Familias tóxicas: Hace tiempo dejé de juzgarte

Reunimos cuatro cartas de cuatro personas que quisieron desahogarse con el familiar que marcó sus vidas. Los descargos van hacia sus figuras paternas, lo que obliga a preguntarse ¿algo están haciendo mal los hombres? Aquí la primera.

Fotografías: iStock / Intervención: Cromos

Esta es probablemente la décima vez que escribo esta carta. Ha sido muy difícil iniciarla sin empezar con juicios, sarcasmo o insultos, hacerlo sería lo que harías tú. Si hay algo que no quiero ser en la vida es parecerme a ti. Desde que decidiste abandonarme, he gastado mucho tiempo intentando adivinar qué pasa por tu cabeza, con quién andas, quién estuvo contigo en tu cumpleaños y en Navidad, si no tienes a nadie más en el mundo que a mí. No tienes a nadie más porque te encargaste de que así fuera. Una a una fuiste alejando por completo a las personas que alguna vez te amamos, sin importar cuántas oportunidades te diéramos, cuántas veces estuviéramos dispuestas a fingir que lo que pasó, no pasó. Fingir que no te alejaste, que no estuviste ausente, que no te jugaste la plata de mi colegio y de tu pensión, que no estuve en un hospital a los 13 años porque intentaste matarte. Fingir que no abandonaste a mi hermano, 20 años antes de abandonarme a mí.

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Me he preguntado qué pasaría si decidieras de alguna forma volver a hacer parte de mi vida, y yo tuviera de nuevo que empezar a fingir. Primero me respondo que esto sería imposible, jamás has aprendido a pedir perdón, estás incapacitado para aceptar que te equivocas, de modo que no serías capaz de agachar la cabeza y admitir que llevas una vida de errores, que todo lo que has perdido ha sido tu responsabilidad, tuya y de nadie más.

Luego pienso que no quiero fingir, no más. No quiero pretender que las cosas están bien y que todavía aguanto otro golpe bajo de los que te encanta dar, de esos en los que me juzgas tan duro, que son como si no estuvieras hablando conmigo, sino contigo mismo, solo que nunca has sido capaz de hacerlo mirándote a un espejo. Entonces, como la genética así lo quiso, lo haces mirando a lo más parecido a tu reflejo, lo haces mirándome a mí.

Por último, te compadezco. Recuerdo lo que sé de tu historia y cómo tuviste siempre a un papá distante, manipulador y despiadado, y a una madre arrogante y violenta, que nunca hizo mayor cosa por ti. Y pienso ¿cómo podrías saber amar? Te enseñaron lo que es la ausencia, la soledad, la imposibilidad de permanecer, la falta de lealtad, y les aprendiste muy bien. Te compadezco porque, a pesar de todo, me duele tu soledad, me duele pensarte más viejo y solo, quién sabe dónde y en qué condiciones. Me duele saberte sin mí, casi tanto como me duele no tenerte.

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Natalia Pedraza Bravo

Vida Social

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