos estaban empañados de lágrimas y el pecho no paraba de dolerme, bueno el corazón. Pensaba que podía convertir ese sentimiento de rabia en un texto que iba a destruirte tanto que te haría cambiar, no lo escribí. Recibir comentarios negativos y de rechazo por parte de la familia de mamá gracias a la separación y tu irresponsabilidad hacía que por esos días te odiara con toda mi alma, tanto que ni quería verte, pero tú más ibas a hacer visitas callejeras, porque ni podías entrar a la casa. Qué bajo caíste. Era tu culpa, por tu falta de pantalones nos tocó convivir con personas que solo criticaban y regañaban despiadadamente lo que hacíamos o no en el día a día. Como me dolían esos días y a mis hermanos. Aunque nunca lo expresaron como yo, también sufrieron y mucho, ese rechazo que nos daban lo rebotábamos hacia ti. Tú solo te hacías el guevón, como si no fuera contigo. Me costó tiempo entender el por qué mi abuelo nunca te quiso y la verdad, fue bien merecido.

Maximiliano acaba de despertarse, jadea mucho y me mira con ojos de: “por favor apaga la luz y duérmete, yo también quiero hacer lo mismo”. Creo que no me va a salir como quisiera, la extensión de este texto no debe ser tan larga. Maxi ha sido mi gran compañía por estos días en los que la soledad se ha apoderado de mis noches. Ver su felicidad al verme regresar me hace entender cada día más por qué acerté adoptándolo. Sé que no te cayó bien porque peleó con nuestro adorado y consentido de cuatro patas, Bruno pero gracias a él mi cabeza ha dejado de pensar cosas negativas, salgo a caminar dos veces al día y no me sumí en una tristeza profunda por estar sin mamá, mis hermanos y sin mi novio en esta ciudad. Sí, ya sé que no te incluyo, es un hábito.

Aún no te he perdonado, sé que debo hacerlo, pero no es fácil. Me molestan muchas cosas que aún siguen pasado, aunque es más fácil sobrellevarlo porque ya no vivo contigo y ya no escucho lo que opinen las tías. Cuando me soltaste de la manera en que lo hiciste, sentí mucho miedo, estaba desprotegida y eso me aterró. Viajé de un pueblo a buscar mi rumbo la capital y hoy, después de tantos años por fin lo entiendo. Debía llenarme de valentía y fuerza como la reina con la que me comparabas siendo niña, para enfrentarme al mundo despiadado y en el fondo te doy las gracias por eso. Salir de la burbuja en la que me tenías me permitió vivir momentos inolvidables, abrir mi mente, crecer, aprender a confiar y entender que con odios nadie vive tranquilo y con personas con malas energías cerca, menos. Me ha costado, y mucho. No sé qué pase en el futuro, no sé si algún día pueda contar plenamente contigo y te conviertas en mi bastón para grandes decisiones, sin embargo ya he tomado varias sin ti, no sé cómo seas de abuelo, no sé. Por ahora, todos los días trabajo en dejar ir todo el daño y el dolor que me hiciste, en soltar los malos recuerdos y en disfrutar un poco el tiempo que compartimos cuando voy de visita. No es fácil, creo que lo estoy haciendo bien, aunque todavía me falte mucho. Vamos a ver qué pasa, pá.

 

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