Familias tóxicas: Hola pá

Reunimos cuatro cartas de cuatro personas que quisieron desahogarse con el familiar que marcó sus vidas. Los descargos van hacia sus figuras paternas, lo que obliga a preguntarse ¿algo están haciendo mal los hombres? La segunda.

Fotografías: iStock / Intervención: Cromos

Me pidieron que escriba una carta reflexiva sobre nuestra relación tóxica, y aquí estoy, escribiendo, o tratando de escribir. Tratando, digo, porque cada palabra que moldeo me deja una especie de geografía del dolor en los huesos. No es tan fácil exponer algo que estoy segura, aunque firme con otro nombre, reconocerás tuyo; no es como escribir el poema en el que te preguntaba: “¿Es la voz / la parte del cuerpo / que llega más lejos / en tu caricia?”, porque a estas alturas, he dejado de reclamar tu abrazo. Dejé de reclamarlo cuando entendí que podía pagarme la universidad yo sola, sin necesidad de escuchar tu grito, tu amenaza, tu ofensa. Cuando tomé mi gato y mis tres libros y me fui de casa a vivir a un lugar muy oscuro en el que como una completa contradicción, me sentía más segura. Dejé de reclamarlo cuando lejos tuyo, no tuve nada que comer. Cuando fui capaz de cruzar el océano, dos, tres veces, sin tu dinero y sin tu mano violenta. Dejé de reclamarlo cuando tu esposa me contó que a la edad en la que dejaste de llamarme hija, para empezar a llamarme puta, a vos, te agredían con alambres. Cuando entendí que después de esos tiempos nefastos, podíamos darnos una segunda oportunidad. Y entonces, cuando me enseñaste a pescar a orillas del río Magdalena, cuando me llevaste a Macondo por mi cumpleaños, cuando me ayudaste a recoger en bolsas de papel los grillos que con gran rapidez se alimentaron de mi jardín, cuando me dejaste sola en la sala Rothko de la Tate, cuando me dejaste sentarme en tus piernas a escuchar tus clases de astronomía, cuando me dejaste sentarme en esas mismas piernas a llorar porque mamá iba a morir. Cuando me dijiste: “Vamos a ser fuertes por ella”. Ahora que los dos somos adultos, entiendo que de no haber sido de esa manera, habríamos sido otros, tal vez más crueles y más viscerales; que sin las heridas que nos tallamos el uno en la otra, no habríamos logrado ser estos rostros que se reconocen humanos, frágiles e imperfectos, y que se quedan hasta la madrugada leyendo juntos a Turguéniev o a Thoreau. Qué placer más grande ha sido escucharte hablar de literatura. Qué placer más grande ha sido verte sonreír. Qué placer más grande que hayás decidido no abandonar la terapia. Qué placer más grande cuando me pedís que te perdone y cuando me perdonás a mí también. Qué placer, pa, cuando me abrazás en medio de la nada y me invitás a un cigarrillo y mirás al cielo oscuro y me decís: “Desde allá arriba nos saluda Orión”, porque entonces, mientras levanto mi cabeza para buscar las pléyades, me hacés sentir completa. Después de tantas cosas, completa.

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2019-01-31T11:47:01-05:00

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Nátaly Londoño Laura

Vida Social

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